jueves, 6 de octubre de 2022

Taletober 2022 día 6: Astro

 Como sucede con estas cosas, casi nadie lo vio, al principio; y los que lo hicieron, no se dieron cuenta de los que vieran. Fue una simple anomalía en los mapas estelares, un artefacto provocada por la falibilidad de los sistemas o un error humano de cálculo. El jefe les dijo un par de palabras fuertes a los técnicos se recalibró el telescopio, y los primeros signos fueron borrados de los registros. Tampoco es que hubieran servido de mucho. A partir de cierta escala, no se puede detener lo que ocurre. Lo único que se puede hacer es observarlo y prepararte para lo peor.

Pasaría un tiempo hasta que el resto del mundo se diera cuenta del cambio. La gente, normalmente, vive sus vidas sin mirar al cielo constantemente, y, cuando lo hace, busca cosas distintas. Nunca buscan lo que saben que va a estar allí, lo que siempre ha estado. Lo que, de repente, cambia sin que nadie sepa por qué. Si algo básico en tu existencia de repente fuese levemente distinto, ¿te darías cuenta? Si tu sombra fuese un poco más débil, si la luz se notase distinta —más fría y distante, menos clara—, ¿tendrías miedo? Ellos sólo pensaron, igual que los astrónomos en primer lugar, que simplemente aquel día hacía más frío, o que tenían un resfriado. Un resfriado colectivo, seguramente.

Cuando pasaron los días sin que la situación se normalizase, la gente empezó a poner nerviosa. Las noticias se filtraron, al fin y al cabo, los astrónomos son personas como todo el mundo, y los nervios pasan factura. Ver imágenes extrañas en los satélites pasa factura.

Ver disolverse la silueta del Sol es inquietante para cualquiera. Reconocer, al telescopio, la inmensa masa negra que está rodeándolo con lo que parecen ser pseudópodos, en un claro intento de devorarlo, es otra cosa muy distinta. Aquel otoño, el último antes de un invierno que sería eterno, todos los radiotelescopios del mundo se fundieron al unísono después de captar, colectivamente, los aterradores chillidos de una estrella agonizante.

miércoles, 5 de octubre de 2022

Taletober 2022 Día 5: Arco

    Lo miré, casi sin mirarlo. Como si siempre hubiera sabido que aquel arco de piedra estaría allí. La conclusión lógica de un proceso de pensamiento que se me escapaba, pero que, sin embargo, yo mismo había desarrollado. El arco de piedra era redondeado, sin aristas; el lago que lo cubría llevaba erosionándolo siglos antes de que la última sequía lo dejase al descubierto. Y no era una formación cualquiera: Había símbolos grabados en la piedra, símbolos casi borrados e irreconocibles, pero se adivinaba una espiral coronando el arco. Probablemente nunca sepamos quién lo colocó ahí, pero algo en lo que coincidían todos los blogueros, todos los posts analizándolo, era que nunca había pertenecido a una casa. Al igual que los círculos de setas en el bosque, los oasis en el desierto, o las viejas iglesias rodeadas de rascacielos, aquel lugar destilaba magia.
    Yo no era el primero en darme cuenta. No era el primero en sentirme irrevocablemente atraído por aquella construcción ancestral, probablemente antediluviana. La conclusión lógica de un proceso de pensamiento que se me escapaba, en definitiva.

    —¡Raúl! —llamó Christine, desde el otro lado del círculo de piedras que nos rodeaba al arco y a mí—. ¡Raúl, vuelve aquí!
    Pobre. Me ha seguido todo mi camino. Hasta cuando empecé a ignorarla, cuando corté con ella, cuando empecé a obsesionarme por este tipo de cosas… A pesar de que simplemente la eché a un lado, ella me ha seguido. Aparté la mirada del arco de piedra para observarla un momento fugaz. Su rostro preocupado, sus manos agarrando el vestido con los nudillos blancos. Ella sólo quería darme un hogar, darme un lugar que fuera mío por una vez.

   
Pero había fallado.

    —Lo siento —le dije, a media voz, pero en la cuenca vacía del lago, se oyó perfectamente—. Siento haberte arrastrado aquí. No deberías haber venido. Deberías haber vivido tu vida.

    —¿Lo ves? Por una vez, el chico tiene razón —Erik era su hermano mayor. Tenía buen instinto: nunca terminó de fiarse de mí—. Vámonos, Chris.
    —Hacedlo —asentí, tragando saliva—. Por favor.

    —No, no pienso irme —replicó Christine, siempre terca, siempre decidida a mantenerse a mi lado—. No pienso dejar que te autodestruyas de esa manera.
    —¿Autodestruirse? Vamos, Chris, sólo porque por fin haya logrado llegar hasta el final de esa estúpida obsesión suya…
    —No es estúpida, Erik —replicó ella, golpeándolo con el codo—. Sólo es una forma diferente de ver las cosas. Raúl es único, y eso es lo que me gusta de él.
    —Soy distinto, ¿vale? No único —me apreté las cuencas de los ojos—. Soy… soy el raro, el Comelibros, el que siempre está dibujando en clase y no se entera de nada, el que no para de hacer símbolos siniestros… ¿Por qué no puedes dejarme tranquilo de una vez?

    Nunca había encajado. Jamás. Todos me habían mirado diferente, desde pequeño, se reían de los símbolos que me gustaba dibujar. Me decían que, si era brujo, me garabateaban en los libros de texto, venían a molestarme cuando en el recreo simplemente me quedaba a rellenar hoja tras hoja de letras inventadas… Porque eso era lo que siempre habían sido, ¿de acuerdo? ¡Símbolos y letras inventados! ¡Jamás significaron nada! ¡Dejadme en paz!
    Aquel no era mi mundo. Desde el principio lo supe, pero cuando conocí a Christine, en el taller de literatura leyendo El Fantasma de la Ópera nos pareció gracioso… Ella miraba mi cuaderno y no veía garabatos, sino que me preguntaba que a quién le escribía. Me enseñó el Codex Seraphinianus, una obra de arte, y el Manuscrito Voynich, un misterio insondable. Me enseñó que no estaba solo en el mundo. Que tal vez había un futuro para mí. ¿Artista? ¿Diseñador de logos? Los meses que pasé con ella fueron como un sueño hecho realidad.
    Pero todos los sueños tienen una cosa en común, y es que al final el sujeto despierta, sudoroso, en la cama, en medio de la noche, y se da cuenta de que todo está oscuro y lo que ha vivido no es más que una fantasía de su subconsciente.

    Estoy en un pozo. Christine sintió pena por mí en el taller de literatura, realizó su buena acción, y su compasión compró unos meses más de mi existencia. Pero ese agujero que hay en mi interior es un agujero que nunca se podrá llenar. Mis propios padres dejaron de intentarlo hace años. Y poco a poco me di cuenta de que Christine tampoco podría hacerlo nunca. Me sonreía, y se mostraba dulce y comprensiva conmigo, pero… ¿Dónde termina la compasión y empezaba el cariño? Ella tenía sus amigos normales, tenía sus pasatiempos normales. Ella se comunicaba como una persona normal.

    Yo era, soy diferente.
    Por eso estaba allí. En medio de aquel lago seco, frente a la única cosa que parecía darle sentido a la existencia. Me hace recordar aquel cómic de terror que decía “éste es mi agujero, está hecho para mí”, y me hace gracia, porque acabó siendo un chiste… Pero es así como me sentía ante el arco de piedra. Al otro lado está lo que estaba buscando desde el principio. No sé lo que es. No sé lo que significa. Pero sé que, de alguna manera, debo cruzar ese arco.

sábado, 12 de febrero de 2022

Las noches del Ojo Blanco

 

El mundo está bien. Los críos juguetean por el césped, persiguiéndose, peleando en broma. Aprovechando los últimos momentos antes de que de repente crezcan, y tengan que convertirse en Cazadores como nosotros. Ese momento llegará antes de lo que creen. Ya está llegando, de hecho. Raya y yo ya los estamos acostumbrando a seguirnos en las marchas. En las largas esperas. Pronto matarán.
           Pero, por ahora, esa aura de inocencia, ese aroma despreocupado, es suficiente. La tripa llena, una zona tranquila mientras juegan. Raya dormita, echada sobre la hierba. Y yo los vigilo, atento, pensando que ojalá podamos quedarnos aquí más tiempo. Hay mucha presa. El mundo está bien.

Por supuesto, no somos los únicos Cazadores del Valle. El Tuerto y su familia viven en la ladera del Pico de la Culebra. El viejo es listo, demasiado para mí. Cuando llegué aquí con Raya, aún no se llamaba el Tuerto, pero ya era un Cazador viejo. Creí que podría enfrentarme a él y hacerme con el control de la zona, convertirla en mi coto de caza particular.
            Me equivocaba.

            Las heridas que me dejó en el cuello aún me duelen en los días de lluvia, y cuando noto su aura, su aroma, y siento que ha bajado al valle, no puedo evitar agitarme. Pero nunca tenemos problemas. Sabemos cuál es el sitio de cada uno.
        Además, él y su familia prefieren el Pico de la Culebra: las presas son más pequeñas y vulnerables, el terreno más dificultoso para escapar. Y cuando alcanzan alguno de los “Festines con cuernos” de los Magos, tienen más tiempo antes de que estos se den cuenta. El único problema son los Hechizados, parientes lejanos de los Cazadores, reconvertidos en guerreros fofos y gordos, que se contentan con intentar espantarlos. El Pico de la Culebra es el trono del Tuerto. Cuando el Ojo Blanco ilumina la noche, el agudo aviso del viejo cercena el cielo sobre el Valle, y los demás Cazadores no podemos hacer otra cosa que responder.

 En el valle hay más comida, claro. Hay Saltadores, por ejemplo, que van en manadas, y las Bolas de Furia, peludas y con colmillos, son mucho más comunes. Pero es un regalo envenenado: las Bolas de Furia no se llaman así por casualidad, y si te encuentras con una, tu mejor opción es encontrarte también con su camada. Y para cazar a un Saltador necesitas trabajo en equipo, lo que no significa que no vayan a cornearte. Un Saltador macho, en época de celo, tiene astas suficientes para matarnos tanto a mí como a Raya de un golpe.
        Y luego están los Magos, claro. Magos por aquí, Magos por allá. A toda velocidad por todas partes, por caminos quemados. Rugiendo como bestias. En el Valle, los Festines con cuernos abundan, igual que los Pompones Lanudos. Y también hay Hechizados. Pero estos no solo ladran, intentando espantarte. Estos invocan a sus Magos. Y los Magos Matan.
        Los Magos son lentos, y, campo través, hasta un cachorro puede dejarlos atrás fácilmente. Pero no hay que arriesgarse: su magia es poderosa. Para proteger a sus animales, tienen barreras que duelen como una dentellada en el hocico. Tienen auras tóxicas, tan penetrantes que impiden que nos acerquemos a los Festines con cuernos. Los peores son los hechizos acres, con olor a fuego. Descargan un trueno, y fulminan a un Cazador. Allí, en su Centro de Mil Auras, la guarida de los Magos, inventan día tras día nuevas formas de seguir siendo los amos indiscutibles del valle.

 Pero hasta ellos tienen sus límites. Hasta los Magos gritan, y aúllan, y encienden sus Fuegos Fríos en las noches del Ojo Blanco. Como aquella noche, en la que el Ojo brillaba en lo más alto.
            Aquella noche, el Centro de las Mil Auras tenía una sola: un aura a miedo. Miedo a uno de los suyos, a un hechizo que nunca se debió crear. Y, en torno a esa aura de miedo, hay otro aroma. Algo distinto, antinatural, que encaja perfectamente con aquel escalofriante aviso que, oyéndose por todo el Valle, nos heló la sangre a todos.
           Un aviso empapado de dolor y de odio. Un aviso que sonaba como el de un Cazador, pero que no lo era. Un aviso revindicando su existencia en el orden natural al que era ajeno. Y tuvimos que responder. El Tuerto respondió. Los Dos Hermanos, la familia que vivía al otro lado del lago, respondieron. Mi manada respondió.
         Desconozco si aquella criatura sabía interpretar nuestros avisos, pero para nosotros era claro como el agua de la montaña: esa noche había batida.

 La última noche del Ojo Blanco, nuestros hijos mayores cazaban con nosotros. Cara Negra era el mayor, y sería el próximo cabeza de familia una vez yo estuviera demasiado viejo como para defender el puesto, pero Pata Blanca y Oreja mordida no se quedaban atrás; Éramos una familia de Cazadores, y una familia que sabía que tendría que lidiar con aquella Criatura salida de la fortaleza de los Magos. El rastro era fuerte y claro, la Criatura no escondía sus pasos. Y fue una caza sangrienta. La Criatura era una bestia enorme. Hirsuta, de hocico largo y orejas grandes, al principio, al verlo destripando un Festín con Cuernos, casi podría haber parecido un cazador como nosotros. Pero no. Luego se puso en pie, como los Magos, y nos devolvió la mirada. No había razón, ni comedimiento alguno en sus ojos amarillos. Sólo había rabia. Rabia y hambre.
        Cara Negra era el más fornido de mis hijos. El más audaz en las batidas. Fue el primero que se lanzó a la garganta del Mago-Cazador, antes siquiera de que decidiésemos si era buena idea lidiar con él nosotros solos.
        No lo era.
       Ambos rodaron por el claro, empapándose de la sangre del Festín con Cuernos muerto. Raya y yo seguimos a Cara Negra, buscando atrapar al monstruo. Forcejeando, el Mago-Cazador intentó deshacerse del mordisco de Cara Negra. Dando vueltas, revolviéndose hasta formar una única masa de pelo y sangre que no podíamos morder por temor a herir a nuestro hijo.

        Ya era tarde. No tardamos mucho en darnos cuenta de que aquel frenético forcejeo no era porque la Criatura tratase de librarse del agarre de Cara Negra, sino porque nuestro primogénito trataba de impedir que la abominación le atravesara la garganta.

          No tuvo éxito.

        Con un chasquido y un gañido de dolor, el cuerpo del que hubiera sido el próximo cabeza de familia quedó inerte. Un desagarro, y la sangre de nuestro hijo se derramó a borbotones. La brutalidad de aquella bestia, ni Cazador ni Mago, nos hizo retroceder, sin dar crédito a lo que veíamos u olíamos. Furia. Rabia. Ferocidad. Aquella criatura no se detendría ante nada hasta haber terminado con todos nosotros. Hasta ser el último Cazador, el Rey del Bosque.
        Raya, Pata Blanca, Oreja mordida y yo, sentimos la sangre hervir en nuestro interior.

        Aquella fue una Caza larga. Larga, y sangrienta.

Para cuando la Luz Diurna asomó tímidamente entre los árboles, todos mis hijos habían muerto. Yo estaba cubierto de mordiscos. Había dejado que la furia de aquel Mago-Cazador me alcanzase, y lo había pagado caro. Pero había sobrevivido. Y, gracias a la ayuda del Tuerto y de los Dos Hermanos, ahora su cuerpo yacía inerte y con la garganta desgarrada en la peña más visible de todo el Valle.

 Y ahora, el mundo está bien. Raya dormita, tranquilamente, como si nada hubiera pasado. Los cachorros, nuevos cachorros, que sustituirán a los tres que perdimos, juegan por primera vez fuera de la madriguera. Para esta noche el Ojo Blanco vuelve a ser redondo, y los mordiscos del Mago-Cazador están casi curados. Y yo siento una magia nueva abrirse paso en mi interior. Ferocidad. Rabia. Fuerza. Cazadores, Magos…

Esta noche, el único Rey del Valle seré yo.

La Forma

—Apagas la luz a las once y media.

Que sí, ma, que si, piensas. ¿Cuántos años se cree que tienes? Ya no eres una cría para que te controle así. No tiene ningún derecho, te dices en tu mente. Le das las buenas noches educadamente y esperas a que se vaya; esperas lo justo y sacas la consola portátil de debajo del colchón —ella la esconde cada vez más, tú lo tomas como un reto— y la enciendes para comenzar a jugar. Mañana es sábado y no hay instituto. ¿A quién le importa la hora?
            La puerta se abre de repente y tú tapas la luz de la consola con tu cuerpo, haciéndote la dormida. Ha intentado pescarte así más veces, si lo consigue se liará una buena. Su silueta queda ahí, recortada contra la luz del pasillo, un buen rato. Demasiado rato, como desafiándote. Y tú te haces la dormida, mirándola de reojo, escuchando su respiración acompasada. Sientes que algo está mal e inconscientemente te encoges, apretando la consola contra tu pecho. Las madres no deberían acechar a sus hijas como depredadores, como si buscasen el Anillo Único.
           Finalmente, la figura desaparece, la puerta se cierra, y vuelves a poder respirar. A la mañana siguiente, mamá está fresca como una rosa, mientras tú…

Esa noche es sábado y no hay escuela el domingo, pero le da igual: a la cama a las once y media. A ti también te da igual. Tienes pensado pasarte la noche superando el nivel del Templo del Agua de todas formas.
        Hasta que aparece ella de nuevo: casi sin ruido, mamá abre la puerta, y sólo logras salvar la consola gracias a tus rápidos reflejos. Y otra vez, la misma escena: la silueta que entra en la habitación, respirando calmadamente mientras la hija, con el corazoncito infantil martilleando contra sus costillas tan rápido que cree que podrá oírla. Esta vez alcanzas a mirar la hora: las dos y media de la mañana. Si te encuentra, si descubre que estás despierta, probablemente te caerá la bronca del siglo y mamá esconderá la consola en otro lugar que tendrás que encontrar. Pero, por alguna razón, se siente como algo más. Se siente como si lucharas por tu vida. Aquella figura enmarcada en la luz del pasillo observa el cuarto durante lo que parecen horas, antes de irse y que puedas volver a respirar normalmente. ¿Lo sabe? ¿Sabe que finges y por eso te tortura así, acechando tanto rato?

—¿Pasaba algo anoche, ma? —el enfrentamiento te vuelve a dejar agotada el domingo por la mañana—. Te sentí abrir la puerta del cuarto mientras dormía.
            —¿Qué? Yo anoche no abrí nada, cielo. Lo habrás soñado —bueno, no es la primera vez que se cubre con una mentira—. Además, ¿Cómo me vas a sentir si estabas dormida?
          Las madres tienen esa cualidad, a veces, de tener la razón, aunque no la tengan. ¿Cuál es el estado natural de una madre? ¿La que te acaricia la cabeza mientras desayunas galletas, o la que acecha por las noches en busca de una desobediencia que castigar?

           La batalla por el control es una que se libra entre padres e hijos y que dura toda la adolescencia, hasta que estos últimos ganan. Tal vez sea eso lo que te hace sacar la consola una vez más aquella noche. A pesar de que mañana haya escuela.

Mamá abre de nuevo la puerta, distingues su figura en sombras contra la luz del pasillo. Una y otra vez acechando a sus presas. Te sientes como un animalito de los de documental, inmóvil para librarse de la serpiente. Oyes a Mamá respirar acompasadamente, recordándote que tú debes hacer lo mismo, aunque sientas pura adrenalina en tus venas. Se supone que estás durmiendo.
           Miras de reojo y, de repente, te das cuenta de qué es lo que está mal, qué te ha hecho sentir como liebre agazapada todas esas noches: ella no está respirando.
       Oyes la respiración rítmica, demasiado rítmica, pero si la observas a contraluz, no hay movimientos, su pecho no se eleva al inspirar. Una oleada de frío pánico recorre tu cuerpo.  ¿Qué está pasando? ¿Quién es Mamá? ¿Qué es Mamá? Mueve la cabeza hacia ti, y te mira. O crees que te mira. En la oscuridad, ni siquiera puedes distinguir si tiene ojos.

       Cuando llega la mañana, estás empapada en sudor, y la consola continúa firmemente apretada contra tu pecho.

 —¿Estás bien, hija? Parece que tuviste una pesadilla.
            Le devuelves la mirada al otro lado de la mesa de la cocina, a la luz del día solo es mamá, y tus aprensiones son solo eso, pesadillas y cosas imaginadas en la oscuridad. Probablemente solo fue sugestión. Para cuando llegas a la escuela ya se te ha olvidado el miedo.

De todas formas, no vuelves a jugar por la noche hasta después de una semana. Es el cumpleaños de mamá, así que papá y ella salen a cenar unos amigos hasta tarde. Y eres demasiado grande para una cuidadora, lo que significa fiesta en tu habitación con la consola, bajando a espadazos los puntos de vida del villano en un frenesí de botones tal que prácticamente no la oyes venir. Solo unos pasos, el crujir de la tabla del suelo ante tu habitación, y la puerta se abre de golpe, en busca de una hija desobediente. Pero esa hija tiene los reflejos más rápidos del país y probablemente habría podido ganar competiciones al respecto de no estar allí, aterrada, con la consola pausada contra el pecho y el corazón a mil. Recordando que no sintió cerrarse la puerta de entrada y que el pecho de aquella cosa no se mueve para respirar.
            Piensas frenéticamente que no te diste cuenta, que ellos volvieron antes de tiempo y estabas tan centrada en el juego que no los oíste. Que ella lo hizo para cazarte, todo esto lo hace para cazarte.

           La notas mirar la habitación, posar en ti su mirada sin ojos, y decides enfrentarte al peligro de una vez por todas. Disimuladamente guardas la consola entre las sábanas, bocabajo para amortiguar el brillo, y te das la vuelta, fingiendo despertarte.
            —¿Ma?

        La silueta que se recorta contra la luz del pasillo tuerce la cabeza de una forma imposible con un chasquido, y con una oleada de pánico recorriendo tus jóvenes extremidades, reconoces al fin que esta no es mamá.

 

 La cena ha ido bien. Habéis estado los de siempre, comiendo, tomando algo, la sobremesa se ha alargado, y para cuando tu marido y tú llegáis a casa, son más de las tres.
           —Menuda fiesta debe tener montada ahí dentro —bromea Ángel, mientras abrís la puerta de casa—. Recuerdo que cuando mis padres no estaban en casa mis hermanos y yo hacíamos guerra de cojines. Hasta que tiramos un jarrón que le gustaba a mamá y se descubrió el pastel. Papá puso cerrojos a nuestras habitaciones, y cada noche…
           Le chistas para hacerle callar. El vino habla por él, o, al menos, le impide modular el volumen. Vas a ver cómo está Carmen.
           —Completamente dormida —suspiras, tras un par de minutos, volviendo al salón—. Pobre, lleva toda la semana con pesadillas. Deberías verla cuando se despierta, toda pálida y sudorosa. Creo que son esos juegos que juega.

        —Es la edad —sentencia Ángel encogiendo los hombros mientras vais al dormitorio—. Todos los chicos a su edad duermen mal, por eso siempre están rebeldes y de mal humor.
        Vuelves a chistar, demasiado volumen. Demasiada cena. Como de costumbre, una vez se acuesta, no tarda en quedarse profundamente dormido. Resoplas, un poco decepcionada, mientras te acomodas bajo las mantas, pero el día ha sido largo y también estás cansada.

No obstante, no puedes dormir, ya que unos minutos después una silueta infantil aparece en el dintel de la puerta, en la penumbra. Allí mirándoos, sin decir nada. Y miras a la silueta de reojo, pensando que no eres capaz de distinguir los rasgos de su rostro. Pensando que no has oído crujir la tabla de la puerta del cuarto de tu única hija.

viernes, 28 de enero de 2022

En Stock


En stock

 Una imagen borrosa. Como mal sintonizada. Así que pestañeó y se estiró en la cama, mirando la lámpara del techo. Se había quedado traspuesto, o eso creía: sentía la cabeza llena de cosas, pero era incapaz de recordar ninguna. Seguramente un día largo, pensó, mirando el ocaso por la ventana. Luego miró el escritorio de la pared a su izquierda, con unos pocos libros sin dibujos y unos portalápices, y después se volvió para mirar a la pared opuesta. Un error por su parte.

No había pared opuesta.

Donde debería haber una pared de ladrillo, la habitación dejaba de existir, y un poco más allá, lo observaba una mujer sonriente con un carro de la compra lleno de cosas.
—¿Y bien? —dijo ella, ladeando la cabeza—. ¿Crees que es mullida? —tras ella, el enorme almacén, con techos altísimos, se extendía más allá de lo que alcanzaba la vista. Desorientado, el joven se levantó—. Está bien, Isaac —añadió la mujer—, podemos probar otras habitaciones.
—No —repuso Isaac, que poco a poco, muy poco a poco, volvía en sí—. Es sólo que…

Miró hacia atrás, hacia lo que había pensado durante un minuto que era su habitación. El expositor estaba bien logrado, por supuesto: el flexo, las cortinas, el escritorio, incluso una ventana… Todo igual. Pero ahora que había salido y la ilusión se había roto, podía ver que la ventana en realidad era una simulación, que los libros en realidad eran bloques de madera, y que de todos los muebles sobresalían sendas etiquetas con el precio y las características. Al frente del expositor había un letrero con un botón rojo que ponía “pruébame”.
—Te quedaste traspuesto, ¿verdad? —la mujer se acercó, con las manos sobre los hombros de Isaac. Comparada con el flexo de la habitación, la luz allí era blanca e impersonal. Como si estuviera en otro mundo. Uno que no terminaba de recordar.
—Lo siento…, Miriam —dijo, una vez pudo ver la identificación en la solapa de ella, en la que ponía “Miriam S., visitante”. También recordó de repente quién era esa mujer—. No sé qué me pasa. Intento pensar, intento recordar, pero no soy capaz —su respiración comenzó a acelerarse, sus pensamientos se enredaban de nuevo—. ¡Miriam, ni siquiera te reconocí hasta ahora mismo! ¡Y eres mi esposa! ¡¿Qué me ha pasado?!
—¡Vale, vale, Isaac! —Miriam le puso las manos en el pecho.
 

—¿Puedo ayudar en algo? —un hombre con uniforme de dependiente se acercó a ellos, inclinándose servicial mientras los miraba. Isaac se dio cuenta de que sus ojos en realidad eran cámaras, de que a pesar de su aspecto agradable y humanoide no era más que un robot de asistencia—. ¿Hay algún problema?
—¡No! No —Miriam se volvió hacia el asistente—. Todo está bien. Sólo está un poco desorientado, nada más.

—Sí… —suspiró Isaac, calmado de nuevo—. No sé lo que me pasó.
—Pasa que llevamos demasiado tiempo aquí dentro, y que estamos cansados. Creo que lo mejor será que descansemos un poco, ¿de acuerdo? —Miriam se volvió al asistente—. ¿Podría indicarnos dónde encontrar la zona de descanso más cercana?

Antes de seguir al androide, Isaac miró por última vez la fila de “habitaciones” expuestas. Había tantas, una detrás de otra, y todas eran prácticamente iguales. Salas de estar, hasta cocinas. El pensamiento de que podría entrar a una de aquellas viviendas falsas y olvidarse de sí mismo, hasta de su propio nombre, le hizo dar un escalofrío. Y aquella habitación se parecía demasiado a la habitación de su infancia.
—Entonces, ¿qué? ¿Al final era mullido? —Miriam se había detenido junto a él, y miraba también la habitación—. Estabas probando el colchón, ¿recuerdas?
—¡Ah! —si lo decía ella, debía ser cierto—. Bueno… supongo que si me quedé dormido debe ser porque sí, ¿verdad? —la miró, dubitativo, y tras un instante, ella se echó a reír.
—Está bien, nos lo llevamos, aunque no creas que cada vez que te despiertes va a ser como si te comprases un cuerpo nuevo —le dio una palmada en la espalda—. Déjame apuntar el número de referencia y lo recogemos después, ¿de acuerdo, cielo? No creo que nos quepa aquí, al menos por ahora.
El carro que empujaba ya tenía todo un surtido de cosas variadas, desde el proyector holográfico hasta aquella plantita de color rojo que parecía que le sonreía con una boca llena de dientes.
—Bueno, hora de tomar un descanso —dijo Miriam, mientras se acercaban a una zona del almacén con tejadillos y asientos y unas paredes, como una especie de refugio dentro del enorme edificio—. Ve sentándote mientras yo nos encuentro algo de beber, ¿vale?

La zona de descanso era una de las muchas que había repartidas por el centro comercial: una enorme columna que llegaba hasta el techo, con aseos en la base y máquinas expendedoras a un lado. Provisiones para que los clientes tuvieran un respiro en el interminable trayecto de compras. Isaac se sentó en una mesa para dos, no muy lejos de un grupo de chicos que se habían instalado allí con unas bolsas de fritos, refrescos y una guitarra, mientras su androide de compañía se cargaba en el enchufe del suelo. Eran colonos, les explicaron, cuando Miriam volvió con un café para ella y una botella de agua para él. Acababan de volver de un servicio de cinco años terraformando en los campos Arestes en el planeta rojo, y ahora estaban usando la paga para instalarse de nuevo en la Tierra.

—Cuando salimos hacia allá queríamos ver mundo —decía uno de ellos—. Pero no, olvídalo. Después de cinco años, es hora de tener una casa que sea nuestra de verdad.
Isaac asintió, pensativo mientras miraba la botella. Los Campos Arestes, el planeta rojo… Rojo… Una casa que fuera suya de verdad…
Sintió como si la vista perdiese resolución. Se frotó los ojos, mientras miraba a su esposa. Qué raro.
—¿Isaac? —La voz de Miriam y su mano tomando la de él aclararon su mente de nuevo—. ¿Estás bien, cielo?
—No sé. Es como si… —Isaac se pasó la mano por la cara, pero todo era normal.
—¿Está bien? —los chicos con los que charlaban miraron a Miriam.
—Sí, sí, está bien —ella les sonrió, sin apartar la mano—. Isaac, cielo, bebe un poco de agua. Te sentirás mejor.

El frescor en la garganta de Isaac terminó de despejarle, y tras respirar profundamente, volvió a mirarla a ella.
—Estoy bien. Supongo que la excursión es más larga de lo que esperaba.
—¿Quieres que nos vayamos ya? —preguntó Miriam.
—No, no —él miró el carrito ya casi lleno de cosas—. Sólo nos queda recoger las cosas grandes, ¿verdad? —respiró profundamente de nuevo, y se levantó—. Vamos allá. ¿Dónde los recogemos, exactamente?

Las puertas de los elevadores que los llevarían a la zona inferior, donde se acumulaban los muebles, estaban al lado opuesto de los baños, en la misma columna, así que la pareja se despidió de los colonos, y se dispuso a terminar su excursión.
—Menos mal que no hay que venir muy a menudo —suspiró Isaac, entrando en el elevador—. ¿Y si no pudiéramos encontrar la salida?
—Probablemente podríamos vivir aquí dentro, tendríamos todo lo necesario —se echó a reír su esposa, que le dio al botón de “descender”—. Aunque sería mucho más caro, tendrías que estar comprando cosas constantemente.
—A lo mejor terminaríamos convirtiéndonos en parte de la exposición. O en asistentes robóticos, ¿verdad? —miró su reflejo borroso en el espejo del ascensor—. Creo que al venir hacia aquí vi uno de esos androides de compañía que se me parecía.
Se presionó con los dedos en la mejilla, pensando en lo realista que era la piel sintética de los androides. ¿Se daría cuenta si uno de ellos intentaba hacerse pasar por humano? Después del test de Turing, el de Voight-Kampff era el más utilizado para distinguir a los androides. ¿Sería capaz de distinguir la dilatación pupilar de un ojo humano de la de una cámara androide? Isaac se fijó en sus propios ojos en el reflejo, pero antes de que pudiera pensarlo bien, Miriam atrajo su atención a un cuadernito, en el que tenía apuntados varios números de referencia.
—¿Preparado para la parte más complicada?

Las puertas del ascensor se abrieron, por fin, y los dos salieron a un sector del almacén que era, si cabe, aún más enorme que el anterior: el depósito, en el que se amontonaban, clasificadas por número de etiqueta, montañas y montañas de paquetes embalados destinados a convertirse en mesas, sillas, camas, y todo tipo de cosas. Miles y miles de variaciones de todas las cosas que uno pudiera pensar. Tenedores, lámparas, lavamanos, persianas… para todos los gustos.
La segunda parte de la excursión fue más sencilla para Isaac —sólo tenía que empujar un carrito nuevo que tomaron vacío—, pero no menos cansada: aquellos pasillos eran interminables, y más de una vez, creyeron que habían dado la vuelta, sólo para orientarse con los carteles que indicaban las referencias.
—No puedo creer que estemos comprando tantos muebles —Isaac empujó el carrito detrás de su esposa, que iba en dirección a las cajas—. ¿Qué se supone que ha pasado? ¿Es que hemos comprado una casa nueva y no me acuerdo?
—¿No te acuerdas? —ella lo miró, seria, un instante, pero luego se echó a reír, relajando la tensión—. Ay, tonto, ¿cómo no te ibas a acordar de eso? Venga, vamos. Seguro que las cajas registradoras están a rebosar, y no quiero esperar demasiado.

Y ahora, la interminable fila de cabinas registradoras que representaba la última barrera antes del mundo real. Y una se iluminaba y el siguiente en la cola se metía en ella con un carro que por lo general rebosaba de cosas tanto como los suyos.
El murmullo de la gente enmudeció cuando Isaac siguió a su esposa a su propia cabina, y un cajero robótico les dio la bienvenida, mostrando la zona donde podía apoyar sus compras para que fueran identificadas.
Los sensores pitaban cada vez que registraban un producto, y éste aparecía en la pantalla que había en la pared. Los paquetes transformables, las lámparas, la planta sonriente… Isaac ayudó a descargar los objetos más grandes, hasta que todos ellos estuvieron en el área designada.

—Uno de nuestros asistentes los llevará hasta su vehículo —sonrió el androide cajero—. ¿Deseaba algo más?
—Sí —asintió ella, tras mirar fugazmente a Isaac—. Una última compra, aunque no será necesario transportarla. Tengo un cupón promocional —explicó—. Código “ANEWLIFE”. Si quiere lo deletreo.
—No será necesario —asintió el dependiente, mientras el código aparecía en pantalla—. Escanee el producto, por favor.
Para sorpresa de Isaac, Miriam se volvió y le arremangó la camisa. En el antebrazo de Isaac había una etiqueta rectangular, un código de barras que hizo pitar a la máquina. El dependiente robótico felicitó a la mujer, y ésta se volvió hacia Isaac, como si no viera la emoción en su rostro.
—¿Lo ves, cielo? Un cuerpo artificial, nuevo, y completamente sano. Y mucho más resistente que el anterior. Te dije que una tontería como aquel incendio no serviría para separarte de mí. Gracias al dinero del seguro hemos comprado lo suficiente para reponer lo que perdimos, y cuando la programación termine de asentarse, todo volverá a la normalidad —la sonrisa de Miriam se ensanchó—. Vas a estar conmigo para siempre.