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domingo, 21 de octubre de 2018

Raíces


La terasterio ladeó su cabeza insectoide, pequeña, y cubierta por una capucha de hoja cosida. Entrecerró los ojos claros, y examinó lo que tenía ante sí: aquellas amalgamas negruzcas eran más altas que ella, e igual de anchas. Como bolas gigantes de pelo, carne y sangre. Movió las mandíbulas al notar el olor acre y extendió uno de sus largos brazos, diseñados para columpiarse por el árbol, presionando una de las masas. Con un crujido, el cuerpo del grandullón peludo se hundió ante su tacto, completamente carbonizado.

—Sí, están muertos —sentenció, suspirando y volviéndose a las criaturas de su alrededor. No les decía nada nuevo, pero tampoco les decía nada bueno: tanto los cadáveres como los vigilantes eran grisvar, y hasta hacía muy poquitos ciclos, enemigos mortales de los terasterios como ella. Una raza de seres mineros de gruesos brazos, podrían aplastarla sólo con proponérselo. El cabecilla del grupo avanzó ante ella, las correas que sujetaban a la espalda sus garras metálicas estaban más decoradas que las del resto.

—Déjese de cuentos, inspectora Zaira —gruñó el grisvar, arrugando el hocico—. Te hemos llamado para que nos ayudes a resolver este problema, no para que te burles de nosotros.

—Mis disculpas, capitán Stigr —replicó Zaira, altanera. Si los grisvar comprendiesen las expresiones de su rostro insectoide, su sonrisa los ofendería—. Pero quería comprobar lo importante que era este asunto para Kruengard.

—¡Excesivamente importante! —ladró el capitán, apretando los dientes—. ¡Y no sólo para los grisvar! Si ese monstruo logra hacerse con la suya, los terasterios acabaréis exactamente igual que nosotros. ¡Muertos!

Por lo general, los grisvar tendían a la grandilocuencia, pero el capitán Stigr tenía razón: si habían unido fuerzas no era sólo porque sus jefes quisieran una tregua modélica. Tenían que solucionar aquello, o lo perderían todo.

Fafnir. Un ser legendario, un dragón invencible procedente de las entrañas de la tierra. Algunos terasterios decían que los grisvar habían abierto una galería hasta su madriguera, pero Zaira ignoraba a los idiotas por defecto. Fafnir era una bestia mitológica de la que hablaban los grabados grisvar, innumerables generaciones atrás. Los relieves de Karash mostraban a una bestia inmensa, larga como una de las grandes avenidas de Kruengard y ancha como las ramas más grandes de Alda. Atravesaba los pasadizos de los grisvar arrasando todo lo que encontraba. Atacando a sus rebaños, alimentándose de sus cosechas de hongos, provocando corrimientos de tierra… Los cadáveres de grisvar que Zaira tenía ante sí eran testigos de la potencia de fuego de las fauces de la bestia, que tarde o temprano, acudiría a alimentarse a las raíces del Árbol. Y, cuando lo hiciera, sería el final para Alda. El final para todo el mundo.

Por eso habían instaurado una fuerza de trabajo conjunta: la inspectora Zaira y el capitán Stigr comandarían las fuerzas de terasterios y grisvar destinados a detener a Fafnir. Por desgracia, detenerlo era imposible: su cuerpo era tan duro que ni las garras metálicas de los grisvar, las Gratoi, ni los brazos de los terasterios, eran capaces de darle muerte. Lo único que se podía hacer para salvar la vida era huir al notar el seísmo que precedía a sus apariciones en las paredes de los corredores. Huir, y rezar porque se entretuviese devorando al ganado y no acudiese tras la carne de ningún grisvar.

Fafnir era el rey indiscutible de aquel lugar, y con su aliento ígneo, capaz de derretir las rocas, le aseguraba el puesto superior en la cadena alimenticia.

—Pero vamos a ignorar eso por un momento —explicó la inspectora Zaira, delante del escuadrón de fuerzas conjuntas—. Fafnir es invisible, imprevisible, e inevitable. Y esas son tres cosas con las que los terasterios no podemos trabajar. Tenemos que ver al enemigo, comprender al enemigo. Sólo entonces podremos analizarlo y encontrar su punto débil.

Como ella esperaba, aquello generó murmullos. Grisvar, terasterios, enemigos acérrimos, cada grupo cuchicheaba entre sí ignorando deliberadamente al otro. A ella le tocaba lograr que cooperasen.

—Y si queremos matarlo, tenemos que encontrar su punto débil.

—Pero nosotros no somos terasterios —gruñó uno de los grisvar—. Eso de atacar a traición no va con nosotros.

—Y por eso nos necesitáis para salir de esta —Zaira replicó antes de que lo hiciera otro de los suyos—. Para proteger a los vuestros.

Más murmullos, y más protestas. Los grisvar eran directos como piedras cayendo por una ladera, y los Terasterios entrecerraban los ojos y bisbiseaban mirando a sus vecinos por encima del hombro. No trabajarían juntos, no mientras no salieran a la luz los trapos sucios. Era un mal necesario, pensó mientras los veía separarse cada vez más.

—¡Basta! —el capitán Stigr levantó la voz, empuñando con ferocidad sus Gratoi—. Kruengard, Alda, ¿a quién carajo le importa? Si no luchamos juntos, moriremos separados. Y no se vosotros, ¡pero a mí no me importa trabajar con quien haga falta si con ello acabamos con la amenaza!

Golpeó sus Gratoi entre sí. Las palas metálicas de cada Grisvar eran personales e intransferibles, y representaban prácticamente la vida entera para ellos. Cuantos más grabados y más cicatrices, más respeto tenían de sus congéneres. Las de Stigr estaban llenas de ambos.

— Pero, capitán, ¡No necesitamos a estos terasterios estirados para luchar contra la bestia! — Dijo uno de los grisvar, provocando un coro de susurros cuando los Terasterios agitaron sus brazos llenos de afiladas espinas—.  Griff el Grande logró hacerle frente, según cuentan los relieves. Encabezó toda una tropa de guerreros, y…

—Y murieron tres cuartas partes de ellos —lo cortó Zaira—. He visto los grabados. Encuentro apasionante vuestro sistema de registro, usando las sombras para ver los detalles, pero las historias del pasado son eso, historias del pasado —miró a su alrededor, sabiendo que ahora los grisvar le prestaban atención—. Puede que Griff el Grande lograse ahuyentar a la bestia, pero lo hizo a cambio de las vidas de la mayor parte de sus hombres, incluyendo la suya —hizo una pausa—. Y yo no pienso hacer ninguna de esas cosas. No sacrificaré a mis hermanos, terasterios, grisvar, y no tengo intención de ahuyentar al dragón… —levantó uno de sus puños en un gesto aprendido del capitán Stigr—. ¡Pienso matarlo!

—¡Pero inspectora! —los grisvar se miraban entre sí, aún más inquietos que antes— ¡No se puede matar! ¡Es Fafnir, el dragón inmortal!

—¡Y la fruta está verde hasta que madura! —replicó Zaira—. ¡Se supone que sois grisvar, carajo! ¡Guerreros que no se asustan ante lo desconocido! Os jactáis de abrir túneles y de que nada puede deteneros… ¿Y vais a quedaros a medio camino porque alguien os dice que no se puede?

—¡Guerreros! —Stigr, a su lado, tomó la palabra—. ¡La inspectora Zaira duda de vuestro valor! Yo le he jurado que sois mis mejores grisvar, los más valientes de aquí a Ciudad Granito… ¡¿Vais a dejar de cavar sólo por encontrar una piedra más dura en el camino?!

Así eran los grisvar. Seres de sangre caliente, dispuesta a hervir ante aquellos desafíos. Zaira sabía cómo pensaban, y precisamente por eso sabía que necesitaba un grisvar para que los motivase. Para que les hiciera centrarse en su misión.

 

Una misión que les iba a costar esfuerzo. Lo primero, como bien había dicho Zaira en un principio, implicaba estudiar sus enemigos. Estudiar sus patrones de ataque, sus movimientos. No eran aleatorios. Fafnir no era un simple animal salvaje. Era un monstruo. Sus ataques iban dirigidos a las concentraciones de grisvar. Fiestas, celebraciones, mercados donde se procesaba la cosecha…

—La gente lo atrae como a un grisvar lo atrae el metal divino… —gruñía Stigr en la habitación de Alda, excavada en el tronco del árbol, que usaban como cuartel general: Fafnir no se adentraba en el árbol—. Ya van tres rituales de los Sánctor que ha interrumpido. Los sacerdotes pudieron salvarse, pero no sé qué pasará con nosotros si no podemos seguir excavando. Hace dos ciclos que no se oye un sonido en la cámara de reso… Hijo de puta —se volvió hacia Zaira, que había reproducido algunos grabados de Fafnir en una hoja—. ¡Es el sonido! ¡A través de las paredes no puede vernos, pero nos oye! ¡Por eso ataca la cámara de resonancia, por eso ataca los sitios donde hay gente!

Mientras el grisvar salía por la puerta del cuartel general para avisar al grupo, Zaira se quedó pensando. Se guiaba por el sonido. Usaba el sonido, las vibraciones en la tierra para escoger a sus víctimas. Eso significa que podían hablar con él. Podían atraerlo, podían utilizar aquello en su contra. Ahora ya tenían un punto de partida. Y, como todos los terasterios, lo único que necesitaban para alcanzar su objetivo, era una serie de apoyos. Y lo único que necesitaban para lograr su meta, era, seguir avanzando, como un grisvar.

 

Así que avanzaron. Avanzaron por los túneles, buscando a las víctimas. Buscando a los supervivientes. Buscando a dragón de sus recuerdos. Al real, no al Fafnir legendario, imbatible y letal.

—Si queremos acabar con él —decía Zaira—. Debemos convertirlo en algo con lo que podamos acabar. Debemos conocerlo, no al monstruo legendario… sino a nuestro enemigo

Y lo conocieron. Supieron que Fafnir, el monstruoso dragón ígneo, tenía un cuerpo largo y sinuoso como el brazo de un terasterio. Cubierto de escamas gruesas y muy duras, se desplazaba a gran velocidad por la tierra, y sólo se detenía cuando salía, dispuesto a segar la vida de más grisvar. Supieron que sus tres mandíbulas eran realmente indestructibles, y que sus únicas aperturas para respirar estaban en sus costados, tres orificios por cada lado. Supieron que se cubría de llamas y arrasaba con todo lo que tenía ante sí. Supieron que realmente era invencible.

—Es imposible —gruñía Stigr cuando se paraban a pensarlo—. No hay forma de mandar a ese demonio al Abismo. Tal vez podamos plantarle cara, como hizo Griff el Grande. Tal vez podamos ahuyentarlo y lamentar nuestras pérdidas.

—¡No! —replicó Zaira, agarrándolo por las correas que sujetaban las Gratoi a su espalda, acercándose a él—. ¡Eso nunca! ¡Eres un grisvar, Stigr! ¡No puedes echarte atrás! ¿No dijiste que los grisvar no se echan atrás por nada?

—¡Es un demonio! —el grisvar la zarandeó casi sin proponérselo; Zaira era del grosor de su antebrazo—. ¡No podemos detenerlo! ¡Es imparable, como un corrimiento de tierras! Y, cuando un Grisvar se enfrenta a un derrumbamiento, lo único que puede hacer es echarse atrás.

Los brazos de Zaira se resbalaron de su compañero. De su amigo. Los grisvar eran piedras que marcaban el camino. Duros guerreros que avanzaban sin importar qué, mineros que hacían de su vida excavar roca desnuda sin más ayuda que sus garras metálicas. Si ellos fallaban, si se echaban atrás, los terasterios perderían la esperanza.

—Debes sentirte decepcionada —dijo en voz baja el capitán grisvar—. Creer que podríamos trabajar juntos, que podríamos vencerlo. Pero nos equivocamos.

Zaira no pudo evitar sonreírse. Para compararse con roca sólida, los grisvar tiraban la toalla muy fácilmente. Un terasterio, en cambio, sabe que a veces hay que dar rodeos para llegar a su objetivo.

—No te preocupes, capitán… Creo que tengo una idea.

 

Una idea arriesgada. Una idea que podría no funcionar. Pero una idea que podría acabar de una vez y para siempre con la amenaza del dragón. Juntos, grisvar y terasterios. Juntas, la ciudad—geoda de Kruengard y la colonia arborícola de Alda.

—Y, para ello… —dijo, varios ciclos más tarde, ante el escuadrón. Su escuadrón de fuerzas conjuntas—. Para ello necesito que confiéis en mí —los miró, pasando la mirada por cada uno de ellos. Los terasterios, con sus máscaras militares, cada una con un diseño único. Los grisvar, con sus Gratoi, sus garras talladas—. Necesito que obedezcáis al instante todas y cada una de mis órdenes. Por muy absurdas que os resulten, por mucho que vayan en contra de vuestra naturaleza.

—Espera, ¿Qué quieres decir? —los terasterios, habituados a confiar sólo en sus brazos para columpiarse entre las ramas, se miraron entre sí.

—Todas las órdenes son todas las órdenes —replicó una grisvar, mirando al terasterio que había hablado y a Zaira de nuevo—. Si te pide que te tires al suelo, o que ruedes, tú lo haces sin pensar. Tienes un plan, ¿No?

—Así es —asintió la inspectora Zaira—. Y ese plan requiere de una cooperación precisa de los miembros de este escuadrón. Fafnir es un enemigo formidable, y vamos a necesitar todo nuestro ánimo para enviarlo al Abismo —haciendo una nueva pausa, suspiró, mirándolos a todos y preguntándose cuántos de ellos vivirían al final del enfrentamiento. Cuantos habrían entregado sus vidas por sus respectivos pueblos.

—Puede que me odiéis en el transcurso de la operación —continuó, por encima de los murmullos—. Y no os culparé. Pero os pido este voto de confianza. Os pido que me deis hasta el final de la batalla. Una vez lo hayamos logrado, una vez hayamos vencido al dragón, me someteré a las medidas que los grisvar, o los terasterios, crean oportunas. Pero es muy importante que me deis vuestra obediencia. Es importante que no digáis nada.

 

¿Qué puedes decir, cuando te encuentras al borde del Abismo? Zaira sabía lo que era. Sabía lo que se sentía, al encontrarse al borde de la oscuridad, colgando de una ramita que puede quebrarse con un soplo de viento. Crees que llegarás al siguiente tramo, crees que llegarás a la pared, pero sabes que, no todos lo harán. Sabes que la rama se quebrará, y que tú, quizás todos, seréis engullidos por el Abismo. Allí, en la última charla, antes del combate, se permitió alzar la vista y permitir que la luz de Arriba, procedente del cielo, se reflejara en su propia máscara metálica. Suspiró, sintiendo la última bocanada de tranquilidad. Y se volvió hacia los soldados. Acróbatas y mineros. Terasterios y grisvar. Su escuadrón. Sus brazos, para derrotar a Fafnir. Y, con la decisión pintada en sus ojos azules, comenzó a detallar su plan infalible.

—Bien, lo primero que necesitamos es el lugar perfecto. Y también necesitamos el cebo perfecto —miró a Stigr, que tragó saliva.

—¿Cuántos? —dijo, simplemente.

— Un rebaño entero —replicó ella—. Los más ruidosos que encuentres.

 

 

Y, poco a poco, preparativo tras preparativo, llegó el gran día. El día del enfrentamiento. Todos los miembros del escuadrón se situaron en la cámara que Zaira había elegido, una cámara baja, iluminada con hongos luminiscentes, pero también con ventanas, que le permitían ver el gran Árbol desplegarse sobre ellos, iluminado por la Luz de Arriba. El gran ventanal les habría dado una vista impresionante si hubieran estado allí por turismo.

Por suerte, o por desgracia, no tuvieron que esperar mucho. Al principio fue imperceptible, un suave movimiento que sólo los animales captaron. Se removieron, nerviosos, balando, pero los terasterios que los rodeaban restallaron sus brazos. Y el temblor aumentó de intensidad. El suelo se resquebrajó, y los guerreros se miraron, asustados. Pero no se movieron. Pero no hablaron. El único sonido que había eran los gritos y los aullidos de las criaturas, que trataban de deshacer las ataduras.

No tuvieron tiempo, porque, repentinamente, el suelo se rompió, y un inmenso titán, tan grueso como una rama del Árbol y con el cuerpo recubierto de escamas, arrasó con el rebaño y desató el caos. O lo intentó. Porque Zaira, de espaldas al ventanal, se permitió un instante para admirar su inmensidad, su fuerza, su forma de arrasar con todo. Sus tres mandíbulas con forma de pico se abrían y cerraban, excavando, y a ambos lados de la cabeza se hallaban los orificios respiratorios, como habían dicho los testigos. Una bestia invencible, un ser legendario. Y ella se disponía a vencerlo.

—¡Ahora! —gritó, tomando el mando—. ¡Etta, Épsilon y Omega! ¡A tocar!

Y como todos los grisvar de la sala, que rodeaban a Fafnir, golpearon la piedra al unísono. Los que había a su izquierda, a su derecha, ante ella. Un enorme concierto de percusión inundó la sala. Fafnir se guiaba por el sonido, lo usaba para localizar sus presas… Y ellos se encargarían de que no pudiera localizar a nadie. El dragón agusanado chilló, retrocediendo hacia su agujero.

—¡Sigma, detenedlo!

Y allí fueron los otros Grisvar, los más fuertes y resistentes, directos al agujero del que salía el cuerpo del ciclópeo dragón gusano. Clavando las garras entre sus durísimas escamas, se aseguraron de ponerle un tope, se aseguraron de encerrarlo allí con ellos.

Aturdido, Fafnir se detuvo un instante, pero si alguno pensaba que con eso bastaría se equivocaba: El dragón se retorció y trató de abalanzarse sobre los grisvar que tanto ruido hacían. Pero por suerte, Zaira ya lo había pensado. Ya estaba preparada. Y lista para la eventualidad.

—¡Alfa, Beta! —gritó, y del techo de la caverna cayeron dos equipos de terasterios, que se arrojaron por sorpresa contra el dragón, con los afilados espolones de sus manos preparados para hacerle sentir su poder. Agarrándose a sus escamas rugosas, los terasterios se columpiaron alrededor de Fafnir, atacando sus espiráculos. Acosándolo y obligándolo a retorcerse. Moviéndose con la velocidad propia de los terasterios para evitar que la bestia los atrapase con sus inmensas mandíbulas, mientras los grisvar atacaban su base desde el suelo.

 

Lo estaban consiguiendo, pensó Zaira, que seguía en su posición ante la ventana. El trabajo en equipo era la clave. Rodeado por sonidos estruendosos que le impedían ver sus alrededores, acosado por los aguijones de los terasterios y las garras de los Grisvar. Estaban logrando hacerle daño. Y, sin embargo… Sin embargo, sabía que nada era suficiente. Nada de lo que pudieran hacer, ya fuera solos o en equipo, sería suficiente para acabar con él.

Porque Fafnir se había cansado de los grisvar. Fafnir se había cansado de los terasterios. Se retorció, lanzando un bramido estremecedor, y por todos y cada uno de los espiráculos exhaló sendas nubes de energía ígnea, que cubriéndose de fuego y haciendo estallar a los guerreros en llamas. Y allí, con los brazos tensos y pegados al suelo, Zaira tuvo que ver a sus camaradas, sus guerreros, sus hermanos, morir abrasados. Se obligó a ver sus cuerpos pasto de las llamas, a oír sus chillidos agónicos. Porque sabía que eso era culpa suya. Sabía que era ella la que había apostado, y la que los había mandado a la muerte. Porque aquello era una guerra, y en una guerra había que hacer sacrificios.

—¡Ahora! —gritó, sin embargo, entre el estruendo de la percusión de los grisvar, que seguían rodeando al dragón—. ¡Sin piedad con él! ¡Muerte a Fafnir! —envueltos por una furia suicida, obligados por la obediencia ciega que ella les había exigido, los guerreros que quedaban, fueran grisvar o terasterios, se lanzaron a por Fafnir. Enfadando a la bestia. Enfureciéndola. Colocándola en el lugar mental que quería Zaira. Aturdido por la furia y el estruendo, el titánico dragón se acercó de nuevo a la tierra, abriendo y cerrando sus mandíbulas. Calculando su próximo movimiento.

—¡Ahora! —gritó Zaira—. ¡Etta, Épsilon! ¡Fuera!

Y dicho y hecho, los grupos de percusión Etta y Épsilon dejaron de tocar, siendo elevados por los aires por los terasterios que quedaban de reserva en el techo y desapareciendo del panorama mental de la criatura. Ahora sólo quedaba la posición de Zaira, ante la cual el grupo Omega seguía redoblando. Centrando la atención de la bestia ígnea. Centrando su furia. Interfiriendo con su sónar.

—A mi señal —snunció Zaira, sabiendo que se acercaba el momento.

Porque sabía que Fafnir no era idiota. No era un simple animal que cazara para comer. Era una bestia sedienta de sangre, un demonio de odio y fuego. Sabía que no era casualidad que Griff el Grande, capitán y héroe póstumo de los grisvar, hubiera muerto en su último ataque. Se enfrentaba a una bestia inteligente que sabía reconocer y cazar a los líderes, descabezando a los ejércitos. Por eso ella había sido la única que había dado órdenes. Por eso ahora sólo quedaba el grupo que había junto a ella redoblando en el suelo. Y cuando la criatura volvió a despedir vapor a presión por los espiráculos y arrancó de nuevo en su dirección, cegada por el odio y por el aturdimiento, Zaira les dio la señal a los grisvar que quedaban junto a ella.

Y los Grisvar hicieron lo que les había ordenado, aunque fuera contrario a su propia naturaleza: Se apartaron, sin hacerle frente a su enemigo. Zaira, por su parte, también hizo lo contrario a lo que habría hecho cualquier terasterio. Vio venir al dragón, acelerando. Lo vio acercarse, y sintió el deseo de esquivarlo, de serpentear a un lado como siempre hacía. Pero no lo hizo. Lo esperó allí, quieta, con los brazos abiertos.

 

Y cuando el titánico gusano dragón imbuido en llamas la arrolló, como una locomotora de vapor habría arrollado a un ser humano, Zaira lo envolvió con sus brazos, agarrándolo para impedir que abriese las mandíbulas de nuevo. Y juntos, atravesaron la pared a su espalda. Atravesaron el ventanal, y tras ellos estaba el vacío, el mismo vacío que los estruendos de percusión de los grisvar habían ocultado ante Fafnir. Y así, el dragón invencible se arrojó al Abismo, incapaz, gracias a Zaira, de abrir de nuevo la boca para entrar por la pared. Y mientras caían a la oscuridad del vacío, Zaira pudo ver por última vez su patria, aquel Árbol que se erigía en la vertiente horizontal de La Grieta, y, de alguna manera, se sintió orgullosa. Caía, al igual que Fafnir. Pero, a diferencia de él, Zaira había ganado.

sábado, 20 de octubre de 2018

A Capella


A Capella

 

Frente a mí pude ver la cabeza del terasterio. Su silueta, recortada contra la Luz de Arriba. Posado en aquella rama, observándome triunfal. Yo alargué la mano, viendo ante mí la superficie metálica de mis Gratoi, y caí al vacío.

 

Es irónico, ¿Verdad? Soy un grisvar. Un cavador. Mi pueblo vive de los minerales que extrae de la tierra, de los hongos que cultivamos. O de eso vivíamos, antes de que empezara la guerra. Una guerra que le había dado la vuelta a todo. Y ahora, en vez de las paredes, sólo tenía conmigo mis garras metálicas, mis Gratoi. Y la oscuridad del Abismo infinito. Sobre mí, podía ver las ramas del Árbol de Alda, que habíamos intentado invadir. Según caía, veía cada vez más ramas. Cada vez una perspectiva mayor.

¿Cómo habíamos sido tan tontos? Los grisvar somos grandes, de gruesos brazos para excavar. Estamos hechos para los túneles. Y ahora sólo había un túnel. Un Abismo infinito, al que aquel terasterio me había arrojado en defensa de su patria. No podía culparle. Yo habría hecho lo mismo. Pero ahora ya lo había perdido. Mi patria, mis grisvar, mi hogar… Ahora sólo estábamos mi alma y yo. Mis garras metálicas y yo. Y el Abismo infinito.

 

 

Una oscuridad húmeda me golpeó en la espalda. Un golpe frío y aplastante, que me hizo retorcerme antes de envolverme en su letal abrazo. Agua helada. Como en los pozos profundos de las galerías bajas. Pero los grisvar no podemos nadar, y me hundí como una piedra. Como todos aquellos compañeros que habían caído en aquellas batallas inútiles. “Inútiles”, pensé. Así era la batalla. Así era la guerra. Así era mi muerte.

No obstante, algo pasó. Un pensamiento, un espasmo. No quería que fuera inútil. Una sacudida me recorrió, y el impulso de moverme, de excavar a través del agua, se abrió camino por mi mente agónica. Una mente que apenas era consciente, y que apenas era capaz de diferenciar el bien del mal. Por eso hice aquello. Por eso hice lo innombrable.

 

Me deshice de mis Gratoi. Mis garras, mis palas excavadoras, mi alma. El instrumento más preciado para un grisvar, que marca su paso a la adultez y su independencia. Su herramienta para cavar, para cultivar, incluso para matar. Los grisvar no somos nada sin los Gratoi. Pero con un movimiento, yo me había deshecho de las cinchas en mis antebrazos, y casi pude distinguir su resplandor metálico mientras caían al insondable fondo del lago.

Libre del peso de mis pecados, de mi alma, mi cuerpo se pudo retorcer, y mis brazos se movieron, por reflejo, tratando de abrirse paso por el agua igual que lo habían hecho por tierra. Pero en el agua no había aire para mis pulmones, y mi conciencia, ya agónica, no tardó en desvanecerse, no tardó en caer en la oscuridad, sintiendo en mis huesos los últimos latidos de mi corazón. Los últimos golpes de una vida que, sin alma, estaba a punto de apagarse.

 

Golpes rítmicos, acompañados de una extraña melodía. La melodía del más allá. La melodía del Gran Cavador. Una melodía lúgubre. La melodía de la muerte.

Nadie sabe lo que pasa cuando un grisvar muere, y lo enterramos con sus Gratoi. Nadie sabe cómo puede llegar desde allí hasta las cavernas del Gran Cavador. Pero estoy seguro de algo. No es doloroso. Aquello sí que lo fue. Un dolor agudo, como si un aguijón de terasterio penetrase en mi carne. Un dolor que hizo que los recuerdos de los combates volvieran a mi mente. Muerte, destrucción. Compañeros abiertos en canal. terasterios por todas partes.

Con un bramido ensordecedor, me revolví contra mi atacante, extendiendo el brazo y agarrando una tela suave como la barriga de una cría grisvar. Todo un concierto de ensordecedores bramidos y protestas se alzaron en respuesta al mío, pero a pesar del ruido, mantuve el agarre, y cuando abrí los ojos, descubrí que, por suerte o desgracia, no había muerto. Y que tampoco estaba solo.

 

 

Llegados a este punto, creo que debería hablar un poco de la Ofoideas. Seres pescadores que vivían a orillas de Mantodia, el lago del que me habían sacado, ellas navegaban en balsas hechas trenzando tallos de hongo que crecía en las orillas, usando filamentos de hojas caídas del Árbol y otros organismos vegetativos que crecían en la oscuridad. Construían balsas ahusadas, que salen al lago impulsadas por filas de remeras, mientras las menos afortunadas se quedan en tierra, guardando sus asentamientos de seres malvados, depredadores de las marismas de hongos o gusanos cavadores. Y mientras, escuchan los cantos del lago, al ritmo de los golpes de los remos.

 

Y es que las ofoideas viven de sus voces. La voz de un grisvar le permite comunicarse a distancia, por los túneles, pero el canto de una ofoidea es mucho más. Al igual que un explorador grisvar puede detectar el eco de una veta metálica por el sonido que hacen sus Gratoi al golpear la pared, una capitana ofoidea puede detectar la posición de los bancos de peces al oír el eco de su canto y el de su tripulación. Con sonido los localizan, con cantos los atraen, con melodías los aturden… Y con sus afiladas patas articuladas los arponean, como un terasterio cortando fruta.

El pueblo ofoideo vive de su voz. Vive para su voz. Y por eso, cuando me desperté entre un grupo de pescadoras hambrientas, y grité “¡Basta!”, todas se echaron atrás. Aquella fue la primera vez que oyeron mi voz. La primera vez que oyeron una voz que no era la suya.

“Resonador”. Así fue lo que me llamaron, entre murmullos. Gracias a sus bolsas faríngeas, las ofoideas pueden modular su voz. Sus gritos ensordecedores hacen vibrar el agua, aturdiendo a los peces de debajo, haciéndolos presas fáciles para sus afiladas extremidades. Pero también pueden ser suaves murmullos, vocecitas agudas como las de nuestros niños. Entre ella, mi voz grave reverberaba en las paredes como unas Gratoi sobre la piedra.

“Resonador”. Sus vidas giraban sobre sus voces. Si puedes cantar, puedes pescar. Igual que un grisvar se apoya en sus garras, sus Gratoi, para ganarse la vida, las ofoideas dependen de su voz. Pero no es sólo el sonido. La piedra sobre la piedra emite un sonido, pero el canto de las ofoideas es algo más. Es un grito en la oscuridad, una búsqueda de identidad en el solitario lago subterráneo. Al remar, buscando comida, las ofoideas no sólo cantan. Cantan sobre sus vidas, sobre sus anhelos. Sobre su identidad. Si puedes cantar, puedes hacerte oír. Si tu voz resuena, tu presencia prevalece sobre la oscuridad. Y, en la soledad del lago, los cánticos de las tripulaciones de las balsas llegan a las ofoideas en tierra e ilustraban sus vidas.

 

Y yo, al igual que las ofoideas, tenía voz. Tenía presencia. Tenía alma. Yo, un grisvar que lo había perdido todo. Mis Gratoi, la expresión misma de mi alma, yacían en el fondo del lago. Pero las ofoideas no sabían nada de las Gratoi. Las ofoideas no sabían de mi muerte bajo el agua. Para las ofoideas, mi voz retumbaba como la suya.

Me acogieron con los brazos abiertos nada más oír mi grave voz. “Son ciertas”, entonaron. “Las historias, los relieves”. Leyendas sobre una raza de seres de piedra, figuras y relieves arrojados al vacío por los grisvar. Ofrendas a los Seres de Abajo. Caían al lago, y las Ofoideas los rescataban. Rescataban todo lo que oían caer. Frutos, ramas, hojas y hasta cuerpos. En la oscuridad, la vida escasea. Y cualquier alimento es bienvenido.

Pero yo tenía Voz. Yo era alguien. Y aquello lo cambiaba todo.

Sin historia que cantar, sin poder navegar usando la ecolocación, no podía embarcarme, pero eso no significaba que fuera inútil. Todo lo contrario. Construcción de naves, transporte, comida… No podía contribuir con el alimento, pero no tardé en comprobar que me necesitaban. Cuando los conocí eran seres rígidos y duros, que llevaban vidas austeras arrebatándole al lago su sustento. Pero las ofoideas son seres sensibles y frágiles, cuyas vidas poéticas se entrelazan en sus voces, que cantan funerales cuando pierden a un miembro. Seres que, al mirar al lago, al navegar, deben darles la espalda a las marismas, a las paredes. A los depredadores.

 

Seres de las profundidades de la tierra. Gusanos carnívoros y otras criaturas que merodeaban en la oscuridad. Grandes, del grosor de un grisvar adulto y con tres potentes mandíbulas, son fuerzas de la naturaleza para las ofoideas. Deidades antiguas en sus cantos, los Kuri eran seres que debían ser temidos y aplacados, con ofrendas de pescado y hongos. Duras rocas en su camino. Pero, cuando se encuentran con una roca, los grisvar no se detienen, sino que la rompen en pedazos. Y yo no era un grisvar, sin mis Gratoi… Pero era lo más parecido que tenían. Así que, cuando vi a aquel gusano carnívoro arrojarse sobre una ofoidea, cuando vi su vientre al descubierto entre sus alas rotas, decidí que era hora de hacerme un nombre.

“Te mataré, demonio”, dije. “te mataré y liberaré a las ofoideas de tu amenaza”.

Recuerdo la batalla. Recuerdo las sacudidas del Kuri. Recuerdo los golpes contra las rocas de la pared de la caverna. Recuerdo ser arrojado sobre la piedra. Era demasiado, pensé. Era inútil. Las ofoideas tenían razón. No se le podía hacer frente a un Kuri. No sin mis Gratoi, sin mis garras. Y entonces, al pensar aquello, cuando el excavador abrió sus tres mandíbulas, irguiéndose sobre mí para atestar el golpe final, me di cuenta. Aunque había perdido mis Gratoi, para las ofoideas seguía siendo digno. Me habían acogido como resonador. Habían creído en mi alma.

Y eso significaba que mi alma no estaba en mis Gratoi. Lo que las convertía en meros metales tallados. Piedras que los grisvar usaban para un fin. Y, al extender el brazo, en el suelo, supe que tenía muchas piedras. Aquel fue el principio.

Esperando al momento oportuno, cuando el Kuri se abalanzó sobre mí, lo golpeé con las piedras. Lo alejé de mí, golpeándolo como lo habría golpeado con mis Gratoi. Usando mis manos en forma de pala, levanté grandes piedras y se las lancé al monstruo, que no se esperaba resistencia. Acostumbrado a los aguijonazos de las ofoideas, el Kuri retrocedió ante mis grandes pedradas, pero yo no le di tregua. Dejándome llevar por la furia, por todo lo que había ocurrido, desaté mi fuerza y me lancé tras él. Pedrada a pedrada, detuve su movimiento. Pedrada a pedrada, lo detuve para siempre, y lo enterré en un lecho de rocas. Aquello, como ya he dicho, fue el comienzo.

 

Los grisvar están acostumbrados a lidiar con los obstáculos en un túnel. Piedras, pozas, depredadores… Es sólo un trabajo. Arrancarle el sustento a la roca desnuda no es más que su modo de vida. Pero yo ya no era un grisvar. Las Gratoi no eran más que garras metálicas en el fondo del lago. Y las ofoideas cantan. Cantan sobre sus hazañas, sobre travesías batallando criaturas submarinas. Sobre las batallas de canto al ritmo de los remos de balsa, entre distintas comunidades. Y ahora, sobre Kuri-dak, “Muerte del Kuri”. Eso fue, como he dicho, lo que lo empezó todo.

Había logrado un nombre. Un puesto de honor, como defensor de la comunidad. Una historia que cantar. Sus melodías del Kuri ahora hablaban de Kuridak y su hazaña. Sus ofrendas eran ahora agradecimientos que presentaban ante Kuridak. Ante mí. Y yo vi la oportunidad. Tal vez no saliera en sus balsas a pescar… Pero pronto, los cánticos de mi hazaña comenzaron a elevarse desde las aguas de Mantodia.

Y, como los ecos, las consecuencias pronto se hicieron presentes. Ofrendas. Regalos, en forma de provisiones. Agradecimientos. Las ofoideas pagaban mi historia con comida. Y yo quería comida. ¿Quién podría culparme? Sólo quería asegurarme. No podía pescar, pero podía tener a las ofoideas pescando para mí. Cantando mi historia, para que todos la conocieran. Un héroe, un protector. Kuridak, el centinela de la ciudad. El que levanta muros.

 

Querían alguien sobre el que cantar, y yo se lo dí. Les di historias sobre mi pasado, un pasado que sólo existía en mi imaginación. Hazañas sobre la muerte de monstruos épicos. Leyendas extraídas de la cultura de los grisvar. Proezas que me aseguraron un puesto constante en sus canciones, un puesto constante en sus ofrendas. Pronto, Kuridak no fue el guerrero pescado en el lago. Kuridak era el héroe que había caído del cielo, elegido por los dioses para traer la paz a las ofoideas matando a sus enemigos, unificando sus tribus en un gran asentamiento. Una urbe alrededor de mí.

Yo era el defensor. Yo era el que sabía cómo evitar que murieran. Era el elegido por los dioses, y, por tanto, era el que debía elegir cómo organizar las balsas. Cómo salían, dónde pescaban. El que elegía a las que iban de pesca y a las que se quedaban de centinelas, esperando a los monstruos en la oscuridad. Les di orden a sus vidas, organizando la urbe como un sistema de galerías, plantando hongos luminosos en cada esquina para que yo pudiera ver.

Era lo mejor para ellas. ¿Cómo no iba a serlo? Era Kuridak, el liberador. Kuridak, el elegido por los dioses. Las canciones eran claras sobre ello, canciones que cantaban las ofoideas más favorables. Canciones aprobadas por mí. Mis historias, mi urbe. Mis ofoideas. Yo se lo había dado todo. La libertad del Kuri. La protección. La organización. Cuando llegué aquí, al poblado de Blunn, sólo había tristes asentamientos pesqueros en la oscuridad del lago negro. ¿Y ahora? Ahora una urbe se iluminaba en la oscuridad, desafiando la negrura. Ahora, los barcos marchaban por todo el lago, desde las marismas a la Catarata Infinita.

Ahora las ofoideas ya traían sus capturas, y las repartían entre toda la comunidad. Ahora teníamos un sistema. Un mercado, como el que había entre los grisvar y los terasterios. Organizando las entregas, determinando cómo se repartía la comida, me aseguraba de mantener mi control sobre ellas. Me aseguraba la mayor asignación de todas. Era más grande. Era el precio de la seguridad.

Algunas cometieron el error de desafiarme. Se volvieron contra mí, chasqueando las mandíbulas y vibrando las alas. “No eres uno de nosotros”, dijeron. “No eres como los demás. No deberías estar aquí”. Ilusas que no sabían lo que decían. Que no sabían lo mucho que hacía por ellas. ¡Era Kuridak, su protector! ¡Kuridak, el héroe venido de los cielos! ¡El elegido para traer la paz a las ofoideas! Levantándose contra mí, las rebeldes creyeron que podían volverse contra su invencible Rey, pero se equivocaron. Sus cáscaras se quebraron, y sus alas se rompieron. Y su sangre azul empapó mis manos, mientras yo miraba a las demás, satisfecho. Sabiendo que no había quien me hiciera frente.

Por desgracia, me equivocaba.

 

Al principio, pareció una simple alga que habían pescado en el lago Mantodia. Un montón de tiras, como los filamentos de las algas que flotaban inertes en las negras aguas. Pero las algas no se mantenían sobre sus pies, ni tenían ojos brillando en la oscuridad. Aquel ser que me observaba ante mí, en la cámara del trono, rodeado de las ofoideas, era lo último que esperaría ver allí. Un terasterio de Alda.

Había venido de Arriba, de los dioses, dijeron los insectos. Como yo. Podía notar el temor y veneración en sus voces. Podía notar el poder y el control. Yo les había dado la ciudad, Kuridoia, y a cambio, ellas me daban mi poder. Y eso fue lo que le ofrecí al terasterio.

Allí abajo no estábamos en guerra. No éramos enemigos. Mis Gratoi estaban enterradas. Había sitio para otro dios en el panteón de aquellos insectos. Extendí la mano… Pero el terasterio la rechazó.

Dioses, reyes, héroes… “Cuando desperté entre las ofoideas, pensé que estaban locas”, dijo. “Pero tenían razón. Esto ha ido demasiado lejos. Abandona tu reinado de terror”. ¿Reinado de terror? ¡Yo era su líder, su héroe! El único terror de las ofoideas era ese maldito Kuri. Yo era su salvador, su liberador, y el elegido para mantener la paz por los dioses. “Y, por la presente”, dije. “Te considero una amenaza para mi pueblo”. Debía ser eliminado. Silenciado. Así que, al igual que había hecho con el Kuri, me abalancé sobre él. Al igual que me había abalanzado sobre todas las ofoideas rebeldes. Pero el terasterio esquivó mi bramido, siseando hacia un lado, usándome para columpiarse a un lado. Me rodeó, colocándose a mi espalda mientras yo me daba la vuelta.

“¡Las he llevado a la gloria!”, le espeté, mientras intentaba golpearle, atento también al círculo de ofoideas que había a nuestro alrededor. “¡Yo soy Kuridak, el Rey! ¡Yo soy el pueblo!”

Las ofoideas cantaban. Cantaban, como les había enseñado. Cantaban mis historias, mis hazañas. Cómo había matado a incontables seres oscuros, cómo me habían elegido los dioses. Cómo había levantado muros y había creado aquella ciudad para protegerlas.

“Los muros son para protegerse de las bestias…”, replicó el terasterio, siseando a mi alrededor, sacudiéndose mis intentos de agarrarlo. Su cuerpo escurridizo se libraba de mí, rodeándome, haciéndome trastabillar. “Pero en este veo que la bestia ha estado dentro desde el principio”. Volví a atacar, una y otra vez. El terasterio se movía, pero yo sabía que si lograba encajar un golpe, ganaría. Mi fuerza era muy superior a la suya. Yo era más fuerte, era el rey. ¡El héroe, elegido por los dioses!

“Mírate, grisvar”, dijo, azotando mis pies y haciéndome caer en mitad de mi ataque. “Has perdido tus Gratoi, y has perdido tu razón de ser. Eres un ser sin alma”.

“¡Silencio!”, bramé, irguiéndome de nuevo. Un terasterio nunca podría comprenderme. Las Gratoi no eran nada, no eran más que pedazos de piedra tallada que esclavizaban a los grisvar. Si fuera por las Gratoi, seguiría en el fondo del lago, ahogado como el resto de grisvar. “Mi alma no es una piedra inerte hundiéndose en el lago”, sentencié, mientras lo agarraba con fuerza. Sin su máscara de guerra, su cabeza era vulnerable. “¡Mi alma es una Voz potente que se alza sobre las aguas!”

“Te equivocas, grisvar”, dijo, moviéndose como la neblina para liberarse de mí. Agarrando sus brazos, traté de golpearlo contra una pared, pero se columpió y se alejó de mí, escalando por ella fuera de mi alcance. “Las Gratoi no son piedras talladas. Son un alma, una herramienta. La forma de ganarse la vida. Al igual que un terasterio usa sus brazos, el grisvar usa las garras para labrar el campo, para abrir túneles. Para contribuir en su comunidad”.

“Herramienta…” La palabra recorrió como un susurro el círculo de ofoideas. Apreté los dientes, dándome cuenta de lo que había hecho aquel terasterio. Las Gratoi eran las herramientas de un grisvar, igual que los brazos eran las de un terasterio. Igual que la Voz era la herramienta de una ofoidea.

“Y al perder tu herramienta, tu ser se ha pervertido”, dijo el terasterio, moviéndose a mi alrededor. Tanteándome, buscando que yo atacara de nuevo. Sabía, sabíamos que aquel asalto decidiría quién salía victorioso. “Has perdido de vista tu naturaleza, grisvar. Has perdido tu razón de ser, y con ella has perdido tu alma, y te has aprovechado del agradecimiento de las ofoideas. Eres un monstruo, Kuridak”.

Y sin previo aviso, nos lanzamos el uno contra el otro. El terasterio, con sus brazos afilados extendidos a su alrededor. El grisvar con su gran puño, un ariete que aplastaba todo lo que se encontraba. terasterios y grisvar. Brazos contra puño. Todo terminaría entre nosotros.

O no. Porque, en el último momento, el terasterio hizo un quiebro, esquivándome, haciéndome tropezar y caer con sus brazos. Me volví, levantándome, pero un doloroso aguijonazo en las piernas me detuvo, haciéndome caer del todo. “Tus Gratoi son un memorándum de tu razón de ser, tu herramienta. Si las tuvieras sabrías que hay algo por lo que vivir, algo distinto a tu propio interés. Pero, como las has perdido, has perdido también tu poder. Tu muerte librará a las ofoideas de la amenaza”. Se me heló la sangre en las venas al oír aquellas palabras. Eran las mismas que yo le había dicho al Kuri. Sin embargo, no fueron las últimas.

“Pero eso no es decisión mía. No eres mi enemigo”. Se volvió. “Es ante ellas ante quienes debes rendirles cuentas”. Aprovechando el momento, me levanté, de golpe, tratando de llevarlo conmigo, pero giró sobre mí, y volvió a hacerme caer.

“¡Ofoideas de Blonn!”, anunció. “¡Vuestro héroe, vuestro rey invencible!” Cortando un hongo luminoso, aprovechó la luz que emitía antes de morir para iluminar mi figura. “Vuestro dios tirano sangra como todos los demás”. Heridas superficiales decoraban mi piel. Pequeños cortes que había hecho al usarme para sus acrobacias. Cortes superficiales, que no significaban nada… Pero, irónicamente, la sangre le otorgaba un tono de óxido a mi cuerpo. Estaba oxidado por la victoria. Y el terasterio lo sabía. Así que siguió hablando con mis súbditos. Siguió hablando de cómo las leyendas no eran ciertas. De cómo no había sido ningún elegido de los Seres de Arriba. “Un guerrero caído entre muchos”, me describía. “Un soldado vencido de una guerra en nuestra patria. Un ser que, perdiendo su alma, se ha pervertido hasta convertirse en el tirano que es ahora”.

 

El terasterio había echado un paso atrás, permitiendo a las ofoideas decidir mi papel en aquella historia. Y las ofoideas habían avanzado, enarbolando sus aguijones en mi contra.

Tomando su lugar al matarlo, me había transformado en el Kuri para las ofoideas. Un ser excavador que se aprovecha del miedo para comer, para dominar. Un gusano. Y aquel terasterio les abría los ojos. Las ofoideas murmuraban y armaban jaleo, dándose cuenta. Tras el agradecimiento inicial por el Kuri, no me debían nada. Nada por las historias, por las leyendas, por el control.

 

En un último intento de control, volví a levantarme. Rojo de ira y de sangre, con las ofoideas rodeándome, las desafié con mis gruesos brazos, puede que me hubiera perdido con sus palabras siseantes, que hubiera logrado poner a mis súbditas en mi contra… Pero aquello no acabaría allí. ¡Yo era el rey invencible, el protector, el héroe de las ofoideas! Les recordaría a golpes quién mandaba allí.

O, al menos, eso creía. Porque, cuando me abalancé sobre ellas, las ofoideas se hicieron a un lado, y uno a uno, fueron cortando los hongos luminosos que nos rodeaban, que cayeron uno a uno por la ladera de la colina junto al lago, oscureciendo la zona. Y la oscuridad no era mi terreno. Era el suyo. Ataqué, una y otra vez, hacia un lado y otro, tratando de alcanzar a los insectos, pero sus voces resonaban en mis huesos. Yo estaba ciego, pero ellas podían ver. Con su música, me veía. Con sus cánticos, me aturdían. Y, como a un pez, me arponeaban.