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martes, 23 de octubre de 2018

La Ciénaga


Historias. Historias en la oscuridad. En el negro lago, al fondo del abismo, las canciones se elevan contando historias, las historias de las ofoideas. Pero no todas las historias son hermosas, no todos los tonos son puros. No todas las aguas son como las del lago. Porque allí, lejos del asentamiento de las pescadoras, donde la pared amenazaba con unirse con el agua, estaba la ciénaga. Un pantano de agua estancada, de lodo y de seres que se ocultaban en la oscuridad y viscosidad de las profundidades. Un lugar donde los hongos crecían altos, donde los fuegos fatuos correteaban por la superficie buscando las nutritivas burbujas de metano. Un lugar tóxico, en el que ningún alma se acercaría por voluntad propia.

Excepto ellas.
- Por allí. – Las guiaba Villion, al frente de la balsa. Su tripulación – sus compañeras – remaron obedientemente, al ritmo de los golpes. Al ritmo del silencio.
Un silencio antinatural para una ofoidea, acostumbrada a estar envuelta por las voces de sus congéneres. Acostumbrada a oír, a repetir, a disfrutar de la música. Pero estaban en silencio. Un silencio antinatural. Un silencio de búsqueda. ¿Y qué estaban buscando? Buscaban una voz en la oscuridad.
- ¡La he oído! – Afirmó Villion otra vez, y el resto de las ofoideas se miraron entre sí, parloteando y murmurando. También la habían oído. La voz. El grito pidiendo ayuda.

Era algo que les desconcertaba. Llevaban tres ciclos surcando las aguas cenagosas de las afueras del lago Mantodia, desde que su capitana se había obsesionado con pescar un ejemplar especialmente grande. Todas sabían que merecería la pena, que saldrían en las historias, tendrían algo sobre lo que cantar… Pero ahora, el pescado yacía en la parte trasera de la balsa bien asegurado, y ellas estaban allí, adentrándose más en la ciénaga. Porque, cuando creyeron que podrían volver a casa victoriosas, oyeron la voz.
Una voz, en la oscuridad. Una voz, en la ciénaga. Y todo el mundo sabe que no hay ofoideas en la Ciénaga. Que no hay voces puras en aquella pestilencia. Lo único que hay bajo la viscosa superficie de las aguas, repleta de mohos, son gusanos mudos que no merecen ser considerados seres vivos. Pero allí estaban. Y ahora, Villion ya no era la única que la había oído. - ¡En marcha, Oliana! ¡Vamos, Vinar! ¡Ahora ya la hemos oído, es hora de que ella nos oiga a nosotras! - Y, dicho y hecho, Villion comenzó a cantar, y la tripulación la siguió. Todas sus voces se unieron en la canción, como si fuera un solo ser, como si fuera una sola conciencia. Aquella era la magia de las ofoideas, la magia de la música que constituía el idioma de sus almas. Y la voz de la ofoidea solitaria resonaba más allá, y aunque la luz de sus hongos luminosos no la iluminaban, sabía que estaba allí. Sus gritos de socorro resonaban en los corazones de la tripulación, y la tripulación le respondía al unísono.

Así fue como conocieron la historia de Mepótroe, que era el nombre de aquella ofoidea. También era pescadora, les dijo, pero no era pescadora de peces… Ella, junto con su tripulación, su equipo, era pescadora de ideas. – Es ella. – Dijo Oliana, en un momento que detuvieron la melodía. – La ingeniera de balsas. - Una ofoidea cuya misión era comprender lo incomprensible, avanzar lo imposible. Las ofoideas se habían elevado sobre el resto de criaturas de Mantodia gracias a su voz, pero no lo habían hecho solas. Una vez tuvieron la capacidad de comunicarse, supieron que necesitaban más. Supieron que necesitaban ser mejores si querían estar por encima de los peces mudos. Así que, elevándose sobre las aguas, comenzaron a usar los hongos, flotantes. Y construyeron balsas.
Pero, para construir, uno necesita saber lo que construye. Para saber, uno necesita aprender. Y Mepótroe era una de las ofoideas que se dedicaban a aprender. A conocer. A construir. Había compuesto sinfonías que detallaban las formas de construir las balsas, mapas de los nudos que debían atar sus extremos. En sus notas se escondían los secretos de la flotabilidad, y muchas otras cosas cuyo significado se había perdido en el tiempo. Y, efectivamente, las ofoideas lo habían conseguido. Habían construido balsas, y se habían elevado gracias a los hongos luminosos por encima del resto de seres. Pero no era suficiente. Nunca era suficiente. Por eso, Mepótrope les habló de cómo habían ido allí. Viendo los fuegos fatuos iluminar a tanta distancia, verse como faros en la lejanía, supo que podía utilizarlos. Supo que el fuego era la solución, que los hongos luminosos sólo duraban hasta cierto punto. Pero, con el fuego, serían aún mejores. Por eso, había ido allí, con su tripulación, al fin del mundo. A la ciénaga. Y, después de naufragar, ella había sido la única que no se había hundido. La única superviviente.

Las ofoideas de la balsa no cabían en sí de contento. Sus voces brillaban, maravilladas, mientras se acercaban a la pequeña islita en la que se encontraba su interlocutora. Una constructora de balsas, una ofoidea cuya voz vibraba con una cadencia única. Ninguna, ni siquiera Villion, la capitana, u Oliana, la veterana, habían llegado a conocerla en persona, pero todas sabían que era una leyenda. Y, al parecer, era una leyenda viviente. Cuando al fin se acercaron lo suficiente para iluminarla, no pudieron evitar que se les encogiera el corazón. La legendaria Mepótrope, la de las canciones complejas, era poco más que una sombra de una ofoidea. Pequeña, encogida, sin extremidades posteriores, con la túnica formada por las alas hecha jirones… El naufragio y el tiempo que había pasado en solitario en aquel pedazo de isla le habían pasado factura.
- ¡Vamos! – Animó a sus remeras la capitana, aumentando el ritmo. Cuanto antes estuviese a bordo, antes estaría a salvo.

- No, esperad. – La corrigió Oliana, con la mirada fija en la ofoidea de la isla. – Mepótrope lleva desaparecida desde que yo era una larva, sí… Y aquí está. Con las alas hechas jirones, pero viva, al fin y al cabo. Y tiene voz, sí, pero no tiene público para oírla. Observad. – Inquietas, las ofoideas murmuraron, chasqueando sus aparatos bucales, y se dieron cuenta. – Los alrededores de su hogar no son sino lodos, que se extienden por la ciénaga. No hay peces que surquen sus aguas. No hay alimento a su alcance. Pero está aquí.
- ¡Hermanas! – Las llamó la ofoidea de la isla. – Hermanas, no he sido sincera con vosotras. – La voz le tembló, y ésta vez, ya no cantaba. – Mi voz me ha traicionado por miedo. Por hambre. Por desesperación. Llevo en esta isla más tiempo del que puedo recordar. He muerto de hambre, he muerto de tristeza, he muerto de soledad, alimentando mi alma con los ecos de las canciones del lago. Sólo os pido vuestra ayuda, hermanas. Lo único que quiero es salir de aquí.
Confundida, y sin saber qué hacer con la ofoidea mentirosa, Villion se volvió hacia sus tripulantes… Y entonces fue cuando vio la garra viscosa que se había posado en uno de sus laterales.
- ¡Cuidado! – Gritó, pero ya era tarde. El ser que tenían debajo había presionado, desestabilizando la embarcación y arrojándolas a las aguas cenagosas… Y de allí, surgió una enorme boca, un agujero negro que se abalanzaba sobre ellas desde las profundidades. Tragándose a la mitad de las ofoideas, el inmenso bagre anfibio se encaramó a la balsa, mientras las demás gritaban, intentando, apresuradamente escapar de su destino. Pero el monstruo era demasiado grande, demasiado poderoso. Sus bigotes carnosos se enredaron en las extremidades articuladas de las ofoideas, y el Bagre no tardó en engullirlas. No tardó en aplastarlas con su gran boca, haciéndolas desaparecer en su interior.


Satisfecho por su comida, el monstruo se apartó de la balsa, sumergiéndose en la ciénaga para, a continuación, dirigirse hasta la isla con la embarcación sobre la cabeza.
- Así que Mepótroe, ¿Eh? – Dijo el Bagre, mirando con sus pequeños ojillos casi ciegos a la ofoidea solitaria que permanecía en el centro de la isla. - ¿Quién era? ¿Alguien que me he comido, querida? – Lanzó una carcajada, dejando a un lado la barca y arrastrándose por la isla. – Tenías razón al pedirme que no te comiera, Laín… ¡Tengo las tripas llenas de las tuyas, querida!
- No soy tu querida. – Replicó Laín, apartándose de su lado tanto como le permitía su situación. – No soy más que tu prisionera. Debería haber dejado que me devorases. Al menos, habría muerto como una ofoidea… En lugar de vivir como un gusano como tú.
- ¡Sí, nena, háblame sucio! – Se mofó el Bagre con otra carcajada, palmeando la orilla embarrada del islote. – No hay nada que te retenga aquí, querida… Puedes irte siempre que quieras. Sin patas, sin alas… Me gustaría ver cuánto llegas antes de convertirte en la cena de cualquiera de esos gusanos que mantengo a raya. Y, entonces, no tendré más remedio… ¡Tendré que salir al lago! ¡Tendré que darme un festín!
Aferrándose a la tierra del islote con las uñas, se arrastró hasta quedar a pocos centímetros de Laín, y su enorme boca pareció esbozar una gran sonrisa. – Además… No he sido yo quien atrajo la atención de nadie. ¡No fui yo quien les mintió a tus compañeras! Así que, querida, déjale los sentimentalismos a las canciones, ¡y disfruta de tu parte del trato!
Y, ante las carcajadas triunfantes del enorme Bagre, Laín la Mentirosa guardó silencio, y se apresuró a hacerse con el montón de provisiones de pescado que la tripulación de ofoideas había dejado tras ella.


sábado, 20 de octubre de 2018

A Capella


A Capella

 

Frente a mí pude ver la cabeza del terasterio. Su silueta, recortada contra la Luz de Arriba. Posado en aquella rama, observándome triunfal. Yo alargué la mano, viendo ante mí la superficie metálica de mis Gratoi, y caí al vacío.

 

Es irónico, ¿Verdad? Soy un grisvar. Un cavador. Mi pueblo vive de los minerales que extrae de la tierra, de los hongos que cultivamos. O de eso vivíamos, antes de que empezara la guerra. Una guerra que le había dado la vuelta a todo. Y ahora, en vez de las paredes, sólo tenía conmigo mis garras metálicas, mis Gratoi. Y la oscuridad del Abismo infinito. Sobre mí, podía ver las ramas del Árbol de Alda, que habíamos intentado invadir. Según caía, veía cada vez más ramas. Cada vez una perspectiva mayor.

¿Cómo habíamos sido tan tontos? Los grisvar somos grandes, de gruesos brazos para excavar. Estamos hechos para los túneles. Y ahora sólo había un túnel. Un Abismo infinito, al que aquel terasterio me había arrojado en defensa de su patria. No podía culparle. Yo habría hecho lo mismo. Pero ahora ya lo había perdido. Mi patria, mis grisvar, mi hogar… Ahora sólo estábamos mi alma y yo. Mis garras metálicas y yo. Y el Abismo infinito.

 

 

Una oscuridad húmeda me golpeó en la espalda. Un golpe frío y aplastante, que me hizo retorcerme antes de envolverme en su letal abrazo. Agua helada. Como en los pozos profundos de las galerías bajas. Pero los grisvar no podemos nadar, y me hundí como una piedra. Como todos aquellos compañeros que habían caído en aquellas batallas inútiles. “Inútiles”, pensé. Así era la batalla. Así era la guerra. Así era mi muerte.

No obstante, algo pasó. Un pensamiento, un espasmo. No quería que fuera inútil. Una sacudida me recorrió, y el impulso de moverme, de excavar a través del agua, se abrió camino por mi mente agónica. Una mente que apenas era consciente, y que apenas era capaz de diferenciar el bien del mal. Por eso hice aquello. Por eso hice lo innombrable.

 

Me deshice de mis Gratoi. Mis garras, mis palas excavadoras, mi alma. El instrumento más preciado para un grisvar, que marca su paso a la adultez y su independencia. Su herramienta para cavar, para cultivar, incluso para matar. Los grisvar no somos nada sin los Gratoi. Pero con un movimiento, yo me había deshecho de las cinchas en mis antebrazos, y casi pude distinguir su resplandor metálico mientras caían al insondable fondo del lago.

Libre del peso de mis pecados, de mi alma, mi cuerpo se pudo retorcer, y mis brazos se movieron, por reflejo, tratando de abrirse paso por el agua igual que lo habían hecho por tierra. Pero en el agua no había aire para mis pulmones, y mi conciencia, ya agónica, no tardó en desvanecerse, no tardó en caer en la oscuridad, sintiendo en mis huesos los últimos latidos de mi corazón. Los últimos golpes de una vida que, sin alma, estaba a punto de apagarse.

 

Golpes rítmicos, acompañados de una extraña melodía. La melodía del más allá. La melodía del Gran Cavador. Una melodía lúgubre. La melodía de la muerte.

Nadie sabe lo que pasa cuando un grisvar muere, y lo enterramos con sus Gratoi. Nadie sabe cómo puede llegar desde allí hasta las cavernas del Gran Cavador. Pero estoy seguro de algo. No es doloroso. Aquello sí que lo fue. Un dolor agudo, como si un aguijón de terasterio penetrase en mi carne. Un dolor que hizo que los recuerdos de los combates volvieran a mi mente. Muerte, destrucción. Compañeros abiertos en canal. terasterios por todas partes.

Con un bramido ensordecedor, me revolví contra mi atacante, extendiendo el brazo y agarrando una tela suave como la barriga de una cría grisvar. Todo un concierto de ensordecedores bramidos y protestas se alzaron en respuesta al mío, pero a pesar del ruido, mantuve el agarre, y cuando abrí los ojos, descubrí que, por suerte o desgracia, no había muerto. Y que tampoco estaba solo.

 

 

Llegados a este punto, creo que debería hablar un poco de la Ofoideas. Seres pescadores que vivían a orillas de Mantodia, el lago del que me habían sacado, ellas navegaban en balsas hechas trenzando tallos de hongo que crecía en las orillas, usando filamentos de hojas caídas del Árbol y otros organismos vegetativos que crecían en la oscuridad. Construían balsas ahusadas, que salen al lago impulsadas por filas de remeras, mientras las menos afortunadas se quedan en tierra, guardando sus asentamientos de seres malvados, depredadores de las marismas de hongos o gusanos cavadores. Y mientras, escuchan los cantos del lago, al ritmo de los golpes de los remos.

 

Y es que las ofoideas viven de sus voces. La voz de un grisvar le permite comunicarse a distancia, por los túneles, pero el canto de una ofoidea es mucho más. Al igual que un explorador grisvar puede detectar el eco de una veta metálica por el sonido que hacen sus Gratoi al golpear la pared, una capitana ofoidea puede detectar la posición de los bancos de peces al oír el eco de su canto y el de su tripulación. Con sonido los localizan, con cantos los atraen, con melodías los aturden… Y con sus afiladas patas articuladas los arponean, como un terasterio cortando fruta.

El pueblo ofoideo vive de su voz. Vive para su voz. Y por eso, cuando me desperté entre un grupo de pescadoras hambrientas, y grité “¡Basta!”, todas se echaron atrás. Aquella fue la primera vez que oyeron mi voz. La primera vez que oyeron una voz que no era la suya.

“Resonador”. Así fue lo que me llamaron, entre murmullos. Gracias a sus bolsas faríngeas, las ofoideas pueden modular su voz. Sus gritos ensordecedores hacen vibrar el agua, aturdiendo a los peces de debajo, haciéndolos presas fáciles para sus afiladas extremidades. Pero también pueden ser suaves murmullos, vocecitas agudas como las de nuestros niños. Entre ella, mi voz grave reverberaba en las paredes como unas Gratoi sobre la piedra.

“Resonador”. Sus vidas giraban sobre sus voces. Si puedes cantar, puedes pescar. Igual que un grisvar se apoya en sus garras, sus Gratoi, para ganarse la vida, las ofoideas dependen de su voz. Pero no es sólo el sonido. La piedra sobre la piedra emite un sonido, pero el canto de las ofoideas es algo más. Es un grito en la oscuridad, una búsqueda de identidad en el solitario lago subterráneo. Al remar, buscando comida, las ofoideas no sólo cantan. Cantan sobre sus vidas, sobre sus anhelos. Sobre su identidad. Si puedes cantar, puedes hacerte oír. Si tu voz resuena, tu presencia prevalece sobre la oscuridad. Y, en la soledad del lago, los cánticos de las tripulaciones de las balsas llegan a las ofoideas en tierra e ilustraban sus vidas.

 

Y yo, al igual que las ofoideas, tenía voz. Tenía presencia. Tenía alma. Yo, un grisvar que lo había perdido todo. Mis Gratoi, la expresión misma de mi alma, yacían en el fondo del lago. Pero las ofoideas no sabían nada de las Gratoi. Las ofoideas no sabían de mi muerte bajo el agua. Para las ofoideas, mi voz retumbaba como la suya.

Me acogieron con los brazos abiertos nada más oír mi grave voz. “Son ciertas”, entonaron. “Las historias, los relieves”. Leyendas sobre una raza de seres de piedra, figuras y relieves arrojados al vacío por los grisvar. Ofrendas a los Seres de Abajo. Caían al lago, y las Ofoideas los rescataban. Rescataban todo lo que oían caer. Frutos, ramas, hojas y hasta cuerpos. En la oscuridad, la vida escasea. Y cualquier alimento es bienvenido.

Pero yo tenía Voz. Yo era alguien. Y aquello lo cambiaba todo.

Sin historia que cantar, sin poder navegar usando la ecolocación, no podía embarcarme, pero eso no significaba que fuera inútil. Todo lo contrario. Construcción de naves, transporte, comida… No podía contribuir con el alimento, pero no tardé en comprobar que me necesitaban. Cuando los conocí eran seres rígidos y duros, que llevaban vidas austeras arrebatándole al lago su sustento. Pero las ofoideas son seres sensibles y frágiles, cuyas vidas poéticas se entrelazan en sus voces, que cantan funerales cuando pierden a un miembro. Seres que, al mirar al lago, al navegar, deben darles la espalda a las marismas, a las paredes. A los depredadores.

 

Seres de las profundidades de la tierra. Gusanos carnívoros y otras criaturas que merodeaban en la oscuridad. Grandes, del grosor de un grisvar adulto y con tres potentes mandíbulas, son fuerzas de la naturaleza para las ofoideas. Deidades antiguas en sus cantos, los Kuri eran seres que debían ser temidos y aplacados, con ofrendas de pescado y hongos. Duras rocas en su camino. Pero, cuando se encuentran con una roca, los grisvar no se detienen, sino que la rompen en pedazos. Y yo no era un grisvar, sin mis Gratoi… Pero era lo más parecido que tenían. Así que, cuando vi a aquel gusano carnívoro arrojarse sobre una ofoidea, cuando vi su vientre al descubierto entre sus alas rotas, decidí que era hora de hacerme un nombre.

“Te mataré, demonio”, dije. “te mataré y liberaré a las ofoideas de tu amenaza”.

Recuerdo la batalla. Recuerdo las sacudidas del Kuri. Recuerdo los golpes contra las rocas de la pared de la caverna. Recuerdo ser arrojado sobre la piedra. Era demasiado, pensé. Era inútil. Las ofoideas tenían razón. No se le podía hacer frente a un Kuri. No sin mis Gratoi, sin mis garras. Y entonces, al pensar aquello, cuando el excavador abrió sus tres mandíbulas, irguiéndose sobre mí para atestar el golpe final, me di cuenta. Aunque había perdido mis Gratoi, para las ofoideas seguía siendo digno. Me habían acogido como resonador. Habían creído en mi alma.

Y eso significaba que mi alma no estaba en mis Gratoi. Lo que las convertía en meros metales tallados. Piedras que los grisvar usaban para un fin. Y, al extender el brazo, en el suelo, supe que tenía muchas piedras. Aquel fue el principio.

Esperando al momento oportuno, cuando el Kuri se abalanzó sobre mí, lo golpeé con las piedras. Lo alejé de mí, golpeándolo como lo habría golpeado con mis Gratoi. Usando mis manos en forma de pala, levanté grandes piedras y se las lancé al monstruo, que no se esperaba resistencia. Acostumbrado a los aguijonazos de las ofoideas, el Kuri retrocedió ante mis grandes pedradas, pero yo no le di tregua. Dejándome llevar por la furia, por todo lo que había ocurrido, desaté mi fuerza y me lancé tras él. Pedrada a pedrada, detuve su movimiento. Pedrada a pedrada, lo detuve para siempre, y lo enterré en un lecho de rocas. Aquello, como ya he dicho, fue el comienzo.

 

Los grisvar están acostumbrados a lidiar con los obstáculos en un túnel. Piedras, pozas, depredadores… Es sólo un trabajo. Arrancarle el sustento a la roca desnuda no es más que su modo de vida. Pero yo ya no era un grisvar. Las Gratoi no eran más que garras metálicas en el fondo del lago. Y las ofoideas cantan. Cantan sobre sus hazañas, sobre travesías batallando criaturas submarinas. Sobre las batallas de canto al ritmo de los remos de balsa, entre distintas comunidades. Y ahora, sobre Kuri-dak, “Muerte del Kuri”. Eso fue, como he dicho, lo que lo empezó todo.

Había logrado un nombre. Un puesto de honor, como defensor de la comunidad. Una historia que cantar. Sus melodías del Kuri ahora hablaban de Kuridak y su hazaña. Sus ofrendas eran ahora agradecimientos que presentaban ante Kuridak. Ante mí. Y yo vi la oportunidad. Tal vez no saliera en sus balsas a pescar… Pero pronto, los cánticos de mi hazaña comenzaron a elevarse desde las aguas de Mantodia.

Y, como los ecos, las consecuencias pronto se hicieron presentes. Ofrendas. Regalos, en forma de provisiones. Agradecimientos. Las ofoideas pagaban mi historia con comida. Y yo quería comida. ¿Quién podría culparme? Sólo quería asegurarme. No podía pescar, pero podía tener a las ofoideas pescando para mí. Cantando mi historia, para que todos la conocieran. Un héroe, un protector. Kuridak, el centinela de la ciudad. El que levanta muros.

 

Querían alguien sobre el que cantar, y yo se lo dí. Les di historias sobre mi pasado, un pasado que sólo existía en mi imaginación. Hazañas sobre la muerte de monstruos épicos. Leyendas extraídas de la cultura de los grisvar. Proezas que me aseguraron un puesto constante en sus canciones, un puesto constante en sus ofrendas. Pronto, Kuridak no fue el guerrero pescado en el lago. Kuridak era el héroe que había caído del cielo, elegido por los dioses para traer la paz a las ofoideas matando a sus enemigos, unificando sus tribus en un gran asentamiento. Una urbe alrededor de mí.

Yo era el defensor. Yo era el que sabía cómo evitar que murieran. Era el elegido por los dioses, y, por tanto, era el que debía elegir cómo organizar las balsas. Cómo salían, dónde pescaban. El que elegía a las que iban de pesca y a las que se quedaban de centinelas, esperando a los monstruos en la oscuridad. Les di orden a sus vidas, organizando la urbe como un sistema de galerías, plantando hongos luminosos en cada esquina para que yo pudiera ver.

Era lo mejor para ellas. ¿Cómo no iba a serlo? Era Kuridak, el liberador. Kuridak, el elegido por los dioses. Las canciones eran claras sobre ello, canciones que cantaban las ofoideas más favorables. Canciones aprobadas por mí. Mis historias, mi urbe. Mis ofoideas. Yo se lo había dado todo. La libertad del Kuri. La protección. La organización. Cuando llegué aquí, al poblado de Blunn, sólo había tristes asentamientos pesqueros en la oscuridad del lago negro. ¿Y ahora? Ahora una urbe se iluminaba en la oscuridad, desafiando la negrura. Ahora, los barcos marchaban por todo el lago, desde las marismas a la Catarata Infinita.

Ahora las ofoideas ya traían sus capturas, y las repartían entre toda la comunidad. Ahora teníamos un sistema. Un mercado, como el que había entre los grisvar y los terasterios. Organizando las entregas, determinando cómo se repartía la comida, me aseguraba de mantener mi control sobre ellas. Me aseguraba la mayor asignación de todas. Era más grande. Era el precio de la seguridad.

Algunas cometieron el error de desafiarme. Se volvieron contra mí, chasqueando las mandíbulas y vibrando las alas. “No eres uno de nosotros”, dijeron. “No eres como los demás. No deberías estar aquí”. Ilusas que no sabían lo que decían. Que no sabían lo mucho que hacía por ellas. ¡Era Kuridak, su protector! ¡Kuridak, el héroe venido de los cielos! ¡El elegido para traer la paz a las ofoideas! Levantándose contra mí, las rebeldes creyeron que podían volverse contra su invencible Rey, pero se equivocaron. Sus cáscaras se quebraron, y sus alas se rompieron. Y su sangre azul empapó mis manos, mientras yo miraba a las demás, satisfecho. Sabiendo que no había quien me hiciera frente.

Por desgracia, me equivocaba.

 

Al principio, pareció una simple alga que habían pescado en el lago Mantodia. Un montón de tiras, como los filamentos de las algas que flotaban inertes en las negras aguas. Pero las algas no se mantenían sobre sus pies, ni tenían ojos brillando en la oscuridad. Aquel ser que me observaba ante mí, en la cámara del trono, rodeado de las ofoideas, era lo último que esperaría ver allí. Un terasterio de Alda.

Había venido de Arriba, de los dioses, dijeron los insectos. Como yo. Podía notar el temor y veneración en sus voces. Podía notar el poder y el control. Yo les había dado la ciudad, Kuridoia, y a cambio, ellas me daban mi poder. Y eso fue lo que le ofrecí al terasterio.

Allí abajo no estábamos en guerra. No éramos enemigos. Mis Gratoi estaban enterradas. Había sitio para otro dios en el panteón de aquellos insectos. Extendí la mano… Pero el terasterio la rechazó.

Dioses, reyes, héroes… “Cuando desperté entre las ofoideas, pensé que estaban locas”, dijo. “Pero tenían razón. Esto ha ido demasiado lejos. Abandona tu reinado de terror”. ¿Reinado de terror? ¡Yo era su líder, su héroe! El único terror de las ofoideas era ese maldito Kuri. Yo era su salvador, su liberador, y el elegido para mantener la paz por los dioses. “Y, por la presente”, dije. “Te considero una amenaza para mi pueblo”. Debía ser eliminado. Silenciado. Así que, al igual que había hecho con el Kuri, me abalancé sobre él. Al igual que me había abalanzado sobre todas las ofoideas rebeldes. Pero el terasterio esquivó mi bramido, siseando hacia un lado, usándome para columpiarse a un lado. Me rodeó, colocándose a mi espalda mientras yo me daba la vuelta.

“¡Las he llevado a la gloria!”, le espeté, mientras intentaba golpearle, atento también al círculo de ofoideas que había a nuestro alrededor. “¡Yo soy Kuridak, el Rey! ¡Yo soy el pueblo!”

Las ofoideas cantaban. Cantaban, como les había enseñado. Cantaban mis historias, mis hazañas. Cómo había matado a incontables seres oscuros, cómo me habían elegido los dioses. Cómo había levantado muros y había creado aquella ciudad para protegerlas.

“Los muros son para protegerse de las bestias…”, replicó el terasterio, siseando a mi alrededor, sacudiéndose mis intentos de agarrarlo. Su cuerpo escurridizo se libraba de mí, rodeándome, haciéndome trastabillar. “Pero en este veo que la bestia ha estado dentro desde el principio”. Volví a atacar, una y otra vez. El terasterio se movía, pero yo sabía que si lograba encajar un golpe, ganaría. Mi fuerza era muy superior a la suya. Yo era más fuerte, era el rey. ¡El héroe, elegido por los dioses!

“Mírate, grisvar”, dijo, azotando mis pies y haciéndome caer en mitad de mi ataque. “Has perdido tus Gratoi, y has perdido tu razón de ser. Eres un ser sin alma”.

“¡Silencio!”, bramé, irguiéndome de nuevo. Un terasterio nunca podría comprenderme. Las Gratoi no eran nada, no eran más que pedazos de piedra tallada que esclavizaban a los grisvar. Si fuera por las Gratoi, seguiría en el fondo del lago, ahogado como el resto de grisvar. “Mi alma no es una piedra inerte hundiéndose en el lago”, sentencié, mientras lo agarraba con fuerza. Sin su máscara de guerra, su cabeza era vulnerable. “¡Mi alma es una Voz potente que se alza sobre las aguas!”

“Te equivocas, grisvar”, dijo, moviéndose como la neblina para liberarse de mí. Agarrando sus brazos, traté de golpearlo contra una pared, pero se columpió y se alejó de mí, escalando por ella fuera de mi alcance. “Las Gratoi no son piedras talladas. Son un alma, una herramienta. La forma de ganarse la vida. Al igual que un terasterio usa sus brazos, el grisvar usa las garras para labrar el campo, para abrir túneles. Para contribuir en su comunidad”.

“Herramienta…” La palabra recorrió como un susurro el círculo de ofoideas. Apreté los dientes, dándome cuenta de lo que había hecho aquel terasterio. Las Gratoi eran las herramientas de un grisvar, igual que los brazos eran las de un terasterio. Igual que la Voz era la herramienta de una ofoidea.

“Y al perder tu herramienta, tu ser se ha pervertido”, dijo el terasterio, moviéndose a mi alrededor. Tanteándome, buscando que yo atacara de nuevo. Sabía, sabíamos que aquel asalto decidiría quién salía victorioso. “Has perdido de vista tu naturaleza, grisvar. Has perdido tu razón de ser, y con ella has perdido tu alma, y te has aprovechado del agradecimiento de las ofoideas. Eres un monstruo, Kuridak”.

Y sin previo aviso, nos lanzamos el uno contra el otro. El terasterio, con sus brazos afilados extendidos a su alrededor. El grisvar con su gran puño, un ariete que aplastaba todo lo que se encontraba. terasterios y grisvar. Brazos contra puño. Todo terminaría entre nosotros.

O no. Porque, en el último momento, el terasterio hizo un quiebro, esquivándome, haciéndome tropezar y caer con sus brazos. Me volví, levantándome, pero un doloroso aguijonazo en las piernas me detuvo, haciéndome caer del todo. “Tus Gratoi son un memorándum de tu razón de ser, tu herramienta. Si las tuvieras sabrías que hay algo por lo que vivir, algo distinto a tu propio interés. Pero, como las has perdido, has perdido también tu poder. Tu muerte librará a las ofoideas de la amenaza”. Se me heló la sangre en las venas al oír aquellas palabras. Eran las mismas que yo le había dicho al Kuri. Sin embargo, no fueron las últimas.

“Pero eso no es decisión mía. No eres mi enemigo”. Se volvió. “Es ante ellas ante quienes debes rendirles cuentas”. Aprovechando el momento, me levanté, de golpe, tratando de llevarlo conmigo, pero giró sobre mí, y volvió a hacerme caer.

“¡Ofoideas de Blonn!”, anunció. “¡Vuestro héroe, vuestro rey invencible!” Cortando un hongo luminoso, aprovechó la luz que emitía antes de morir para iluminar mi figura. “Vuestro dios tirano sangra como todos los demás”. Heridas superficiales decoraban mi piel. Pequeños cortes que había hecho al usarme para sus acrobacias. Cortes superficiales, que no significaban nada… Pero, irónicamente, la sangre le otorgaba un tono de óxido a mi cuerpo. Estaba oxidado por la victoria. Y el terasterio lo sabía. Así que siguió hablando con mis súbditos. Siguió hablando de cómo las leyendas no eran ciertas. De cómo no había sido ningún elegido de los Seres de Arriba. “Un guerrero caído entre muchos”, me describía. “Un soldado vencido de una guerra en nuestra patria. Un ser que, perdiendo su alma, se ha pervertido hasta convertirse en el tirano que es ahora”.

 

El terasterio había echado un paso atrás, permitiendo a las ofoideas decidir mi papel en aquella historia. Y las ofoideas habían avanzado, enarbolando sus aguijones en mi contra.

Tomando su lugar al matarlo, me había transformado en el Kuri para las ofoideas. Un ser excavador que se aprovecha del miedo para comer, para dominar. Un gusano. Y aquel terasterio les abría los ojos. Las ofoideas murmuraban y armaban jaleo, dándose cuenta. Tras el agradecimiento inicial por el Kuri, no me debían nada. Nada por las historias, por las leyendas, por el control.

 

En un último intento de control, volví a levantarme. Rojo de ira y de sangre, con las ofoideas rodeándome, las desafié con mis gruesos brazos, puede que me hubiera perdido con sus palabras siseantes, que hubiera logrado poner a mis súbditas en mi contra… Pero aquello no acabaría allí. ¡Yo era el rey invencible, el protector, el héroe de las ofoideas! Les recordaría a golpes quién mandaba allí.

O, al menos, eso creía. Porque, cuando me abalancé sobre ellas, las ofoideas se hicieron a un lado, y uno a uno, fueron cortando los hongos luminosos que nos rodeaban, que cayeron uno a uno por la ladera de la colina junto al lago, oscureciendo la zona. Y la oscuridad no era mi terreno. Era el suyo. Ataqué, una y otra vez, hacia un lado y otro, tratando de alcanzar a los insectos, pero sus voces resonaban en mis huesos. Yo estaba ciego, pero ellas podían ver. Con su música, me veía. Con sus cánticos, me aturdían. Y, como a un pez, me arponeaban.

viernes, 19 de octubre de 2018

Abrazo


El Abrazo

Hay gente que disfruta mirando paisajes interminables. Grandes cordilleras, llanuras infinitas, incluso universos de planetas y estrellas sin fin.

Kynen disfrutaba mirando el Árbol. Su hogar. Disfrutaba viendo la luz reflejarse en sus verdes hojas, disfrutaba viendo cómo las ramas se extendían por toda la amplitud de La Grieta, llegando al otro lado. Observó los racimos de frutos, las cosechas y orgullo de sus compatriotas. Los edificios, hechos de semillas huecas, los terasterios, atareados, yendo de un lado a otro…

—¡Nen! —lo llamó una voz aguda. Kynen apartó la mirada embelesada de Alda y se volvió, girándose para mirar a la que le había llamado—. ¡Ya he terminado! —lo llamó Kyann, y Kynen sonrió, al verla corretear hacia él atravesando Tronco, la mayor avenida de su mundo, una de las que conectaban Alda y el árbol de los terasterios con la comunidad Grisvar que vivía en los túneles de la pared de la Grieta.

—¡Bien! —él salió a su encuentro, balanceándose con sus múltiples brazos y proyectándose hacia ella a una mayor velocidad—. ¿Cómo ha ido? ¿Te han puesto alguna pega?

—No… —dijo ella, entrecerrando los ojos en una mueca al ver los brazos de Kynen, que se balanceaban como juncos al amparo de la brisa—. Pero he tardado un montón. Seguro que te has aburrido de esperarme.

Él sonrió, y le acarició la cabeza con una mano.

—¡No! ¡Qué dices, Kyann! Me he quedado embobado admirando la belleza del Árbol… —suspiró, envolviéndola con un brazo como solía hacer, cariñoso—. ¿No crees que es hermoso? Sabes, cuando lo miro, comprendo que todos digan que es un regalo divino. En un equilibrio perfecto, entre la Luz y el Abismo. Entre la tierra y el aire. Es perfecto, ¿No crees?

Ella no respondió, pero su mirada sombría habló por ella; no compartía sus sentimientos. Y Nen no podía culparla.

Tenía que ver con aquel Árbol, aquella maravilla de la naturaleza, venerado por los terasterios y los grisvar por igual. Un lugar situado a medias, entre Arriba, el lugar desde donde procedían la luz y el agua de la vida, y Abajo, el Abismo de la oscuridad y la muerte. Entre la Luz y la Oscuridad, el Árbol representaba la vida. El equilibrio. Los terasterios consideraban Alda una ciudad sagrada, y las acrobacias de sus brazos sinuosos eran su propia forma de rendirle culto.

Y ahí es donde radicaba el problema de Kyann. Porque los brazos de la terasterio eran completamente incapaces de sostener su peso. Nen no recordaba cuándo había comenzado aquello. Recordaba a la pequeña corretear detrás de él y los demás, con aquellos cortos bracitos, siempre por encima de las ramas más gruesas. Siempre aferrándose, siempre con miedo a caer. Incapaz de hacer acrobacias, de escalar ramas verticales, Kyann había vivido en los nudos más cercanos al tronco principal, sin adentrarse nunca en la espesura. Incapaz de recolectar, incapaz de cazar, incapaz de seguirles el ritmo a los demás terasterios.

—Sabes, creo que puedes enseñarnos mucho a los demás terasterios… —dijo, mientras volvían, intentando animarla—. Tomarnos nuestro tiempo para ir a los sitios. Dar rodeos. Estamos tan centrados en lo que hay al final de nuestros brazos, que muchas veces nos olvidamos de mirar lo que hay más allá —suspiró, mientras se dirigían al hueco del tronco en el que vivían—. No había tenido en cuenta lo majestuoso que era nuestro hogar hasta que pude verlo hace un poco, ¿Sabes?

—Tiene que ser agradable —respondió ella sin mirarlo—. Ser tan rápido que puedes quedarte mirando al paisaje al final.

Había dicho algo inapropiado, y ella había respondido, como siempre hacía. Maldita sea… Nen trataba de animarla, pero Kyann sólo le recordaba lo diferente que era de los demás. Y, en el fondo, Nen no podía culparla.

Alda y el Árbol eran hermosos para Kynen, pero lo eran porque representaban un equilibrio. Un equilibrio que vivía en el interior de cada terasterio. En sus formas de cuidar la fruta, cazar los bichos voladores o incluso en sus danzas rituales… Un equilibrio del que Kyann no formaba parte. No, Kyann no era hermosa. Kyann sólo era agobiantemente lenta, y agobiantemente inútil.

 Y no decía nada. Intentaba seguirlo a las ramas fértiles, y él la esperaba hasta que llegaba con su patético trotecito. Lo acompañaba cuando iba al mercado, o al Puesto de Cambio del tronco. Convivía con él, con sus largos brazos, con sus herramientas perfectas. Y no se lo echaba en cara. Pero Nen lo sabía. Sabía que era consciente. Veía cómo sus ojos se estrechaban al verlo columpiarse, veía cómo lo miraba cuando bajaba a comprobar la fruta, cómo bailaba en las fiestas de la cosecha, entre las ramas. Ella carecía de aquellos brazos imprescindibles para cualquier terasterio, pero no sólo eso… También los odiaba. Odiaba su perfección, su facilidad para vivir una vida plena. Cada movimiento de un terasterio le recordaba su incapacidad. Y los odiaba. Y Nen no podía culparla. Él también lo habría odiado, pensó mientras cenaban en silencio. Una maldición de la que era dolorosamente consciente.

Dolorosamente consciente, pensó mientras la miraba disimuladamente. Observando cómo intentaba cortar la fruta, usando los aguijones subdesarrollados al final de sus bracitos cortos. Queriendo cortarla como él, pero sin embargo consiguiendo únicamente una pasta que apenas parecía puré de larvas. Y entonces, volviendo la mirada a él, entrecerró los ojos. Dándose cuenta de la perfección de los cortes de su propia cena, y de los pensamientos que pasarían por Kyann, Nen dudó de si esconderla u ofrecérsela. Pero sabía que ninguna de las opciones llevaría a ninguna parte.

—Kyann…

La había visto. Había hecho la comparación. Se había dado cuenta de que tal vez nunca lograría una cena como aquella. Con aquellos brazos, lo único que conseguiría, sería caer hacia una muerte segura.

Tal vez era su destino, pensó más tarde Kyann, cuando salió del hueco del árbol y observó la ciudad igual que antes había hecho Kynen. Tal vez su vida estaba enfocada hacia aquel instante, aquel resbalón. Tarde o temprano, ocurriría. Y todo su mundo, como la ciudad comenzaba a oscurecerse en la noche, se convertiría en el Abismo. Pero ella no hacía más que posponerlo. Y ni siquiera sabía la razón.

 

Porque, a pesar de tener unos brazos ridículamente pequeños, Kyann era tan terasterio como todos los demás. Los veía haciendo aquellas cabriolas sentía deseos de correr, de sentir el viento contra su cuerpo, de hacer acrobacias por las ramas. También quería sentir la libertad, el equilibrio de columpiarse sobre la muerte. Pero aquella libertad le había sido arrebatada antes de tener siquiera uso de razón.

Y, lo que era aún peor, no podía trabajar. Sus brazos eran demasiado débiles como para bajar hasta los racimos y controlarlos, y sus aguijones, demasiado pequeños como para cortar fruta o madera. En un lugar especial como el Árbol, los espectros vivían una vida especial. Vivían a través de sus brazos, sus herramientas. El valor de un espectro dependía de sus brazos. Y Kyann apenas tenía brazos.

Nen nunca le había dicho nada. Nunca le había echado en cara su discapacidad, nunca la había dejado atrás. Pero sabía cómo la miraba. Sabía qué sentimiento le impulsaba a pedirle que llevara la cosecha al Puesto de Cambio. No era la necesidad, ni la colaboración. Era la lástima. Sabía cómo la miraba, sabía cómo la miraban todos. Sabía lo que pensaban de ella. Porque ella era la primera que lo pensaba.

“¡Sí, lo sé!”, quería decirles a gritos. ¡Sabía que no tenía brazos! ¡Sabía que era triste, y patética! Si el valor de un terasterio dependía de sus brazos, ella no tenía valor como terasterio. Valoraban la libertad del Árbol por encima de todas las cosas, y ella, con aquellas patéticas patitas diminutas, no tenía libertad. Y así, estaba relegada a vivir de la lástima de su hermano para siempre. Siendo un lastre a sus espaldas, un parásito. Sin dignidad.

Y aquello, de todo lo que implicaba su atrofia, era lo peor. Porque, sin sus brazos, Kyann era incapaz de vivir allí con dignidad. Incapaz de mantenerse en el Árbol. Y, por tanto, debía irse de allí.

No era una decisión tomada a la ligera. Había pasado muchos ciclos meditándola, muchas horas de luz mientras caminaba, mientras trotaba. Rumiando los brotes de aquella idea a lo largo de muchas lluvias. No era un impulso. No era la rabia y el menosprecio que sentía. Era la única opción que le quedaba. Al menos, la única digna. Porque sabía que su hermano la quería, que la seguiría cuidando… Pero no la entendía. No lo hacía por él. Lo hacía por ella. Era ella la que no quería seguir siendo una carga. Quería moverse por su cuenta, tener algo de lo que pudiera enorgullecerse. No quería la lástima de nadie. Y eso era algo que allí, en el Árbol, no podría cambiar. Igual que no podía cambiar sus ramas, sus frutos, o las acrobacias de un terasterio. No podía, no debía, y no lo intentaría. Y, precisamente por eso, sabía que eran incompatibles. Y que debía irse.

A él le dolería. Sufriría, cuando supiera de su marcha. Pero sabía que, con el tiempo, lo entendería. Los espectros amaban la libertad, Y ella, a pesar de todo, era un espectro.

Así que tomando las provisiones, una bolsa que había hecho con ojas cosidas entre sí, tomando lo poco que sabía que necesitaría, se dispuso a marcharse, sin despedirse y en la oscuridad, pero entonces se dio cuenta de que no estaba sola.

Unos filamentos negros corrieron a su alrededor, rodeándola, y Kyann notó una presencia tras ella. Una presencia alargada y con los ojos azules, que la abrazó desde atrás. Y Kyann se detuvo, notando cómo toda su determinación por marcharse temblaba como una hoja en un vendaval.

—Nen… —murmuró el nombre de su hermano. No era justo. No era justo que le hiciera eso. Bajó la mirada, viéndolo tomarla en sus brazos como hacía siempre.

—No digas nada—. Le oyó decir, sin volverse. ¿Por qué? ¿Por qué no podía dejarla ir?

—Debo irme —dijo, de todas formas, tratando de fortalecer, por medio de las palabras, su súplica.

— Eres necesaria —replicó él—. Te necesito aquí, Kyann…

Ella suspiró, tratando de no reírse de forma sarcástica.

—¿Necesaria? ¿Para qué me necesitas, hermano? No soy buena para nada. Soy patética, lenta y tardo en hacer las cosas. Siempre voy por detrás. No quiero seguir siendo una carga—. Se volvió, encarándolo. Mirando sus ojos claros, que le devolvían una mirada intensa.

—No, no es cierto —replicó él—. No eres una carga. No eres patética. Eres mi hermana. Y te necesito.

— Sabes que no es cierto —prosiguió ella, desviando la mirada. ¿Por qué no podía dejarla marcharse en paz? Ya no era sencillo antes de que él dijera nada—. Sabes que no soy útil.

— No, no digas eso —replicó él, tomándola de las manos—. Eres útil para mí. Kyann, eres mi hermana. Y siempre me serás útil. Lo siento si alguna vez creíste que no era así, si te viste inútil o si mi mirada te dijo algo que yo no pensaba. Siempre tendrás tu sitio junto a mí. Me da igual qué crean los demás, me da igual cómo te miren. Me da igual lo que puedas hacer.

—Pero a mí no —replicó ella, apartando las manos de él suavemente—. ¿No te das cuenta? No se trata de ti. Se trata de mí, Kynen. Se trata de lo que puedo o no puedo hacer, de cómo puedo defenderme. ¿Crees que es triste vivir como vivo yo? Sé que a veces te lo imaginas, sé que a veces me miras y sientes lástima. Imagina lo que es vivir sin dignidad, imagina lo que se siente cuando vives la vida de otro. Quiero vivir mi propia vida, quiero tener la libertad de todos los espectros. Y eso… Eso es algo que no conseguiré aquí. Este no es mi lugar. Y quiero averiguar cuál es.

Notó cómo el cuerpo alargado de su hermano se arrugaba al tiempo que éste se alejaba de ella, entrecerrando los ojos en un gesto de disgusto.

—No… Kyann, si te vas, yo…

—Si me voy, te sentirás horrible. Ya lo sé —replicó ella, suspirando—. Te produciré dolor. Pero, ¿Sabes? Es lo primero que habré producido en mi vida, aparte de lástima.

— ¡No!

—Necesito vivir mi propia vida, Kynen. Y tú necesitas vivir la tuya. Sin mí.

—¿Y no puedo hacer nada? —preguntó Kynen—. ¡Soy tu hermano! ¡No puedo dejarte ir sin más!

Ella movió la cabeza, suspirando de nuevo. Muchos suspiros. Mucho dolor. Pero también mucha determinación.

—No desapareceré, tranquilo. Sólo iré a otro lugar, a uno más estable. Oí en el puesto de mando que los grisvar están dispuestos a colaborar con los terasterios, ¿sabes? Después de todo lo que pasó con aquel dragón, y lo que hizo la inspectora Zaira… —se había abierto un puente entre los pueblos, uno aún mayor que el tronco que unía el árbol con la pared. Puede que la mayoría de los espectros valorasen demasiado su libertad y sus acrobacias como para meterse en un túnel, pero ella…— Creo que allí pueden tener un lugar para mí.

Él la tomó de nuevo con la mano, angustiado. Impotente.

—No puedo quedarme aquí, sin poder hacer nada para impedirlo… Esta sensación de impotencia es terrible. No podré soportarla.

—Bueno… —suspiró Kyann—. Yo he podido hacerlo toda mi vida.

El Árbol es el lugar de la libertad. La libertad para trepar, para saltar, para correr por entre sus ramas. Pero la libertad de uno acaba cuando empieza la de las demás. Y, aunque no tuviera brazos largos, aunque no pudiera hacer acrobacias, Kyann también era una terasterio. También tenía libertad.