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domingo, 21 de octubre de 2018

Raíces


La terasterio ladeó su cabeza insectoide, pequeña, y cubierta por una capucha de hoja cosida. Entrecerró los ojos claros, y examinó lo que tenía ante sí: aquellas amalgamas negruzcas eran más altas que ella, e igual de anchas. Como bolas gigantes de pelo, carne y sangre. Movió las mandíbulas al notar el olor acre y extendió uno de sus largos brazos, diseñados para columpiarse por el árbol, presionando una de las masas. Con un crujido, el cuerpo del grandullón peludo se hundió ante su tacto, completamente carbonizado.

—Sí, están muertos —sentenció, suspirando y volviéndose a las criaturas de su alrededor. No les decía nada nuevo, pero tampoco les decía nada bueno: tanto los cadáveres como los vigilantes eran grisvar, y hasta hacía muy poquitos ciclos, enemigos mortales de los terasterios como ella. Una raza de seres mineros de gruesos brazos, podrían aplastarla sólo con proponérselo. El cabecilla del grupo avanzó ante ella, las correas que sujetaban a la espalda sus garras metálicas estaban más decoradas que las del resto.

—Déjese de cuentos, inspectora Zaira —gruñó el grisvar, arrugando el hocico—. Te hemos llamado para que nos ayudes a resolver este problema, no para que te burles de nosotros.

—Mis disculpas, capitán Stigr —replicó Zaira, altanera. Si los grisvar comprendiesen las expresiones de su rostro insectoide, su sonrisa los ofendería—. Pero quería comprobar lo importante que era este asunto para Kruengard.

—¡Excesivamente importante! —ladró el capitán, apretando los dientes—. ¡Y no sólo para los grisvar! Si ese monstruo logra hacerse con la suya, los terasterios acabaréis exactamente igual que nosotros. ¡Muertos!

Por lo general, los grisvar tendían a la grandilocuencia, pero el capitán Stigr tenía razón: si habían unido fuerzas no era sólo porque sus jefes quisieran una tregua modélica. Tenían que solucionar aquello, o lo perderían todo.

Fafnir. Un ser legendario, un dragón invencible procedente de las entrañas de la tierra. Algunos terasterios decían que los grisvar habían abierto una galería hasta su madriguera, pero Zaira ignoraba a los idiotas por defecto. Fafnir era una bestia mitológica de la que hablaban los grabados grisvar, innumerables generaciones atrás. Los relieves de Karash mostraban a una bestia inmensa, larga como una de las grandes avenidas de Kruengard y ancha como las ramas más grandes de Alda. Atravesaba los pasadizos de los grisvar arrasando todo lo que encontraba. Atacando a sus rebaños, alimentándose de sus cosechas de hongos, provocando corrimientos de tierra… Los cadáveres de grisvar que Zaira tenía ante sí eran testigos de la potencia de fuego de las fauces de la bestia, que tarde o temprano, acudiría a alimentarse a las raíces del Árbol. Y, cuando lo hiciera, sería el final para Alda. El final para todo el mundo.

Por eso habían instaurado una fuerza de trabajo conjunta: la inspectora Zaira y el capitán Stigr comandarían las fuerzas de terasterios y grisvar destinados a detener a Fafnir. Por desgracia, detenerlo era imposible: su cuerpo era tan duro que ni las garras metálicas de los grisvar, las Gratoi, ni los brazos de los terasterios, eran capaces de darle muerte. Lo único que se podía hacer para salvar la vida era huir al notar el seísmo que precedía a sus apariciones en las paredes de los corredores. Huir, y rezar porque se entretuviese devorando al ganado y no acudiese tras la carne de ningún grisvar.

Fafnir era el rey indiscutible de aquel lugar, y con su aliento ígneo, capaz de derretir las rocas, le aseguraba el puesto superior en la cadena alimenticia.

—Pero vamos a ignorar eso por un momento —explicó la inspectora Zaira, delante del escuadrón de fuerzas conjuntas—. Fafnir es invisible, imprevisible, e inevitable. Y esas son tres cosas con las que los terasterios no podemos trabajar. Tenemos que ver al enemigo, comprender al enemigo. Sólo entonces podremos analizarlo y encontrar su punto débil.

Como ella esperaba, aquello generó murmullos. Grisvar, terasterios, enemigos acérrimos, cada grupo cuchicheaba entre sí ignorando deliberadamente al otro. A ella le tocaba lograr que cooperasen.

—Y si queremos matarlo, tenemos que encontrar su punto débil.

—Pero nosotros no somos terasterios —gruñó uno de los grisvar—. Eso de atacar a traición no va con nosotros.

—Y por eso nos necesitáis para salir de esta —Zaira replicó antes de que lo hiciera otro de los suyos—. Para proteger a los vuestros.

Más murmullos, y más protestas. Los grisvar eran directos como piedras cayendo por una ladera, y los Terasterios entrecerraban los ojos y bisbiseaban mirando a sus vecinos por encima del hombro. No trabajarían juntos, no mientras no salieran a la luz los trapos sucios. Era un mal necesario, pensó mientras los veía separarse cada vez más.

—¡Basta! —el capitán Stigr levantó la voz, empuñando con ferocidad sus Gratoi—. Kruengard, Alda, ¿a quién carajo le importa? Si no luchamos juntos, moriremos separados. Y no se vosotros, ¡pero a mí no me importa trabajar con quien haga falta si con ello acabamos con la amenaza!

Golpeó sus Gratoi entre sí. Las palas metálicas de cada Grisvar eran personales e intransferibles, y representaban prácticamente la vida entera para ellos. Cuantos más grabados y más cicatrices, más respeto tenían de sus congéneres. Las de Stigr estaban llenas de ambos.

— Pero, capitán, ¡No necesitamos a estos terasterios estirados para luchar contra la bestia! — Dijo uno de los grisvar, provocando un coro de susurros cuando los Terasterios agitaron sus brazos llenos de afiladas espinas—.  Griff el Grande logró hacerle frente, según cuentan los relieves. Encabezó toda una tropa de guerreros, y…

—Y murieron tres cuartas partes de ellos —lo cortó Zaira—. He visto los grabados. Encuentro apasionante vuestro sistema de registro, usando las sombras para ver los detalles, pero las historias del pasado son eso, historias del pasado —miró a su alrededor, sabiendo que ahora los grisvar le prestaban atención—. Puede que Griff el Grande lograse ahuyentar a la bestia, pero lo hizo a cambio de las vidas de la mayor parte de sus hombres, incluyendo la suya —hizo una pausa—. Y yo no pienso hacer ninguna de esas cosas. No sacrificaré a mis hermanos, terasterios, grisvar, y no tengo intención de ahuyentar al dragón… —levantó uno de sus puños en un gesto aprendido del capitán Stigr—. ¡Pienso matarlo!

—¡Pero inspectora! —los grisvar se miraban entre sí, aún más inquietos que antes— ¡No se puede matar! ¡Es Fafnir, el dragón inmortal!

—¡Y la fruta está verde hasta que madura! —replicó Zaira—. ¡Se supone que sois grisvar, carajo! ¡Guerreros que no se asustan ante lo desconocido! Os jactáis de abrir túneles y de que nada puede deteneros… ¿Y vais a quedaros a medio camino porque alguien os dice que no se puede?

—¡Guerreros! —Stigr, a su lado, tomó la palabra—. ¡La inspectora Zaira duda de vuestro valor! Yo le he jurado que sois mis mejores grisvar, los más valientes de aquí a Ciudad Granito… ¡¿Vais a dejar de cavar sólo por encontrar una piedra más dura en el camino?!

Así eran los grisvar. Seres de sangre caliente, dispuesta a hervir ante aquellos desafíos. Zaira sabía cómo pensaban, y precisamente por eso sabía que necesitaba un grisvar para que los motivase. Para que les hiciera centrarse en su misión.

 

Una misión que les iba a costar esfuerzo. Lo primero, como bien había dicho Zaira en un principio, implicaba estudiar sus enemigos. Estudiar sus patrones de ataque, sus movimientos. No eran aleatorios. Fafnir no era un simple animal salvaje. Era un monstruo. Sus ataques iban dirigidos a las concentraciones de grisvar. Fiestas, celebraciones, mercados donde se procesaba la cosecha…

—La gente lo atrae como a un grisvar lo atrae el metal divino… —gruñía Stigr en la habitación de Alda, excavada en el tronco del árbol, que usaban como cuartel general: Fafnir no se adentraba en el árbol—. Ya van tres rituales de los Sánctor que ha interrumpido. Los sacerdotes pudieron salvarse, pero no sé qué pasará con nosotros si no podemos seguir excavando. Hace dos ciclos que no se oye un sonido en la cámara de reso… Hijo de puta —se volvió hacia Zaira, que había reproducido algunos grabados de Fafnir en una hoja—. ¡Es el sonido! ¡A través de las paredes no puede vernos, pero nos oye! ¡Por eso ataca la cámara de resonancia, por eso ataca los sitios donde hay gente!

Mientras el grisvar salía por la puerta del cuartel general para avisar al grupo, Zaira se quedó pensando. Se guiaba por el sonido. Usaba el sonido, las vibraciones en la tierra para escoger a sus víctimas. Eso significa que podían hablar con él. Podían atraerlo, podían utilizar aquello en su contra. Ahora ya tenían un punto de partida. Y, como todos los terasterios, lo único que necesitaban para alcanzar su objetivo, era una serie de apoyos. Y lo único que necesitaban para lograr su meta, era, seguir avanzando, como un grisvar.

 

Así que avanzaron. Avanzaron por los túneles, buscando a las víctimas. Buscando a los supervivientes. Buscando a dragón de sus recuerdos. Al real, no al Fafnir legendario, imbatible y letal.

—Si queremos acabar con él —decía Zaira—. Debemos convertirlo en algo con lo que podamos acabar. Debemos conocerlo, no al monstruo legendario… sino a nuestro enemigo

Y lo conocieron. Supieron que Fafnir, el monstruoso dragón ígneo, tenía un cuerpo largo y sinuoso como el brazo de un terasterio. Cubierto de escamas gruesas y muy duras, se desplazaba a gran velocidad por la tierra, y sólo se detenía cuando salía, dispuesto a segar la vida de más grisvar. Supieron que sus tres mandíbulas eran realmente indestructibles, y que sus únicas aperturas para respirar estaban en sus costados, tres orificios por cada lado. Supieron que se cubría de llamas y arrasaba con todo lo que tenía ante sí. Supieron que realmente era invencible.

—Es imposible —gruñía Stigr cuando se paraban a pensarlo—. No hay forma de mandar a ese demonio al Abismo. Tal vez podamos plantarle cara, como hizo Griff el Grande. Tal vez podamos ahuyentarlo y lamentar nuestras pérdidas.

—¡No! —replicó Zaira, agarrándolo por las correas que sujetaban las Gratoi a su espalda, acercándose a él—. ¡Eso nunca! ¡Eres un grisvar, Stigr! ¡No puedes echarte atrás! ¿No dijiste que los grisvar no se echan atrás por nada?

—¡Es un demonio! —el grisvar la zarandeó casi sin proponérselo; Zaira era del grosor de su antebrazo—. ¡No podemos detenerlo! ¡Es imparable, como un corrimiento de tierras! Y, cuando un Grisvar se enfrenta a un derrumbamiento, lo único que puede hacer es echarse atrás.

Los brazos de Zaira se resbalaron de su compañero. De su amigo. Los grisvar eran piedras que marcaban el camino. Duros guerreros que avanzaban sin importar qué, mineros que hacían de su vida excavar roca desnuda sin más ayuda que sus garras metálicas. Si ellos fallaban, si se echaban atrás, los terasterios perderían la esperanza.

—Debes sentirte decepcionada —dijo en voz baja el capitán grisvar—. Creer que podríamos trabajar juntos, que podríamos vencerlo. Pero nos equivocamos.

Zaira no pudo evitar sonreírse. Para compararse con roca sólida, los grisvar tiraban la toalla muy fácilmente. Un terasterio, en cambio, sabe que a veces hay que dar rodeos para llegar a su objetivo.

—No te preocupes, capitán… Creo que tengo una idea.

 

Una idea arriesgada. Una idea que podría no funcionar. Pero una idea que podría acabar de una vez y para siempre con la amenaza del dragón. Juntos, grisvar y terasterios. Juntas, la ciudad—geoda de Kruengard y la colonia arborícola de Alda.

—Y, para ello… —dijo, varios ciclos más tarde, ante el escuadrón. Su escuadrón de fuerzas conjuntas—. Para ello necesito que confiéis en mí —los miró, pasando la mirada por cada uno de ellos. Los terasterios, con sus máscaras militares, cada una con un diseño único. Los grisvar, con sus Gratoi, sus garras talladas—. Necesito que obedezcáis al instante todas y cada una de mis órdenes. Por muy absurdas que os resulten, por mucho que vayan en contra de vuestra naturaleza.

—Espera, ¿Qué quieres decir? —los terasterios, habituados a confiar sólo en sus brazos para columpiarse entre las ramas, se miraron entre sí.

—Todas las órdenes son todas las órdenes —replicó una grisvar, mirando al terasterio que había hablado y a Zaira de nuevo—. Si te pide que te tires al suelo, o que ruedes, tú lo haces sin pensar. Tienes un plan, ¿No?

—Así es —asintió la inspectora Zaira—. Y ese plan requiere de una cooperación precisa de los miembros de este escuadrón. Fafnir es un enemigo formidable, y vamos a necesitar todo nuestro ánimo para enviarlo al Abismo —haciendo una nueva pausa, suspiró, mirándolos a todos y preguntándose cuántos de ellos vivirían al final del enfrentamiento. Cuantos habrían entregado sus vidas por sus respectivos pueblos.

—Puede que me odiéis en el transcurso de la operación —continuó, por encima de los murmullos—. Y no os culparé. Pero os pido este voto de confianza. Os pido que me deis hasta el final de la batalla. Una vez lo hayamos logrado, una vez hayamos vencido al dragón, me someteré a las medidas que los grisvar, o los terasterios, crean oportunas. Pero es muy importante que me deis vuestra obediencia. Es importante que no digáis nada.

 

¿Qué puedes decir, cuando te encuentras al borde del Abismo? Zaira sabía lo que era. Sabía lo que se sentía, al encontrarse al borde de la oscuridad, colgando de una ramita que puede quebrarse con un soplo de viento. Crees que llegarás al siguiente tramo, crees que llegarás a la pared, pero sabes que, no todos lo harán. Sabes que la rama se quebrará, y que tú, quizás todos, seréis engullidos por el Abismo. Allí, en la última charla, antes del combate, se permitió alzar la vista y permitir que la luz de Arriba, procedente del cielo, se reflejara en su propia máscara metálica. Suspiró, sintiendo la última bocanada de tranquilidad. Y se volvió hacia los soldados. Acróbatas y mineros. Terasterios y grisvar. Su escuadrón. Sus brazos, para derrotar a Fafnir. Y, con la decisión pintada en sus ojos azules, comenzó a detallar su plan infalible.

—Bien, lo primero que necesitamos es el lugar perfecto. Y también necesitamos el cebo perfecto —miró a Stigr, que tragó saliva.

—¿Cuántos? —dijo, simplemente.

— Un rebaño entero —replicó ella—. Los más ruidosos que encuentres.

 

 

Y, poco a poco, preparativo tras preparativo, llegó el gran día. El día del enfrentamiento. Todos los miembros del escuadrón se situaron en la cámara que Zaira había elegido, una cámara baja, iluminada con hongos luminiscentes, pero también con ventanas, que le permitían ver el gran Árbol desplegarse sobre ellos, iluminado por la Luz de Arriba. El gran ventanal les habría dado una vista impresionante si hubieran estado allí por turismo.

Por suerte, o por desgracia, no tuvieron que esperar mucho. Al principio fue imperceptible, un suave movimiento que sólo los animales captaron. Se removieron, nerviosos, balando, pero los terasterios que los rodeaban restallaron sus brazos. Y el temblor aumentó de intensidad. El suelo se resquebrajó, y los guerreros se miraron, asustados. Pero no se movieron. Pero no hablaron. El único sonido que había eran los gritos y los aullidos de las criaturas, que trataban de deshacer las ataduras.

No tuvieron tiempo, porque, repentinamente, el suelo se rompió, y un inmenso titán, tan grueso como una rama del Árbol y con el cuerpo recubierto de escamas, arrasó con el rebaño y desató el caos. O lo intentó. Porque Zaira, de espaldas al ventanal, se permitió un instante para admirar su inmensidad, su fuerza, su forma de arrasar con todo. Sus tres mandíbulas con forma de pico se abrían y cerraban, excavando, y a ambos lados de la cabeza se hallaban los orificios respiratorios, como habían dicho los testigos. Una bestia invencible, un ser legendario. Y ella se disponía a vencerlo.

—¡Ahora! —gritó, tomando el mando—. ¡Etta, Épsilon y Omega! ¡A tocar!

Y como todos los grisvar de la sala, que rodeaban a Fafnir, golpearon la piedra al unísono. Los que había a su izquierda, a su derecha, ante ella. Un enorme concierto de percusión inundó la sala. Fafnir se guiaba por el sonido, lo usaba para localizar sus presas… Y ellos se encargarían de que no pudiera localizar a nadie. El dragón agusanado chilló, retrocediendo hacia su agujero.

—¡Sigma, detenedlo!

Y allí fueron los otros Grisvar, los más fuertes y resistentes, directos al agujero del que salía el cuerpo del ciclópeo dragón gusano. Clavando las garras entre sus durísimas escamas, se aseguraron de ponerle un tope, se aseguraron de encerrarlo allí con ellos.

Aturdido, Fafnir se detuvo un instante, pero si alguno pensaba que con eso bastaría se equivocaba: El dragón se retorció y trató de abalanzarse sobre los grisvar que tanto ruido hacían. Pero por suerte, Zaira ya lo había pensado. Ya estaba preparada. Y lista para la eventualidad.

—¡Alfa, Beta! —gritó, y del techo de la caverna cayeron dos equipos de terasterios, que se arrojaron por sorpresa contra el dragón, con los afilados espolones de sus manos preparados para hacerle sentir su poder. Agarrándose a sus escamas rugosas, los terasterios se columpiaron alrededor de Fafnir, atacando sus espiráculos. Acosándolo y obligándolo a retorcerse. Moviéndose con la velocidad propia de los terasterios para evitar que la bestia los atrapase con sus inmensas mandíbulas, mientras los grisvar atacaban su base desde el suelo.

 

Lo estaban consiguiendo, pensó Zaira, que seguía en su posición ante la ventana. El trabajo en equipo era la clave. Rodeado por sonidos estruendosos que le impedían ver sus alrededores, acosado por los aguijones de los terasterios y las garras de los Grisvar. Estaban logrando hacerle daño. Y, sin embargo… Sin embargo, sabía que nada era suficiente. Nada de lo que pudieran hacer, ya fuera solos o en equipo, sería suficiente para acabar con él.

Porque Fafnir se había cansado de los grisvar. Fafnir se había cansado de los terasterios. Se retorció, lanzando un bramido estremecedor, y por todos y cada uno de los espiráculos exhaló sendas nubes de energía ígnea, que cubriéndose de fuego y haciendo estallar a los guerreros en llamas. Y allí, con los brazos tensos y pegados al suelo, Zaira tuvo que ver a sus camaradas, sus guerreros, sus hermanos, morir abrasados. Se obligó a ver sus cuerpos pasto de las llamas, a oír sus chillidos agónicos. Porque sabía que eso era culpa suya. Sabía que era ella la que había apostado, y la que los había mandado a la muerte. Porque aquello era una guerra, y en una guerra había que hacer sacrificios.

—¡Ahora! —gritó, sin embargo, entre el estruendo de la percusión de los grisvar, que seguían rodeando al dragón—. ¡Sin piedad con él! ¡Muerte a Fafnir! —envueltos por una furia suicida, obligados por la obediencia ciega que ella les había exigido, los guerreros que quedaban, fueran grisvar o terasterios, se lanzaron a por Fafnir. Enfadando a la bestia. Enfureciéndola. Colocándola en el lugar mental que quería Zaira. Aturdido por la furia y el estruendo, el titánico dragón se acercó de nuevo a la tierra, abriendo y cerrando sus mandíbulas. Calculando su próximo movimiento.

—¡Ahora! —gritó Zaira—. ¡Etta, Épsilon! ¡Fuera!

Y dicho y hecho, los grupos de percusión Etta y Épsilon dejaron de tocar, siendo elevados por los aires por los terasterios que quedaban de reserva en el techo y desapareciendo del panorama mental de la criatura. Ahora sólo quedaba la posición de Zaira, ante la cual el grupo Omega seguía redoblando. Centrando la atención de la bestia ígnea. Centrando su furia. Interfiriendo con su sónar.

—A mi señal —snunció Zaira, sabiendo que se acercaba el momento.

Porque sabía que Fafnir no era idiota. No era un simple animal que cazara para comer. Era una bestia sedienta de sangre, un demonio de odio y fuego. Sabía que no era casualidad que Griff el Grande, capitán y héroe póstumo de los grisvar, hubiera muerto en su último ataque. Se enfrentaba a una bestia inteligente que sabía reconocer y cazar a los líderes, descabezando a los ejércitos. Por eso ella había sido la única que había dado órdenes. Por eso ahora sólo quedaba el grupo que había junto a ella redoblando en el suelo. Y cuando la criatura volvió a despedir vapor a presión por los espiráculos y arrancó de nuevo en su dirección, cegada por el odio y por el aturdimiento, Zaira les dio la señal a los grisvar que quedaban junto a ella.

Y los Grisvar hicieron lo que les había ordenado, aunque fuera contrario a su propia naturaleza: Se apartaron, sin hacerle frente a su enemigo. Zaira, por su parte, también hizo lo contrario a lo que habría hecho cualquier terasterio. Vio venir al dragón, acelerando. Lo vio acercarse, y sintió el deseo de esquivarlo, de serpentear a un lado como siempre hacía. Pero no lo hizo. Lo esperó allí, quieta, con los brazos abiertos.

 

Y cuando el titánico gusano dragón imbuido en llamas la arrolló, como una locomotora de vapor habría arrollado a un ser humano, Zaira lo envolvió con sus brazos, agarrándolo para impedir que abriese las mandíbulas de nuevo. Y juntos, atravesaron la pared a su espalda. Atravesaron el ventanal, y tras ellos estaba el vacío, el mismo vacío que los estruendos de percusión de los grisvar habían ocultado ante Fafnir. Y así, el dragón invencible se arrojó al Abismo, incapaz, gracias a Zaira, de abrir de nuevo la boca para entrar por la pared. Y mientras caían a la oscuridad del vacío, Zaira pudo ver por última vez su patria, aquel Árbol que se erigía en la vertiente horizontal de La Grieta, y, de alguna manera, se sintió orgullosa. Caía, al igual que Fafnir. Pero, a diferencia de él, Zaira había ganado.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Grietas


Grietas

 

Mi mundo existe en el interior de una Grieta.

 

Sé que, para los mortales, acostumbrados a mapas tan extensos, llenos de flora, fauna y gentes variopintas, es complicado percibir la belleza de nuestra existencia.

Una vida entre la luz del cielo y la oscuridad del abismo. Como si una espada divina hubiera apuñalado la tierra, abriendo a su paso una herida sin fondo que es incapaz de curarse.

Las paredes rocosas de la Grieta se hunden en las profundidades negras del abismo, en un lugar del que nada ni nadie vuelve, formando dos acantilados infinitos poblados de árboles que se alzan buscando la luz. Árboles cuyas ramas llenan el espacio intermedio, entrelazándose, buscando un abrazo que jamás llegará a darse.

Mi pueblo vive en esos árboles. En Alda, la ciudad colgante. Danzamos con gracia entre las ramas, usando los numerosos brazos que los Seres de Arriba nos han otorgado para balancearnos sobre el insondable vacío.

Nuestra vida, alimentándonos de los frutos que cultivábamos en los árboles, era sencilla.

Pero no pacífica.

La culpa la tenían los grisvar.

 

Así como nosotros nos balanceamos en los árboles, entre los dos acantilados, en equilibrio entre la Luz de Arriba y la Oscuridad de Abajo, ellos no hacen tal cosa. Los grisvar son seres rocosos, toscos y primitivos, cuya vida gira en torno a los muros de roca. Sus cuerpos carecen de nuestro don divino para deslizarnos por el aire; a cambio, tienen una habilidad innata para trabajar la piedra. Su vida, por tanto, consiste en cavar, y así la desarrollan.

Mientras los terasterios de Alda danzamos graciosamente en el vacío, desarrollando los dones de los dioses, los grisvar de Kruengard abren agujeros, dándole formas a la piedra y abriendo sus fortalezas en el interior de las grutas junto a las raíces de nuestros árboles.

 

Durante un tiempo, en la antigüedad, nuestros pueblos vivieron en armonía. Los grisvar de Kruengard trabajaban de la piedra, comían de la piedra, mientras nosotros, los terasterios de Alda vivíamos entre los árboles, cultivando y alimentándonos de los frutos de éstos, concedidos gracias a la luz.

Nuestros pueblos conocían su lugar. Sabían que un terasterio no debía adentrarse en las oscuras mazmorras de los grisvar, que su lugar estaba entre las ramas. Y sabían que un grisvar debía de permanecer en las profundidades; las ramas no podrían soportarlo.

Sin embargo, un día, algo cambió. Algunos dicen que los terasterios quisimos aumentar nuestro territorio, erosionando los bordes del acantilado para ensanchar nuestras fronteras. Lo más probable es que fueran los grisvar los que comenzaron con las hostilidades. Corrieron rumores de que querían cerrar la Grieta, terminando, por envidia, con el equilibrio del que gozábamos los terasterios entre la Luz y el Abismo.

No sé con seguridad cómo comenzó. Lo que sé es que, cuando los grisvar lanzaron una pedrada contra Alda, nuestra nación extendió los brazos y marchó. Marchó hacia la guerra.

 

Yo estaba allí.

Cuando todo comenzó, era un recluta joven, de brazos largos y sinuosos, que podían agitarse como la brisa de la mañana o como el afilado vendaval. Junto a mis compañeros, me calcé mi máscara de guerra y me dispuse a demostrarles a los grisvar que nuestro viento podía erosionar hasta las piedras más duras.

No fue una escaramuza. No fue una confrontación.

Fue la Guerra.

 

Nuestra agilidad nos permitía evadir fácilmente las peligrosas pedradas de los grisvar, aunque, al principio, nuestros portentosos brazos no resultaban de gran ayuda contra sus pétreos cuerpos. No pasó ni un ciclo de luz desde mi llegada hasta que tuve claro que un grisvar no tenía la misma consistencia que un fruto, o que el tronco de un árbol.

Los grisvar eran de piedra. Y eran despiadados.

 

Pronto perdí la cuenta de los compañeros abatidos por sus pedradas o aplastados por sus avalanchas. Dejé de mirar, impotente, mientras los grisvar los arrastraban contra su voluntad hacia las profundidades de sus grutas. No sé cuántos camaradas perdí a merced de los monstruos de piedra, pero fueron al menos tantos como grisvar cayeron por el abismo, o perecieron víctimas de nuestros letales brazos.

Pronto dejaron de importarme los muertos, y comenzaron a importarme los vivos. Comenzó a importarme aquel grisvar con la guardia baja más que el terasterio al que acababa de abatir bajo su mazo de piedra. Comenzó a importarme más sobrevivir a las emboscadas que capturar con vida a nuestros objetivos.

Las muertes de mis compañeros no hacían más que acentuar mi motivación. Después de perder mi ojo por una pedrada, recuerdo haber encabezado el ataque a un poblado minero grisvar, dejando detrás de nuestro escuadrón un sendero de grava aplastada. Perdí una parte de mí, pero descubrí que se me daba muy bien aquello de la guerra.

Ser capaz de combatir y de sobrevivir. Dos habilidades que me convirtieron en un héroe. En un veterano de guerra condecorado al que los nuevos reclutas miraban con admiración. Los cuerpos de los grisvar, de piel dura y escamosa, terminaban abriéndose frente a mis brazos bien afilados, y más de una vez me empapé con el negro líquido de sus entrañas.

 

Avanzamos por pasadizos y túneles, por las grutas grisvar, sinuosas y confusas. Y, paso a paso, combate a combate, mi escuadrón se acercó a Kruengard. El final estaba cerca. Lo podía notar en mi ojo destrozado, lo podía notar en mis brazos. Pronto nuestro ejército asaltaría la fortaleza de los grisvar de Kruengard. Pronto la amenaza terminaría.

Pero en aquel momento, todo volvió a cambiar.

Recuerdo haberla divisado en el fondo de la caverna cuando ocurrió: aquella inmensa fortaleza con aspecto de geoda, llena de edificios brillantes que surgían del suelo y de las paredes. Hermosos, sí, y también frágiles. No sería difícil hacerlos añicos.

Sin embargo, no pudimos.

Los negociadores de ambos bandos habían llegado a un acuerdo. Se había firmado la paz.

 

 

Paz. Paz es una palabra envenenada. Esa palabra convierte a guerreros letales como el viento afilado de los ciclos de invierno en una brisa de media tarde. La paz habla de tranquilidad, de victoria. Todos la celebran. Todos se alegran de que exista.

Pero nadie se pregunta por qué llega. Nadie se pregunta qué hubo antes para que hubiera paz. Por definición, antes de que haya paz, siempre hay guerra. Y, para aquella paz, también había habido una guerra. Una guerra en la que mis padres, mis amigos y mis conocidos habían muerto. Una guerra que estuvimos a punto de ganar. Nuestras tropas habían diezmado la población grisvar, habían cercado su capital. Kruengard estaba en la punta de nuestros dedos. Podríamos haberla rodeado con sólo alzar los brazos. Podríamos haber conseguido que las muertes de nuestros camaradas sirvieran para algo.

No pudo ser. La guerra había rebasado el cáliz de la gloria, convirtiendo el dulce néctar en la espesa sangre de nuestros pueblos. Y, empantanados en un cenagal de desgracia donde la línea entre los cuerpos putrefactos se hacía indistinguible, los dirigentes firmaron la paz.

 

Y todos celebraban, arrojando las máscaras de guerra.

 

Todos menos yo. Yo no podía. Había perdido demasiado como para abandonar la batalla antes de terminar. Intenté explicarme; sin embargo, me echaron a un lado igual que a un perro que ya ha vivido lo suficiente y sólo está buscando las sobras de la mesa del señor.

 

Paz. Todos querían la paz. ¿Cómo no iban a quererla? La sangre veterana, espesa y pútrida había sido sustituida por una nueva generación, una generación demasiado asustada para tomar lo que por derecho nos pertenecía, a mí y a mis compañeros, que reposaban en alguna fosa común donde ni siquiera podría reconocer sus máscaras.

¿Paz? ¡Ja!

No eran más que niños creyendo que con un par de piedras llenas de nombres se honraría la memoria de los caídos. Críos que ignoraban cada día de angustia, de incertidumbre, cada minuto y cada segundo que los valientes agotaron hasta su último aliento con la determinación de defender a su pueblo, de acabar con el enemigo, de traernos justicia, y de que jamás se repitiera aquello. Tantos sacrificios que ahora se ocultaban con vergüenza, como si la guerra hubiera sido un cruel infortunio de los sucesos, y nosotros, los soldados, meros corderos llevados ante un dios enceguecido que exigía nuestra sangre.

 

Y entonces lo entendí. En realidad, yo seguía en guerra. Seguía luchando, aunque esta vez los grisvar ya no eran mi enemigo. Esta vez, mi enemigo era la Paz. La Paz, que había convertido los territorios conquistados a los grisvar en rutas de comercio, y a los supervivientes en vejestorios anacrónicos o madres que soportaban en silencio la pérdida de sus hijos o sus familias. Porque cuando hay paz, la gente no habla de la guerra. Porque quien no la ha sufrido sólo te dice que deberías agradecer por estar vivo.

Pero a veces eso no es suficiente…

Tenía que luchar contra ella, contra el silencio que se nos imponía. Tenía que acabar lo que habíamos empezado contra los grisvar. Y, si quería que Alda me apoyase de nuevo, tenía que encender las cenizas que quedaban. Hacer que Alda ardiera en cólera una vez más. Sólo una vez más.

 

Sin embargo, mi plan no resultó según lo esperado.

Junto al comercio, los grisvar y los terasterios intercambiaban información, y no tardaron en descubrir que el presunto ataque terrorista grisvar no había sido más que una maniobra interna. Pese a todo, lo que me importaba era que estaba ocurriendo de nuevo. Aunque contra mí, los terasterios volvían a levantarse por sus compañeros caídos. Por su sacrificio. Volvían a compartir mi sufrimiento, mi dolor, mi pérdida, mi incertidumbre. ¿Habría otros como yo? Esperaba que esa pregunta les impidiera dormir tranquilos, que les acecharan por las noches los fantasmas cuyas metas quedaron inconclusas en esta vida.

 

 

 

Cuando la guardia vino por mí, no fue difícil librarme de ellos. Pero tanto depredador como presa habíamos cambiado. Una determinación renovada, un objetivo firme y lúcido, un viento refrescante que le aclara a uno las ideas. Combatiendo a los nuevos terasterios, combatía aquel sopor que cubría los árboles de Alda igual que la tela de una araña espiritual.

Yo ya no era un "héroe de guerra", sino un "violento veterano con problemas mentales". Aunque tal vez estuvieran relacionados. Claro que tenía problemas. Mi problema eran ellos, los que ignoraban a los caídos y su necesidad de venganza. Yo jamás podría ignorarlos: ni a los caídos ni al vacío resquebrajado donde antes latía mi ojo. Todo aquello me pedía mantener vivo el dolor, la sangre fluyendo, las ascuas de la guerra.

Y yo le estaba dando cumplimiento.

Fueron ciclos salvajes aquellos. Deslizarse sigilosamente entre las ramas, al borde del abismo, preguntándote si serían suficientemente fuertes para mantener tu peso. Emboscando a terasterios más jóvenes. Aquellos días me traían recuerdos. Buenos recuerdos.

Pero acabaron.

 

Aquella tarde llovía, desde la Luz. Un escuadrón del ejército había logrado acorralarme. Me hacía gracia; era un escuadrón muy similar al mío. El líder, en cabeza y enfrentándome, tenía también una máscara de guerra muy similar a la mía, aunque aún impoluta.

Con los brazos extendidos, tendieron una red a mi alrededor, preparados para darme batalla si me resistía. Antes de ejecutarme, el líder avanzó, e intentó convencerme para que me entregara.

Y entonces dijo aquella palabra. No fue héroe. No fue veterano de guerra. Fue otra palabra muy distinta. Una palabra que abrió una grieta en mi mente. Una palabra que hizo que me quedase congelado en el sitio, y que subiera lentamente los brazos hacia mi propia cabeza. Palpé la máscara, que jamás me había quitado, y palpé mi rostro detrás. Y, a ambos lados, palpé...

Cuernos.

Recorrí con los dedos su perfil curvo y lleno de surcos. Eran reales. Eran sólidos. Eran míos.

Y supe que él tenía razón. Porque no me había llamado héroe, ni veterano. Me había dicho otra cosa.

Me había dicho: "Zarzai, eres un demonio".