sábado, 27 de marzo de 2021

La granja de Anya



Anya está despierta. Es incapaz de dormir. Intenta cerrar los ojos, pero una y otra vez, la visión más tranquilizadora que se encuentra es la del techo de su habitación. Los sonidos de los animales fuera de la ventana. La tenue luz de la luna que ilumina las sábanas ante ella. Anya no puede dormir. ¿Son nervios, acaso? ¿Qué tiene que hacer mañana? No, lo que tiene que hacer mañana no le preocupa. Ni el lugar. Anya sabe perfectamente dónde está: donde quiere estar. Después de todo, ella creció en una habitación muy similar a aquella. La que estaba al otro lado del pasillo, concretamente.

 

 La granja había pertenecido a cuatro generaciones, ¡cuatro!, de su familia. Su padre estaba muy orgulloso de ello cuando les hablaba a los visitantes que tenían que quedarse a hacer noche antes de llegar al pueblo.

Tenían ovejas, siempre habían tenido. El negocio familiar. Eran duras, agrestes como la zona. Capaces de arrancarle sustento a un suelo que parecía más vacío que los caminos cuando la guerra. Pero eso no les importó, nunca lo hizo. Eran felices, a su manera. Siempre tenían trabajo que hacer; ganado que pastorear, surcos que arar para sembrar… Allí afuera, en la estepa, parecía que las ciudades de las que hablaban en la radio estaban en otro mundo. Todos los avances, las avenidas repletas de coches, fábricas humeantes como hornos de la mañana a la noche. Masas de gente tan grandes que no alcanzaba la vista. Cuando se reunían todos a la hora de la cena, Mamá, Papá, Tarsi, Anya y Jon, a oír las noticias alrededor de la radio, era el momento de soñar con las cosas buenas que podrían encontrarse en la ciudad. Luego llegó la guerra, y Mamá, Tarsi y Anya escuchaban anhelantes las noticias sobre los frentes que se encontraban en batalla, esperando el día en que todo volviera a la normalidad.


Anya lleva tiempo sin escuchar la radio. La oye, claro, cuando la enciende mientras se mueve por la casa haciendo sus tareas: Limpiar las habitaciones, preparar el café para Leon, echar de comer a los corderos, asegurarse de que el puchero estaba al fuego en la cocina… Anya sabe que no es muy lista, es lo que Leon siempre dice, que ella no es lista, pero sí trabajadora. Y ahora Anya se da la vuelta en la cama que suele compartir con Leon, y éste no está.

 

 Leon fue lo que regresó de la guerra mientras esperaban que volviera Jon. Mamá y ella se habían acostumbrado a hacer los trabajos duros, mientras Tarsi leía y leía las lecciones de la escuela a la que iba los fines de semana, allá en el pueblo. Leon volvió en un coche humeante y con la gorra en la mano les habló muy seriamente. Mamá lloró aquella noche, cuando Leo se quedó por si necesitaban algo. Los días siguientes también lo hizo, para ayudarlas con la granja en aquellos tiempos difíciles. Y ellas necesitaban un hombre en la casa. ¿Qué iban a hacerle? Leon hablaba bien y no tenía reparos en hacer los trabajos pesados. Realmente, pensaba Anya a menudo cuando lo veía sonriéndola desde el otro lado de la mesa, se podría pensar que era guapo. Y ella era la hija mayor. Tenía que asegurarle un futuro a Tarsi. Con un poco de suerte, su hermana acabaría los estudios y se iría a la ciudad, a conseguir un buen trabajo, vacaciones, dinero, algo que no significase quedarse en aquella vieja casona rodeada de estepa.

 

Anya camina por la casa, intentando calmar sus agitados pensamientos. “todo está bien”, se dice, nerviosa. “La casa está como siempre”. Lo único que se cuela por la ventana es la luz de la luna sobre los muebles viejos y los cuadros en las paredes. Pero hay una presencia, un murmullo. Algo que no debería estar allí, y Anya lo sabe. O lo cree. Porque nunca ha sido muy lista, como siempre dice Leon, y la casa, a fin de cuentas, está vacía. Lo único inusual es la vajilla, los platos y las tazas que permanecen en el fregadero. Pero eso tiene fácil explicación.

 

 El sonido del plato al romperse hizo que Anya pegase un brinco, tensándose con las manos aún en el fregadero.

- ¿Qué demonios se supone que es esto? – Tras ella, su marido se levantó de la mesa, resoplando. Los trozos de cerámica yacen ante él, con la comida esparcida por el suelo. - ¿Acaso pretendes envenenarme? ¿Es así como cocinas nuestros corderos?

- N-no, yo… - Anya nunca había sido buena cocinando, pero lo intentaba, una y otra vez. Leon era difícil de agradar, pero ella no dejaba de intentarlo. No era lista, pero sí trabajadora, ¿verdad? Eso decía Leon.

- No, no me lo cuentes, ya sé que vas a intentar mentirme, como siempre haces. – Se acercó él. Ella se volvió, con la mirada baja, limpiándose las manos en el delantal. – Como cuando fuiste al pueblo y me dijiste que ibas a ver a tu amiga, ¿te acuerdas? Y luego van y me dicen que te han visto de compras, ¿verdad? – Ella mantuvo los ojos en el suelo. Era la forma más rápida de que aquello terminase. - ¿¡Verdad!? – Repitió él, golpeando con la palma en la mesa. – O cuando te crees que no me doy cuenta de cómo miras a los viajeros cuando tienen que parar en la granja. ¿Qué, pensabas que no me daba cuenta? Te veo cómo los miras, y les hablas. Sé que te quieres ir con ellos.

Anya se dio cuenta de que había retrocedido más de lo que pensaba cuando al dar un paso atrás su espalda pegó con la pared.

- Sí, piensas en irte por ahí con esos vividores a vivir aventuras y dejarme aquí tirado trabajando la granja que tu familia, ¡tu familia! – Le picó con el dedo en el pecho, tan fuerte que dolió. – Esa que te dejó. ¿Es eso lo que quieres, abandonarme? ¿Crees que esos imbéciles que vagan por los caminos van a darte una vida mejor? ¿Crees que van a darte tres comidas al día, un techo bajo el que cobijarte, una vida digna? ¿Sabes qué? Debería… - Levantó la mano, con el dorso listo. - ¡Debería…! – Anya se cubrió, contra la pared. – Pero no. – Su marido bajó la mano. – Para que veas que soy buen tipo. Seguiré dejando que vivas aquí. Comiendo de mis ovejas, despilfarrando mi dinero, y perdonándote tus torpezas, hasta el día que me muera.

 

La casa está vacía. Como Anya no puede dormir, definitivamente, trata de hacer algo útil. Vuelve al fregadero, y, metódicamente, se pone a frotar las tazas y los platos de la cena. A ver si con un poco de agua y jabón se les va el amargor. El amargor de toda una vida. Está inquieta, sí. Negarlo no va a cambiar nada. Es su casa, es su granja, y por primera vez, en muchas noches, la radio vuelve a descansar sobre la mesa del comedor. Aunque ahora sólo queda ella para escucharla; Tarsi hace años que no viene, encontró un trabajo en la ciudad, tiene otra casa, otra familia, otro mundo. Demasiado lejos. Hizo bien. Ahora sólo queda Anya. Anya, y el murmullo.

Porque, después de tanto tiempo, después de tantas amenazas, el cuerpo de Leon yace inerte en el establo, en el mismo lugar donde cayó fulminado ésta tarde. Es irónico.

 

- ¡Te ha vuelto a salir amargo! – Ladró Leon, levantándose de la mesa, haciéndola encogerse. – Pero ¿se puede saber qué carajo haces con el café? ¡Últimamente no te sale nada bien, Anya! ¡Maldita inútil! ¿Es que necesitas más disciplina? – Resopló, enfadado, pero por suerte para ella, no hizo nada más. – Te salvas porque últimamente las ovejas están más pesadas que de costumbre. – Gruñó, finalmente. – No mereces la energía que cuestas. Largo de mi vista. 

 

Anya frota la taza con el paño mojado. El trabajo en una granja es estresante, todo el mundo lo sabe. Las desgracias ocurren. Le ocurrió al tío Gregor, le puede ocurrir a cualquiera. Y Leon estuvo en la guerra. Caer redondo en casa, junto a las ovejas a las que tanto has dedicado, es prácticamente un privilegio que no merece. Aquella presencia se hace más fuerte a su alrededor.

 

El padre de Anya le da una palmada en el hombro. Su mano es grande y peluda, pero cálida y agradable. Igual que la lana de las ovejas en invierno.

- Son especiales, pequeña. – Se rió. – Te lo digo yo, hay veces que las miro y creo que me pueden entender. A veces incluso, cuando estamos solos, ellas yo, me parece que hasta me contestan. – Negó con la cabeza, al ver la mirada asombrada de la niña. – Ojalá pudiera entenderlas. 

 

Anya se queda mirando fijamente la taza. Como si pudiera concentrarse sólo en esta, y así rechazar el resto de cosas. La soledad opresiva. Aquella presencia que siente a su alrededor. Aquel murmullo que oye, más allá de los muros de su casa.

 

León era un buen tipo. Era trabajador, su familia siempre tuvo ganado. Sabía entenderse con las ovejas. Mamá estaba ya mayor, y Tarsi tenía que estudiar. Anya no pudo por la guerra, así que le tocó ocuparse de la granja. Y Leon estaba ahí, y estaba ayudando. Tenía dinero por su padre. Y se entendía con las ovejas.

 

Anya se da cuenta de que es ella la que está murmurando. No hay ningún sonido misterioso. No hay nada que temer. Nada, excepto su propia conciencia. Por eso ha bajado en medio de la noche y está lavando la taza en la oscuridad. Es la culpa, su propia culpa. Porque Leon ha muerto y sigue allí, en el establo, rodeado de ovejas, y ella está allí, limpiando frenéticamente la taza con la que lo lleva envenenando desde hace seis meses. No pasa nada, se dice, firmemente: Lo enterrará al lado de Mamá, en la esquina norte de la granja. Lo llorará unos días, y todos lo entenderán. Entonces, ¿por qué está tan preocupada? 

 

Anya no descubrirá la razón de su desasosiego hasta que vuelva a subir a su habitación, la que perteneció a sus padres antes que a ella. Hasta que se vaya a acostar, y, en un impulso, mire por la ventana. Entonces, sintiendo un escalofrío, verá que todo el rebaño se ha congregado allí, justo debajo. Doscientos pares de ojos brillantes le devolverán la mirada fijamente desde la oscuridad. Sus miradas, inquisitivas, atravesarán su alma.

Y de las gargantas de las ovejas, todas al unísono, sonará la voz de su difunto marido.

- ¡Sé lo que has hecho, Anya! ¡Lo sé! Al final conseguiste lo que querías, ¿Verdad? ¿Crees que esto va a quedar así, mujer? ¡Eres una inútil, Anya! ¡Mírame! ¡MÍRANOS!

 

Después de una semana de investigación, todo el mundo lo tendrá muy claro. El acuífero que proveía la granja estaba contaminado, plomo, quizás, aunque no cambiaría nada. Pobres Leon y Anya, los dos muertos en la misma noche. Eran tan trabajadores… Alguien tendría que llamar a su hermana Tarsi, en la ciudad. Alguien tendrá que hacerse cargo de esas ovejas. Eran buenas ovejas. Cuando les hablabas, casi parecía que pudieran entenderte.


sábado, 16 de mayo de 2020

El sabor del sol de verano

Aquello no estaba bien. Se tocó los oidos, chasqueó el dedo, tarareó un par de notas, pero no había problemas con su audición . Pero aquello... Pestañeó. Y dio unos pasos atrás. Al instante, como si hubiera abierto una cortina, aquel alboroto desordenado volvió a arremolinarse en sus oídos, como si la hubiera estado esperando. Con aquella enorme sirena sonando de fondo, omnipresente. El olor acre poblaba el ambiente, y a su alrededor, la gente salía de sus casas cargando pesados fardos. Se volteó, mirando a su alrededor. Aquello era real, era su realidad, recordaba haber despertado aquella mañana, recordaba haber llegado alli. El miedo que habia sentido cuando Alex habia echado a correr. Un hombre que llevaba un carrito a rebosar de cosas chocó con ella, casi derramando su preciado contenido, y la sorteó, mirandola como si estuviera loca. Pero ella no estaba loca. Solo estaba... Sorprendida. Perpleja. ¿Verdad?
Volvió a mirar, y estaba allí. Un simple callejón entre dos casas, una mera grieta entre edificios cercada por una enredadera que a duras penas se sujetaba en la pared. Un canalón corría por medio, y el agua sucia se colaba en una alcantarilla cercana. Nada del otro mundo, ¿Verdad? Dio un par de pasos, tomó aire, respiró, y se dio cuenta de que había vuelto a ocurrir. La sirena apenas se oía, el sonido de los aviones militares surcando los cielos había desaparecido, y aquel olor... Aquel olor no era el acre del humo, sino el dulce de una tarta de manzanas de la huerta, con miel silvestre en vez de azúcar. Lo sabia. Porque la había comido cientos de veces de niña. Pero el callejon estaba allí, frente a ella, serpenteando entre las casitas. Unas flores silvestres nacian de entre el canalón y la pared, y la mata de enredadera que había tras ella ahora parecia un poco más verde. Y, no obstante, era real. Tan real como el sol de verano que acariciaba su piel, como la pintura rosada de la pared a su derecha, que cuando la tocó cayó como una hoja seca, bailando en el aire. El canalón seguía allí, pero ahora parecía más un riachuelo que se deslizaba de piedra en piedra alimentado por las tuberías, un arroyo como aquellos de los que cogian renacuajos en verano. Y es que era verano, o debía serlo, porque aquel era el olor del verano y de las tardes estrelladas en las que sacaban las bicicletas a la calle y daban vueltas a la plaza hasta que los llamaban para merendar, o cenar. Por eso no podia ser. Llevaba muchos años sin volver a pensar en la tarta de manzana.
Avanzó, de todas formas, dispuesta a llegar al final del camino. Despues de todo, aquel cielo azul era mucho mejor que las columnas de humo y las sirenas, y se suponía que estaba siguiendo a alguien. Con una mano en la pared, como si estuviera en un sueño. La puerta que cortaba la pared en dos era de madera, toda, y aunque el cerrojo parecia usado no tenía aspecto de vieja. Al girar la esquina, acarició el rosal que parecía haber crecido al amparo de la tubería rota que daba su agua al canalón del suelo, y habria jurado que las flores se abrían para ella si no hubiera cruzado su mirada con el perrito que estaba acostado al otro lado de aquella verja, que se levantaba sobre la pared a la altura de sus ojos. El jardincito trasero estaba bien cuidado, con sus parterres de flores, una piscina hinchable vacía al lado de la manguera enroscada como una serpiente, y una mesita infantil caída. El perrito la miró, alzando las cejas y moviendo la cola una vez, y Susanna se encontró sonriéndole a modo de saludo. Ni siquiera se dio cuenta hasta después de que no había puertas de acceso al jardín, desde la casa ni desde la verja. 
El olor a pastel de manzana dio lugar a una corriente de aire fresco y un aroma que no era desconocido del todo, mas fragrante, pero con menos añoranza, y Susanna sintio un escalofrío al ver aquella extensión bien cuidada de césped al otro lado de la alambrada, extendiéndose hasta llegar al bosque, y allí, al fondo, un grupo de gente vestida de negro. No reconoció a nadie ni distinguio lo que decían, pero cuando una de aquellas mujeres de cara blanca se giro hacia ella, se dio cuenta de que no debería estar viendo aquello. Así que se forzó a seguir caminando, sintiendo las frías miradas en su nuca hasta que giró la esquina.
Y allí estaba. La casa hecha de adobe, el arco de la puerta hecho a partir de un antiguo yugo de arar en el que su abuela, que era bruja, habia grabado un conjuro protector, y la cortina de cuentas que susurraba cada vez que entraba o salía. Tragó saliva. Había más camino por el pasillito, un arco cerrado recubierto de hojas, y un viejo edificio de piedra con una ventana llena de marmol, pero algo le decía que era allí, aquella voz ahogada que se escuchba, aquella sensación. La brisa matutina que entraba por la ventana de la casa del pueblo la acompañaría siempre en sus sueños, y ahora la estaba llevando allí. Con un soplo incorpóreo de viento, la cortina se movió, y las cuentas sonaron y chascaron unas contra otras, dandole la bienvenida. Estás aqui, parecían decirle. Estás en casa.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, descubrió que era igual que lo recordaba. Las paredes enyesadas, las estampas a la altura de los ojos la cómoda a la entrada para dejar los abrigos, y esas zapatillas viejas que llevaban allí más tiempo que ella misma. Ya solo le quedaba entrar al comedor de la casa de su abuela, que se perdió con el corrimiento de tierras del 93, y encontrar sentado en una de aquellas fantásticas sillas de roble, junto a la enorme mesa de madera maciza, a Alex. "Lo he intentado dibujar, ves?" Le decia a una figura que habia en la cabecera de la mesa, al lado opuesto de la puerta. Susanna rodeo ésta lentamente, sintiendo la madera de las sillas en la punta de los dedos, fijándose en la manta sobre la que descansaba el centro de mesa. Verde, rojo, blanco, rojo, verde, un largo tramo negro, y vuelta a empezar en el otro extremo. Muchas tardes alargando las manos para sentir los flecos en los deditos infantiles cuando cenaba en casa de la abuela, riéndose con los primos mientras sus padres y la abuela hablaban de sus cosas. Pero ahora, de eso hacia ya décadas. "Este soy yo entrando a la piscina. Al principio meti un dedo porque pense que el agua estaria fria", Alex reclamaba la atención de la figura encorvada del sillón, con un dibujo arrugado en la mano. "Ya sé que no es la primera experiecia de magia, pero te traje el resto de cosas que me pediste... Vas a salvarlos, verdad? Por favor..." Le tiró de la mano huesuda y surcada de venas azules, pero los ojos rodeados de arrugas, aquellos ojos tan acostumbrados a verlo todo pero no decir nada, estaban mirando a Susanna. "Me la has traído, hijo", Ella pensaba que nunca volveria a oir aquella voz. "La primera vez que alguien cree en la magia"
Gritos, discusiones, golpes en las mesas y portazos. La pequeña Susie se habia ido a la universidad sin despedirse y con el rostro vuelto. Y ahora, habia vuelto. Había vuelto a casa. "Abuela..."
"Os ayudaré".

sábado, 8 de junio de 2019

Guión


Hace mucho tiempo, en un lugar más allá de los espejos, entre los resquicios de las baldosas, existió Guión. Guión era un mundo como el nuestro. Con ciudades, bosques y mares, campos florecientes y gente que paseaba junto al mar. Mas cuando los paseantes levantaban la mirada hacia el ocaso lo único que veían era una sombra gris en un cielo nocturno. Gris. Negro. Ceniza. Las flores que se abrían para recibir la luz del sol nada más que recibían la noche sin importar la hora, y sus pétalos eran del color del carbón en un mundo que no conocía la luz.
Pero los habitantes seguían mirando al ocaso en el mar, porque sabían que tenía que ser hermoso. Las flores se abrían a la oscuridad, porque sabían que ahí arriba debía haber un sol, y por eso también crecían, porque debían crecer. Cuando todo es gris y negro, el gris y el negro adquieren infinitos matices. Y cuando sabes cómo debería ser todo, no importa lo que sea, sino lo que sabes que es. 

Por eso, en el interior de la ciudad de Guión, todas las almas son máscaras. Tras esa fachada blanca, el marido sonríe, pronunciando las palabras que harán sonrojarse a su amada, y aunque ningún sonido haya salido de sus labios, ésta las conoce, pues son las palabras que el marido debería decir. Y aunque la máscara sea blanca como la leche, ambos saben que ella se ha sonrojado. Porque eso debería ser así. Es como viene en el guion. Y ella sonríe, aceptando silenciosamente el cumplido, mientras da una vuelta con aquel vestido negro noche que, sin embargo, es rojo pasión.
Pues Guión es un mundo perfecto, y nada tiene que desviarse. Cuando la historia tiene argumento, todas las reacciones están programadas. Forman parte del libreto. Todas las emociones, son negro sobre blanco. Cuando empezamos a leer una historia, el final ya está escrito.

Y así, Guión sigue girando, al otro lado del espejo, dentro de los libros cerrados y en la tinta de las plumas aún sin usar. Las sombras de hombre se enzarzan en silenciosas luchas, y sus máscaras se resquebrajan, porque eso es lo que debe ocurrir, y tres segundos después uno de ellos caerá al suelo, derrotado. Aunque no pronuncian palabra alguna, ambos saben que uno debe sufrir y morir. Así está escrito. La silueta de la profesora mueve los labios frente a la pizarra, y todos los niños conocen ya la lección que debería estar dando, así como ella sabe quién se despistará y a quién llamar la atención en el momento apropiado. Y así, Guión sigue girando. Estática. Perfecta. Inmóvil.

Porque todos saben el final de la historia.
Los amantes se besan en sus máscaras. Los ejecutivos se estrechan la mano, vocalizando tratos que ambos conocen sin oírlos, que saben que serán aceptados, y los padres gesticulan ante sus hijos que saben del contenido de la amonestación y reaccionan apropiadamente. El hombre de la azotea sabe que su jefe lo ha despedido a pesar de no haber pronunciado sonido. Todos siguen el guion. Todos conocen el guion.

Todos conocen el final de la historia.
Hasta que, en aquel preciso momento, él, el hombre sentado al borde de la azotea, una de los miles de máscaras blancas de la ciudad, toma aliento, respira profundamente, se levanta, y se arranca la máscara de cuajo, dejando ver tras ella dos ojos verdes, claros, brillantes de determinación. – NO. -El primer sonido de Guión resuena en toda la ciudad, en todo el mundo, en todo el planeta. El primer sonido de Guión. La voluntad. La negación, la determinación, el cambio. La Muerte.


sábado, 1 de junio de 2019

La Parada de Autobus


Todas las cosas en esta vida cumplen un propósito. Por ejemplo, el propósito del sol es brillar, ofreciendo mañanas como aquella en la que las chicharras campaban a placer. El propósito de la brisa, refrescar a los escasos transeúntes, meciendo la maleza que creía a los lados de la carretera como un oleaje tranquilo y calmado. Y la parada de autobús… ¿Cuál era su propósito? ¿Cuál era su razón de ser?
En este mismo momento, su razón de ser era ser el destino de Francisca, que, con su blusa color beige, su falda de flores y su chal de verano, se acercó a esperar. Su rostro ya parecía caerse y sus manos huesudas estaban surcadas de caminos azules, pero eso no le impedía salir a caminar siempre que lo deseaba. Eso no le impedía seguir haciendo vida en sociedad.

“Hermoso día, vieja”, saludó a la anciana que ya estaba sentada en la parada. Ésta tenía el cabello blanco, recogido en un moño, y aunque sus rasgos se mantenían un poco más asentados, ocultaba sus ojos tras unas gafas de sol, y sus manos eran tan venosas como las de Francisca.
“Hermoso día, vieja”, la saludó en respuesta, con la misma severidad. Durante unos segundos, ambas cruzaron miradas, pero a continuación, se echaron a reír. Habían comenzado aquel saludo hacía más de treinta años, cuando ninguna era lo suficiente mayor como para tomárselo en serio, y para cuando habían envejecido de verdad, habían descubierto que eran demasiado mayores como para tomárselo en serio.
“Pues sí que es hermoso, ¿No te parece?”, preguntó Francisca. “Incluso aquí, debajo de la marquesina, hace un poco más de fresco”.
“¿Dónde vas? ¿De compras a la ciudad?” Preguntó Adela, cabeceando hacia la lejanía. Más allá, en aquella carretera, se distinguían los contornos de una ciudad a las orillas del mar.
“Mi Manolo quiere comer gazpacho”, reveló Francisca, manoseando el bastón. “Así que toca ir a por tomates”. Ambas suspiraron, pensando en los planes que tenían. Demasiados planes cumplidos. Demasiado tiempo de vida. Volvieron a suspirar.

“Te has hecho algo en el pelo”, notó Adela, ladeando la cabeza. Ella se había puesto aquel moño el día que se había quedado sola en casa, y desde entonces no había cambiado de peinado. “Has ido a la peluquería”
“A la peluquería, no”, aclaró su amiga. “Es el Joaqui, el hijo del vecino. ¡Dice que ha montado una peluquería portátil!”. Ambas se rieron. Peluquerías portátiles, ordenadores portátiles, teléfonos portátiles. Ya no había quien entendiera a los jóvenes. Tantas ganas por hacerlo todo portátil. Portátil y pequeño. Menos el mundo, que era cada vez más grande. Lo más lejos que había ido Francisca en su vida era con las amigas, a una obra de teatro a la capital hacía treinta años. Y ahora decían que si se montaban en un avión sólo para ir a trabajar.
Sí, si algo se podía decir de los jóvenes, era que tenían empeño. “¿Y qué tal tu hijo?”, preguntó. “¿Al final se metió en la Universidad?”
“Claro”, replicó Adela. “Ingeniero aeronáutico… Hace aviones”, resumió. “Es un señor importante, si tú lo vieras… Ahora ya casi no tiene tiempo de visitar a su vieja”. Se volvió a reír. Aquella palabra siempre las hacía sonreírse, ya fuera por lo poco que se identificaban con ella o por lo mucho que lo hacían.
“Es que nos hacemos mayores, ¿Eh?” Francisca le palmeó la rodilla, embutida en una falda negra. “Nos hacemos mayores…”

Aquella frase lapidaria, dicha tan despreocupadamente, cayó como una losa entre ellas, y la mañana volvió a convertirse en una mañana de chicharras, de sol y de brisa que correteaba entre la maleza. Una mañana de muchas. Pasado, presente y futuro… El tiempo parece difuminarse cuando esperas el autobús.
“¿Y qué tal tu hijo?”, preguntó Francisca. “¿Entró por fin en la Universidad?”
“Claro”, repitió Adela. “Pero ya te lo he dicho, ¿No te acuerdas? ¡Es un señor importante!”
“Mi hija también es muy importante…” Murmuró Francisca, moviendo la boca, palmeando el bastón. Manías de la edad. Distracciones del tiempo presente. “Siempre tiene trabajo, ya no puede venir a casa tanto como le gustaría”.
“¿Y por qué no vas tú?”
“Yo ya no estoy para esos trotes”, protestó Francisca. “Además, me duelen los huesos… Nos estamos haciendo viejas”

“No digas eso”, replicó Adela. “Es un invento de las farmacéuticas. Uno sólo es tan viejo como se permite ser. La edad sólo es un número”.
“Eso decía mi Manolo, que en paz descanse”. Francisca miró al cielo, como hacía siempre que pensaba en su difunto marido. “Y tenía razón”.
“Lo único que lamento…” La miró Adela, “Es no poder pasar más tiempo con mis nietos”.
“¡No seas boba, mujer! ¿Y qué les dirías?” La reprendió su amiga. “Los niños de hoy no hablan nuestro idioma, hablan con las maquinitas esas que tienen… Las viejas como tú y como yo, el único consuelo es que nos tenemos la una a la otra”. Y eso era cierto. En aquel tiempo sin tiempo, ojos sin vista, en aquella parada sin autobuses, lo único que quedaba, eran los recuerdos.

“¡Francisca!”, sonó la voz de un hombre. “¡Francisca!”
La anciana se levantó, trabajosamente, y se volvió a su amiga. “Es mi padre. Ya es tarde, seguro que madre quiere que la ayude a poner la mesa. Debería irme… Ya sabes cómo se pone cuando tardo demasiado”.
Por suerte, apenas se había movido cuando un hombre vestido de blanco la tomó de un brazo, sin darle tiempo a tambalearse ni apoyarse en el bastón. “¡Francisca! ¿Pero sabe el susto que nos ha dado?”, la reprendió. “¡Ya es la tercera vez que se escapa esta semana! Suerte de que tenemos esa parada de bus falsa ahí, si no, quién sabe a dónde podría haber ido a parar”.
La mujer miró al hombre, en cuyo pecho brillaba un cartel en el que había escrito a máquina “Joaquín, enfermero”, y sonrió. “Hola, joven, ¿Es usted el novio de mi hija?” Él sonrió, acostumbrado a las palabras de la anciana, y la ayudó a caminar.
“No, pero sí podría ser su hijo”, le dijo, a sabiendas de que no importaría.
“Bueno, pues va a venir dentro de muy poco. Así que más te vale engalanarte, muchacho”
Asintiendo amablemente, el enfermero la tomó del brazo y la llevó de vuelta a la Residencia de la que había salido, pero antes de entrar de nuevo, Francisca se volvió, saludando con la mano a la parada de autobús.
“¿A quién saluda?”, preguntó Joaquín, curioso.
“A Adela. Es una buena amiga mía, joven, y está soltera. ¿Quieres que te la presente?” Le ofreció al enfermero, pero éste suspiró. Sí, efectivamente, Francisca estaba en uno de esos momentos.

Porque Adela y Francisca habían sido buenas amigas durante la mayor parte de sus vidas, y habían llegado a ingresar en la residencia de ancianos al tiempo. Pero, mientras Francisca se había estancado en aquella fase atemporal en la que uno ve su vida deshacerse ante sus ojos, Adela había encontrado un final mucho más rápido, y una mañana de enero la habían encontrado, ya fría, sentada en la falsa parada de autobús.
Aquella era la verdad de aquel lugar. Gente sin pasado, sin presente, sin futuro. Gente que, después de vivir toda una vida, habían descubierto que no les quedaba nada. Enfermos, sin recuerdos y sin independencia, los que una vez habían construido la sociedad se acumulaban allí, en aquella Residencia, sin saber que ahora todo su mundo desaparecía día tras día. Sin saber que sus familias salían adelante sin ellos, sin saber que sus amigos morían.
Y como no lo sabía, Adela siguió allí durante aquella fresca mañana de verano, con su moño prieto, su falda negra, y disfrutando del sol y de la brisa matinal en una parada de autobuses sin autobuses.
Todas las cosas en esta vida cumplen un propósito. El propósito del sol es brillar, el de la brisa, refrescar a los escasos transeúntes, meciendo la maleza que creía a los lados de la carretera como un oleaje tranquilo y calmado. Y la parada de autobús… ¿Cuál era su propósito? ¿Por qué estaba allí aquella parada?
Porque todos necesitamos un lugar al que ir, y todos, por muy mayores que seamos, necesitamos un lugar donde charlar un rato con aquellos que ya se han ido.


lunes, 27 de mayo de 2019

En Stock


El joven se estiró en la cama, fijando la mirada en la lámpara que tenía sobre su cabeza. Había sido un día complicado, uno de esos que hacen que la cabeza te bulla de cosas pero que seas incapaz de acordarte de ninguna. De esos que te piden simplemente echarte, cerrar los ojos y descansar un poco. Suspiró, pasando la mirada al escritorio que estaba junto a la cama, vacío de libros o cuadernos, y entonces cometió el error de mirar al otro lado, a la pared de enfrente. No había pared de enfrente.

- ¿Y bien? ¿Dirías que es acolchada? – Dijo la joven que lo miraba divertida, con un carrito lleno de cosas, esperando pacientemente. Tras ella, un enorme almacén ocupaba más allá de lo que alcanzaba la vista. El joven se levantó de la cama, desorientado. – Está bien, Isaac. Si no te parece, podemos probar otras.
- No. – Repuso Isaac, rascándose la cabeza y acercándose a la mujer. Era sólo que… Miró atrás, y allí estaba todo. La cama, el escritorio, el flexo, incluso la lámpara. Una habitación, tan falsa como la habitación que se exhibía al lado, con ligeras variaciones. Otro acabado de los muebles. Un flexo más grande. Colores más claros, o más oscuros. Y las mismas etiquetas. “Pruébame”. – Sólo me quedé un poco atontado, nada más.
En comparación con la de antes, la luz de los grandes almacenes era blanca, fría e impersonal, y la habitación era de nuevo un expositor. Isaac se volvió de nuevo a la chica, que sonreía con paciencia, y creyó reconocerla. – Disculpa, Miriam. – La verdad era que se había quedado más desorientado de lo que le habría admitido, que le daba vergüenza decirle a Miriam que había necesitado el cartelito en su pecho de “Miriam S., Visitante” para recordar su nombre. Se presionó el puente de la nariz.

- ¿Algún problema? – Un dependiente se acercó con gesto efusivo, inclinándose sonriente. - ¿Puedo ayudarla en algo? – Isaac no pudo evitar fijarse en el pequeño agujero que éste tenía entre las cejas, donde se encontraba la cámara real del androide, muy realista por otra parte.
- No se preocupe, estamos bien. – Sonrió Miriam también, poniéndole una mano en el hombro a Isaac. – Es que ya son muchas horas de compras, y, bueno, ya sabe.
- Por supuesto, señorita. La entiendo perfectamente. – Se inclinó el androide, programado para entenderla. – Si tiene alguna duda sobre nuestros productos, no dude en preguntar.
- Eso haremos. Muchas gracias. – Isaac tomó a su mujer del brazo (porque era su mujer, ahora que ya se sentía mejor lo recordaba sin problemas) y se volvió de nuevo hacia la habitación. – Y respecto a lo de antes… Tienes razón, ¿Sabes? Era muy cómodo. Y, bueno, no sé, ¿No te recuerda a algo? – Ella lo miró, un instante, como si no comprendiese. - ¡Es como mi habitación!
- Ah, cierto. – Asintió ella. – Entonces, ¿Te parece que renovemos la almohada entonces y nos llevemos ese?

Cuando Isaac pensó que los grandes almacenes en los que se encontraban llegaban más allá de donde alcanzaba la vista, no estaba tan errado: Pasos y pasos de largos caminos los llevaban entre decenas de hogares distintos. Habitaciones, a cada cual más distinta. Montones de colchones, que la gente probaba para comprobar su suavidad (Miriam le ofreció probar a él también, aunque después de quedarse traspuesto en la habitación, Isaac prefería no arriesgarse), y cocinas kilométricas con expositores a rebosar de distintas versiones de cómodas y frigoríficos, todo ello regado con pequeños puestos de información y reabastecimiento en los que los androides dependientes los atendían amablemente.
- Podría pasarme días aquí dentro. – Comentaba Miriam, en uno de estos puestos. Isaac le daba la razón, aquel lugar era tan grande, que podría haber pasado días y días bajo aquellos focos de luz blanca sin darse casi ni cuenta. – Por suerte sólo hace falta acudir muy de cuando en cuando. – Palmeó el carro que llevaban consigo, en el que podría haber cabido Isaac, y que contenía una gran cantidad de cosas además de la almohada que había pedido.
No eran los únicos que habían decidido tomarse aquel fin de semana de compras: Junto a ellos había un grupo de amigos, que, mientras el androide acompañante de uno de ellos cargaba en la estación de enchufes, habían decidido sacar las mochilas y almorzar alrededor de una mesa. Distraídamente, Isaac pasó la vista por el listado de los departamentos del centro comercial. – Entonces, ya hemos hecho la mayor parte de compras para la casa. – Dijo, sin recordar ya si habían puesto un plan al principio del día. - ¿Te parece que luego pasemos a la sección de ropa?
- Así que quieres comprar ropa, ¿Eh? – Ella se echó a reír. – Ya tienes ropa, hombre… ¿No lo ves? – Dijo, tirándole de la manga de la camisa. Él trató de pensar para responder, pero Miriam lo interrumpió. – Vajilla. Necesitamos vajilla.

Y vuelta al incesante mar de productos. Neveras inteligentes, lavadoras inteligentes, todo era inteligente, y por todas partes le parecía recordar haber pasado aquella mañana. Por ejemplo, la sección de androides, todos los modelos mostrados empaquetados en sus vitrinas, esperando a ser seleccionados para cobrar vida. Si no fuera por la etiqueta con las especificaciones que iban incluidas en la caja y la cámara sobre sus cejas, Isaac podría pensar que eran humanos. - ¡Hey! ¿No crees que éste se me parece? – Preguntó divertido ante un androide acompañante, pero Miriam no tenía piedad, y lo arrastró, pasillo tras pasillo, hasta llegar a la zona de los estantes. Tres pisos de altura a rebosar de estantes, por los que avanzaban sendos elevadores eléctricos que los clientes podían subir o bajar a voluntad para buscar la cubertería que más se adecuara a sus necesidades. Tenedor y cuchillo del modelo dieciséis para el matrimonio joven que discutía sobre si el mango debía ser azul o rojo, con bordes redondeados (modelo trescientos veinticuatro) para la familia con niños que jugaban a subir y bajar el elevador como si fuera una atracción de feria, y aquella especie con forma de pinza para el alíen con forma de cefalópodo que llevaba ocho cestas a la vez.
Cuando Isaac se dio cuenta de lo que había visto, Miriam ya lo había metido en uno de los elevadores con ella, subiendo hasta una altura considerable. – Deberían estar por aquí. – Dijo, animosamente, aunque Isaac no sabía muy bien qué estaba buscando. Allí sólo había cubiertos. Cubiertos de forma ligeramente distinta. Cubiertos con firuletes. Todos ellos amontonados en sus respectivas bandejas. - ¿Alguna idea? – Preguntó su mujer. Él habría querido decirle que por él estaban todos bien, que con que funcionasen le valdrían, pero entonces se fijó en aquel otro modelo. Eran, comprendió, los mismos cubiertos que Isaac había usado en su infancia. No recordaba mucho de su infancia, por no decir que no recordaba nada, pero sabía que aquellos cubiertos… Aquellos cubiertos le daban una sensación agradable, de familiaridad. – Muy bien. – Miriam sacó dos pares del montón. – Al carrito, entonces.

Para sorpresa de Isaac, en la cima de los altísimos estantes con menaje de cocina, había otro set entero de pasillos, con vallas de protección ante las caídas y puentes que conectaban entre sí los distintos estantes. – Mucho mejor. – Respiró Miriam. Más despejado, al menos.
Allí pareció que la vorágine de compras y consumismo se calmaba un poco, y pudieron disfrutar de un agradable paseo empujando el carrito, aunque la mayoría de gente con la que se cruzaron iba más rápido, tomándose un atajo seguramente hasta su destino. – Ha sido una jornada agradable. – Suspiró Miriam, mientras se dirigían a la zona que, según los carteles, llevaba a las cabinas registradoras y la salida. – Creo que ya tengo compras suficientes para una temporada.
Isaac la miró y sonrió. Sí, él también tenía suficiente dosis de centros comerciales para un par de años, aunque sabía que habría dicho lo mismo si se hubieran detenido a mitad de la jornada. Pero ver a Miriam así, feliz y relajada, le hacía sentir feliz. Relajado, de alguna forma. Así era como debían ser las cosas. Y, si para eso era necesario pasar una jornada en las grandes superficies, no le importaba en absoluto.

Varios estantes más allá encontraron un elevador que los llevó de nuevo a la planta baja, cerca de las cabinas registradoras, rodeados del resto de clientes con la misma dirección de ellos. Algunos humanos, otros no, pero todos con la satisfacción de haber aprovechado el día en algo productivo. La espera hasta que fue su turno se le hizo corta a Isaac, y no tardaron mucho en estar ellos solos, de nuevo, en el interior de la cabina registradora, cómodamente cerrada para preservar la intimidad de su compra. – Buenos días. – Respondió Miriam a la voz, amable pero robótica, que los saludó. - ¿Aceptan tarjeta?
Los sensores pitaban cada vez que reconocían un código de barras, y todo lo que habían comprado – los cubiertos, el cubrecamas, la lamparita y aquella mesita de noche por partes, hasta la almohada que habían comprado por la mañana – iba siendo empaquetado antes de ser devuelto al carro. Hasta que éste se llenó de nuevo, e Isaac se dispuso a empujarlo por la salida. – Espera. – Lo detuvo Miriam, tomándolo del brazo. Él arqueó una ceja. – Una cosa, tengo cupón para el último producto. – Le dijo al dependiente electrónico. – Código ANEWLIFE. Todo junto. Si quiere lo deletreo. – No obstante, la máquina había registrado la voz correctamente.
- ¿Desea empaquetarlo? – Replicó amable, aunque fría. Isaac, que no comprendía, sintió un nudo en la garganta.
- No, muchas gracias. – Replicó Miriam. – Me lo llevo puesto.
Y entonces, para sorpresa de Isaac, le arremangó el brazo derecho y mostró la etiqueta que había en su antebrazo, con un código de barras que la máquina reconoció sin problemas. El dependiente robot la felicitó, y la mujer miró a Isaac sonriente, como si no viera la emoción en los ojos de él. - ¿Lo ves, amor? Un cuerpo artificial, nuevo y completamente tuyo. Te dije que un accidente no nos separaría… Se pegó a él, abrazándole el brazo. – Sólo tenemos que esperar un rato hasta que la programación termine de asentarse, y entonces volverás a ser el mismo de siempre.

miércoles, 22 de mayo de 2019

La campana

Es la hora. Suena la campana.

Su tañido atraviesa la noche silenciosa, una nota que resuena en las calles de farolas anaranjadas. Sin proceder de ninguna parte, presente en todas. No hay nadie en las calles, nadie para presenciarlo, pero todos lo saben. Todos están allí, sin estar. Invisibles, tras las persianas. Expectantes. Suena la campana. Y se hace el silencio.

Mentirían si dijeran que no esperaban aquella noche. Que no era un acontecimiento presente en el pueblo desde hacía semanas. Silencios ausentes, miradas graves. Nadie lo decía, pero todos lo sabían. Nadie tañía la campana, pero esta sonaba clara y potente por todos los rincones del pueblo. Un aviso. Una advertencia. Una invitación.

 

Los perros se han callado, y los gatos, que se refugian en los bajos de los coches, observan expectantes. De noche, todos los gatos son pardos. Y todas las luces, anaranjadas. La campana resuena por las calles del lugar. Pasos apresurados para volverse a casa, miradas vigilantes entre las contraventanas. Nadie quiere mirar, pero todos quieren ver. Nadie puede estar, pero todos quieren presenciarlo. Desde lo que ocurrió en 1953, el ayuntamiento interpuso una campaña publicitaria específica durante las fechas previas al Incidente, pero eso no ha impedido que todos los años ocurran cosas similares. Turistas indiscretos, algunos de los cientos de ojos que, desde puertas y ventanas, observan ansiosos las calles vacías, escuchando la campana y preguntándose si ese será su año de suerte.

Mario es uno de esos curiosos. Uno de los que da vueltas, impaciente, alrededor de la mesa camilla de su tía Luisa, junto a la ventana, mientras su tío mira fijamente la pantalla del televisor, donde hay un partido de fútbol al que nadie en casa le hace caso. Todos son demasiado conscientes de lo que ocurre. De lo que va a ocurrir. Y Mario puede haber nacido y haberse criado en otra ciudad, con otras costumbres y tradiciones, pero hasta él entiende que aquello es importante.

– Pero no entiendo por qué nadie hace nada. – Se encogió de hombros, mirando fugazmente a la ventana al oír la campana. – El Ayuntamiento, la policía… Se limitan a pedir precaución y que nadie salga de sus casas… ¿Y nada más?

– Mario… – Le pidió su tía, que aparentaba leer una revista en el sofá al lado de su marido.

– No, pero… ¿Y si quiero salir ahora? ¿Si tengo una emergencia, tengo que ir a la farmacia, o quiero pasear al perro…?

– Mario, no insistas. – Repitió su tía.

– Este niño es tonto, te lo digo yo. – El tío resopló, exhalando una nube de humo de cigarro.

 

No era el único sitio donde no había nadie durmiendo. El ambiente era tenso. En los hoteles, en las casas. Niños apiñados pegados a las cortinas, clientes de hotel esperando al momento mientras comen pipas frente a la ventana.  Y las familias de unos pocos desgraciados, rememorando una noche igual que aquella, cuando había empezado todo para ellos. Terrazas de cafetería abandonadas, y sólo un silencio sepulcral que precede a la campana.

Y se apagaron las luces.

- Mierda. – La voz del tío de Mario rompió el silencio frente a la pantalla apagada del televisor.  Mario miró por la ventana. Se quedó sin aliento al ver las luces que habían aparecido en la calle, aquella fila de luces doradas en la oscuridad, pequeñas y tenues pero firmes en su caminar. Las figuras blancas que las portaban apenas se distinguían en la oscuridad, poco más que telas ondeando a un viento que no existía, siguiendo el sonido de una campana. Tragó saliva, sin poder apartar la mirada. Las luces enfilaban su calle lentamente, en un desfile silencioso del que, sin embargo, eran todos conscientes. Era algo que no deberían ver, que no debían presenciar, pero, al mismo tiempo, no podían dejar de mirar. Otra campanada resonó en sus oídos. Otra, y esta ya lo hizo en sus huesos. Un aviso. Una advertencia. Una llamada.

El televisor mostraba estática. Su teléfono móvil, sin señal. Y aquellos seres seguían caminando. Sin cara. Sin identidad. Con luces, que bailaban en la oscuridad. Las teorías sobre su existencia se contaban por decenas. Los episodios se remontaban a la Edad Media, o incluso antes. Y Mario, con su licenciatura en periodismo, sabía que su lugar estaba allí. Registrándolo con el móvil. Documentándolo. Mostrándoselo al mundo, por mucho que sus conciudadanos no opinasen lo mismo. La campana volvió a sonar. “Tengo que bajar”. Las figuras con luces se detuvieron. Y entonces, todas a una, giraron la cabeza y miraron a Mario.

 

Luisa lloró mucho al llamar a su hermana a la mañana siguiente, y vistió de negro un año entero. Su marido maldijo, sin dejar de mirar la televisión vacía, aunque después se ablandó con un suspiro y trató de consolar a su mujer. Nadie en el pueblo comentó lo ocurrido. Nadie dijo nada de la Marcha Nocturna. Pero al año siguiente, por aquellas fechas, cuando la campana volvió a tañer y las luces se apagaron de nuevo, muchos pudieron ver junto a las filas de luces una figura encorvada y triste, que, junto a la procesión, parecía tomar fotos con su móvil.

domingo, 5 de mayo de 2019

Inquisidor

Ya no miramos abajo.
No merece la pena. No hay nada que deba ser visto. Marcia lo hizo una vez. Arrancó una Gema luminosa y la arrojó por el borde de su Placa, al vacío, buscando el fondo. Y la Gema cayó, y cayó, y cayó, una mota de luz en medio de la oscuridad, como una lágrima en un desierto… Hasta que allá abajo, más de mil metros por debajo de nosotros, una cosa grande, negra y sin forma, hizo desaparecer la mota de luz. Marcia ya no está entre nosotros. La vino a buscar el inquisidor poco después.

Ya no miramos abajo. No merece la pena. Ni miramos arriba, en busca de un sol que nos ha sido robado, cambiado por las gemas que iluminan nuestras Placas, flotando en e inmenso vacío. Pedazos de tierra flotantes conectados por pasadizos estrechos en los que tratamos de sobrevivir, cultivando lo que crece a la luz de las Gemas. Seres perdidos y desamparados cuya única esperanza son las Gemas, que, a cambio de nuestra energía vital, nos dan luz y calor para cultivar nuestro alimento, y protección contra los grandes Seres del Vacío, serpenteantes y con infinidad de patas que ondulan en el vacío infinito a nuestro alrededor. La esclavitud de las Gemas, que nos cosechan como si fuéramos un alimento más del huerto. Tal vez lo seamos. Tal vez nuestra forma no sean más que tallos y hojas modificados, y la Gema es el verdadero habitante de Xor. Eso creen muchos. Eso creía Marcia. Por eso arrojó la gema por el borde de la Placa. Por eso llegó el inquisidor y la elevó por los aires, con un gesto, llevándosela con él.

Por eso no se habla de ella. No se habla de nadie cuya Gema se haya apagado antes de tiempo, antes de que el Inquisidor haya venido a recogerla. Porque cuando ocurre, éste llega, y toma a la persona a cargo de esa Gema. Les roba el alma, la misma que le entregamos a las Gemas hasta que no podemos más y acabamos rindiéndonos. Eso es lo que creo, pero no se lo he dicho a nadie. Ni siquiera lo he pensado cuando observo al inquisidor pasearse a través de las Placas de Cosecha, en las que se extiende el asentamiento, buscando Gemas brillantes que llevarse. Porque hay algo en su mirada… Su forma redondeada y con pliegues y sus tres pares de manos con brazos cortos y regordetes podría ser simpática al verla levitando alrededor de las placas, pero es su máscara blanca, una máscara simpática usada en el Mundo Antiguo para simbolizar el teatro (Cuando la madre de Marcia, de las últimas familias que habían llegado, nos habló de ello, todos recordamos el teatro, los aplausos, las sonrisas). Pero tras los agujeros hay tres ojos, rojos, pequeños, mezquinos y salvajes, que parecen estar comprobando si hay pensamientos fuera de lugar. Ideas peligrosas. Si sigues mirando hacia abajo.
Cuando tu gema está apagada, entonces es cuando te lleva, elevándote por los aires al extender las seis manos como una estrella, igual que dicen que elevó la primera vez las Placas, y desde entonces, nadie te vuelve a ver. Cuando viene, una vez al mes, a recoger las Gemas brillantes, todos nosotros aprovechamos para correr. Para evitar ir a oscuras y usar la claridad que queda, yendo a las Placas de Nacimiento para desenterrar más Gemas que den luz y protección.

A veces, no llegamos a tiempo. A veces, las formas alargadas y serpenteantes que ondulan en los límites del cerco de luz de las Gemas logran su cometido, y cuando nos descubrimos las cabezas, muertos de miedo, descubrimos que faltan dos de los nuestros. Porque en este mundo, la muerte es la certeza más inevitable. La depredación. Lo único que puedes hacer es gritarle al vacío, es desafiar al tirano que nos depreda, a la oscuridad que acecha serpenteante más allá del cerco de luz. Marcia nunca se acostumbró a nuestro mundo, y observó aquellas criaturas todos sus turnos desde que perdió a sus padres, la última vez que excavaron Gemas. Temían las Gemas, las aborrecían. Querían devorarnos, pero la luz de las Gemas a las que dábamos nuestra energía voluntariamente era algo que no podían soportar. Por eso Marcia agarró una Gema y la tiró sin mirar atrás en dirección al abismo, hacia todas aquellas criaturas.
Pero se equivocaba. Las criaturas no estaban allí abajo. Sólo estaba aquella cosa, al fondo del Vacío, grande, móvil, y con un gran apetito para las motas de luz. Sólo estaba el Inquisidor, silencioso, eterno, con sus seis manos extendidas descendiendo suavemente detrás de Marcia. Preparándose para hacerle cumplir las leyes de aquel lugar, y que nadie volviera a verla jamás.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Des-publicación

Si habéis pasado por el blog más de una vez, os habréis dado cuenta de que algunos post (o más bien todos) están ausentes de éste. Esto se debe a que, ya que tenía intención de presentar ciertas historias a algunos concursos de relato corto, éstos pedían en sus bases que no estuvieran editadas en medios físicos ni digitales, por lo que comprenderéis que no me es posible tenerlas editadas aquí mientras no sepa qué ocurrirá con las historias.
Evidentemente, si escribo alguna más, la subiré en caso de que sea posible.
¡Gracias por vuestra atención! ^-^

EDITADO: Una vez terminados la mayor parte de los concursos en los que participé (sin éxito) vuelvo a publicar las historias, y si escribo alguna más también aparecerá por aquí, gracias de nuevo :)